Diablo® III

Una densa niebla descendió sobre el Gorgorra, difuminando el sol del mediodía y pintando el bosque con tonos de decadencia. Zhota había llevado sobre su espalda a Mishka en círculos durante horas, yendo hacia el oeste de su campamento, con la vana esperanza de encontrar al monje del que habían hablado los hombres sin dios. No era la primera vez que Zhota se consideraba a sí mismo un idiota por tomarse en serio sus palabras.

Aun así, siguió caminando como pudo. Si alguien de su orden estaba realmente allí tenía que encontrarlo y decirle la verdad sobre Mishka. El niño había hablado sobre su pasado durante gran parte de la noche, una historia tan blasfema que el mero hecho de escucharla provocó que Zhota se sintiese sucio. Cuanto más pensaba en ello, más imposible le parecía. ¿Y cómo te propones convencer a un monje de que es verdad?

Puso a un lado sus dudas y prosiguió la marcha. Pasó otra hora antes de que se levantase la niebla y Zhota captase el olor del incienso al entrar a un pequeño claro. Al principio era leve, un perfume en claro contraste con los olores a humedad y tierra del bosque. Necesitó un momento para discernir trazas de rosas de sangre y madera de jade, pero cuando lo hizo, se quedó paralizado.

Reconoció el aroma.

—¿Qué sucede? —susurró Mishka.

Zhota no respondió. No podía. Su cuerpo se había vuelto tan rígido como una roca. Conocía ese olor tanto como su propio nombre. Provenía del incienso de Akyev, y había sido parte del viejo monje cada día de entrenamiento de Zhota.

De repente se sintió pequeño y débil… Justo como el niño que una vez había sido, antes de que Akyev hubiese acabado con esa parte de él, o al menos lo hubiese intentado.

La mañana en que Zhota conoció por primera vez a Akyev, el aire era fresco y limpio. El Inquebrantable le había hecho ir al alba a una de las terrazas del monasterio. El joven monje había escuchado muchas historias sobre la célebre fuerza de su maestro, y había estado contando las horas que quedaban para conocerlo y comenzar el entrenamiento.

Pero la juvenil felicidad de Zhota murió ese mismo día. Aprendió que el Inquebrantable era considerado como una rareza en la orden, un hombre que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa si eso significaba cumplir órdenes. Su poder y determinación solo encontraban parangón en su fanatismo y su carácter intransigente.

—Salta —había dicho Akyev, apuntando al borde de la terraza, la cual terminaba en un precipicio con doscientos metros de caída.

Zhota tardó un rato en darse cuenta de que Akyev lo decía en serio. Ahí fue cuando el miedo se apoderó de él. Sabía que si obedecía la orden moriría, pero aun así una pequeña parte de él creía que estaría a salvo. Esa sensación no provenía de su deseo de seguir órdenes a ciegas, sino de lo más profundo de sí mismo. En última instancia, sin embargo, Zhota la atribuía a la locura pura y dura.

Cuando su maestro lo agarró por el cuello y lo arrastró al borde del precipicio, Zhota gritó pidiendo clemencia. El Inquebrantable respondió a sus súplicas lanzándolo al abismo. Cerró sus ojos aguardando a la muerte, hasta que cayó contra una cornisa de piedra un metro escaso por debajo del monasterio: una cornisa que antes no estaba ahí.

Eso sucedió antes de que conociese los secretos del monasterio: las paredes que no eran paredes, las escaleras que no eran escaleras, y las muchas otras ilusiones que servían para mantener a los iniciados en estado de alerta permanente.

Tras la caída de Zhota, Akyev le había subido de la cornisa. El joven monje estaba temblando de manera descontrolada. —Tiemblas como una hoja en el viento —le reprendió el maestro. —El miedo te esclaviza. Por eso nunca llegarás a ser un monje. No eres más que un chico asustado que no tiene sitio en esta orden.

Cuando Zhota reunió el valor suficiente para mirar a Akyev a los ojos, el Inquebrantable le preguntó —Debes elegir. ¿Eres ese chico, o eres un monje?

—No soy ese chico —había respondido, secándose las lágrimas.

—Que así sea. Si vuelve a mostrar su rostro, no habrá ninguna cornisa que lo salve de la caída.

Zhota abandonó el recuerdo y negó con la cabeza. Aquel día había ignorado su intuición. Y no sería la última vez. A lo largo de los años, el Inquebrantable había trabajado sin descanso para eliminar la insistencia de su alumno en confiar en sí mismo al presentársele situaciones difíciles. A Akyev no le importaba en absoluto que las intuiciones de Zhota fuesen correctas o no. Él creía que semejante confianza en sí mismo podía comprometer la capacidad de obedecer las órdenes de los Patriarcas y seguir su divina voluntad.

—¿Qué sucede? —preguntó Mishka mientras descendía de la espalda de Zhota.

—Nada. —Una fría inquietud se estaba apoderando de su estómago. Si fuese cualquier otro monje, es posible que Zhota lo convenciese de la inocencia de Mishka. Pero no Akyev. No el Inquebrantable.

Zhota pensó en abandonar esa zona del bosque, pero su maestro los encontró antes de que pudiese poner en práctica esa vergonzosa idea. Akyev había salido de detrás de un enorme pino, dirigiendo una bestia de carga con una gran cantidad de bolsas de cuero de diferentes tamaños. El anciano monje tenía el mismo aspecto de siempre: tranquilo y sereno, sin un solo rastro de gris en su negra barba. Los círculos del orden y el caos de su frente seguían igual de intensos, como si se los hubiese tatuado el día anterior en vez de años atrás.

—Zhota —dijo Akyev. Observó brevemente a Mishka, pero su rostro no mostró ninguna señal de sorpresa.

—Maestro. —Zhota juntó sus palmas y se inclinó ante él.

El anciano monje avanzó hacia adelante con pasos lentos y medidos hasta que se plantó frente a su antiguo alumno. Zhota le sacaba una cabeza a su maestro, pero aun así, sintió como si estuviese frente a un gigante.

—Temía que no estuvieses preparado, pero parece que has demostrado que me equivocaba. —Akyev desplazó su mirada hacia Mishka—. Has triunfado allí donde yo fracasé. Sin duda alguna, los dioses son misteriosos.

Aquello produjo un gran sentimiento de orgullo en Zhota. Akyev nunca antes había elogiado sus esfuerzos. Su maestro siempre había encontrado errores en todo lo que hacía. Durante su estancia en el monasterio, Zhota había presenciado cómo otros monjes desarrollaban relaciones positivas con sus acólitos. Cuando los alumnos cometían errores no eran necesariamente castigados, sino que se les mostraba el camino correcto. Ese no había sido el caso de Akyev. Zhota luchaba contra la naturaleza embriagadora de la extraña afirmación de su maestro, acordándose de la difícil situación del niño.

—Estás buscando a un demonio, pero este chico… —comenzó a decir Zhota, pero su maestro lo interrumpió.

—No es un chico. Nada en el Gorgorra es lo que parece. Mira en qué se ha convertido este sagrado lugar. Se ha perdido el equilibrio. Este, Zhota, es el momento para el que hemos entrenado durante toda nuestra vida.

Akyev bajó su voz al nivel de un susurro y apuntó hacia Mishka. —Los dioses del orden tiemblan intranquilos. Esta abominación con apariencia de niño no es más que otra prueba del grave estado de las cosas.

El chico había guardado un extraño silencio durante la conversación. Zhota pudo ver en ese momento que estaba congelado por el terror. La sangre brotaba de sus ojos, y su cuerpo temblaba de manera incontrolada.

¡Es el demonio! —gritó de repente Mishka—. ¡El demonio!

—¿Lo ves? —dijo Akyev con tranquilidad—. La espantosa criatura hará uso de cualquier mentira para ocultar su verdadera forma.

Abominación. Lo absurdo de la historia de Mishka era una pesada losa sobre Zhota. Sabía que tenía que actuar rápidamente antes de que cediese ante sus dudas, así que apartó de su mente toda reserva y relató la historia del niño.

La noche anterior, Mishka había confesado ser el hijo de un Patriarca y su concubina. Debido a las deformidades del niño, su padre había considerado matarlo, pero su madre había convencido al Patriarca para encerrarlo en una esquina del palacio de Ivgorod. Mishka había vivido allí durante años, aislado, hasta que el fuego celestial abrasó el cielo. Según iban llegando a Ivgorod las historias sobre oscuras e impuras fuerzas alzándose en el Gorgorra y otras regiones, el miedo y la paranoia se habían apoderado del reino. Las tensiones habían estallado entre el aterrorizado pueblo llano mientras dirigían sus miradas hacia los Patriarcas en busca de respuestas... En busca de salvación.

Inquebrantable

Monje

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