StarCraft® II

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Un relato corto de

Matthew Maxwell

Loew corrió. Se sentía como si flotara, como si se abriera paso entre agua pesada o plomo. Detrás de ella se iban apagando los disparos.

Faltaban veinte metros para las puertas, quizás menos. Un grupo de colonos andrajosos la alentaba a ponerse a salvo.

Se oyeron chillidos a sus espaldas y el repiqueteo de garras sobre la piedra. Las criaturas se pusieron a ambos lados de ella tan deprisa que le pareció como si estuviera parada. Los hidraliscos avanzaron con un salto para caer sobre los desconcertados colonos, a los que trincharon. Ellos no eran soldados. No tenían nada que hacer.

Un puñado de hidras se paró delante de Loew y se dio la vuelta. Blandieron sus guadañas y sisearon con la boca bien abierta, roja y húmeda.

Ella se detuvo, sin caerse por poco.

El tiroteo a sus espaldas cesó. Solo quedaba el sonido de carne y huesos. Estaba rodeada. Su respiración estaba tan agitada como un gorrión en un alto horno.

Los zerg bajaron la guardia, garras hacia abajo, algunas aún empapadas. Los ojos de Loew recorrieron rápidamente cuanto tenía alrededor, pero ella no se movió. No giró la cabeza. Simplemente contuvo el aliento, tiesa como un palo.

Los zerg se fueron como uno solo, saltando o deslizándose. Pudo volver a respirar. No había ninguna explicación. Tal vez era suficiente que la última orden se hubiera cumplido. Tal vez se les había quedado grabada.

En cualquier caso, estaba a salvo. Tenía vía libre. Los zerg se habían marchado. Se permitió dar un paso hacia las puertas de la refinería. Tal vez hubiera un modo de pedir ayuda.

Pero no podía deshacerse del recuerdo de la lengua del hidralisco deslizándose entre sus dedos, tirando con rabia. Le entraron ganas de cortarse la mano ahí mismo para olvidarlo. El asco le retorcía las entrañas como un nido de serpientes en eclosión. Su mano aún estaba húmeda, y le parecía que aquella sensación nauseabunda no desaparecería jamás, que nunca la abandonaría.

Detrás de ella se oyeron unas pisadas en la grava que la separaron de aquel pensamiento. Sabía cuál era el origen sin mirar. Era un hidralisco, con las placas de su estómago golpeando potentes contra el suelo.

Giró la cabeza muy despacio.

El sol refulgía en la placa de metal del cráneo de Dennis. Solo podía ser él. Miró a la doctora expectante, como si esta tuviera una bolsa de sobras de carne que pudiera lanzarle en cualquier momento si él se portaba bien.

Dio un bufido, impaciente esta vez.

—¿Dennis? —No podía creerlo. Pero por otro lado él había sido su primer sujeto y el de mayor éxito. Él sería el más leal. Sería el último en zafarse de su control.

Miró a las puertas de la colonia invadida y luego volvió a mirarlo a él. Tenía un color rosado a la luz de la media mañana, relajado pero no desprevenido.

Loew dio lentamente un paso hacia él. Tal vez podría rehacer su proyecto. Esto solo era un contratiempo. Pero ahora podría empezar de nuevo sin injerencias del Dominio. El OPP seguía vivo en él. Podría tomar lo que había aprendido y acabar con la amenaza zerg. Podría…

Los ojos de Dennis se estrecharon al levantar los brazos. No había ninguna prisa. Ella era blanda y no tenía defensas.

—No —susurró ella—. No, no, no. Tú no. no.

Echó a correr, pero no era ni mucho menos lo bastante rápida para dejarlo atrás.

* * * * *

La Reina de Espadas concentró su atención durante un instante, yendo más allá de Char hasta llegar a las percepciones de sus niños de Thys. La concentró aún más, saboreando la emoción de la persecución mientras acompañaba al hidralisco.

Kerrigan podía sentir el viento cálido y vacío, oler la sangre de los caídos, paladear la agonía y el miedo de la mujer solitaria y estúpida que había querido quedarse lo que era de ella y solo de ella.

Aun así, la mujer le había brindado una oportunidad increíble. Sacrificar varios soldados de infantería por… ¿cuántos cerebros del Dominio? ¿Peones a cambio de alfiles y torres e incluso una aspirante a reina? Tan solo lamentaba no ver la cara de Mengsk cuando se enterara.

La Reina de Espadas disfrutaba del aroma que desprendía el miedo de la mujer, a tan solo uno o dos pasos de su antigua mascota. Decidió que dejaría a la falsa reina correr un poco más…

Pero solo un poco más.

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