StarCraft® II

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Un relato corto de

Matthew Maxwell

—Usamos un OPP: organismo priónico patógeno. El OPP infecta al hidralisco y “engaña” genéticamente al anfitrión para que desarrolle un nuevo lóbulo cerebral. Este lóbulo permite que mi sistema lo controle externamente. Está todo explicado en el…

—Bobadas —dijo él desdeñoso—. Una auténtica bobada. Eso es una quimera que el DUT intentó hacer realidad con el proyecto Bandera negra. Casi morimos todos. Tal vez usted estaba demasiado enfrascada en sus libros para darse cuenta.

—No son bobadas. Bandera negra estaba mal planteado.

Frustrada, la doctora dejó caer su consola remota sobre la mesa de acero. —El DUT intentó forzar un nuevo esquema de control de arriba a abajo en organismos que han evolucionado para seguir a los controladores de su propia colmena durante tal vez millones de años. Este problema requiere un enfoque totalmente distinto.

—Yo he propuesto una solución de abajo a arriba, abordando a los zerg donde más débiles son: a nivel individual.

Su irritación le hizo descuidar los modales. —Se lo explicaré de un modo que hasta usted pueda entenderlo.

La punta del puro brilló sobre ella a modo de hosca respuesta.

Sus dedos bailaron sobre la consola, y el monstruo se salió de la mesa. No con un espasmo involuntario, sino con un movimiento suave y fluido, repulsivamente grácil.

—No hará caso a su reina. ¡Pero hará lo que yo le diga!

Dennis se colocó suavemente en cuclillas junto a la Dra. Loew, empequeñecida a su lado. Con los brazos retraídos por el momento, aguardaba en una postura de ataque.

La gente de la galería miraba fijamente la exhibición en un clamor de sombras. El interrogador siguió en su asiento y aspiró su humo.

La doctora introdujo un código de mando en la consola.

Dennis se tensó. Sus brazos se movieron de repente hacia atrás: estaba listo para saltar.

—Dra. Loew, ya nos hemos…

—¡Las preguntas luego! —espetó ella.

El movimiento fue más rápido de lo que cualquier ojo podría haber seguido. Dennis dejó una estela de piel ocre y brillante al saltar desde el suelo del quirófano a la ventana de observación al otro lado de la sala.

Golpeó la ventana con la fuerza de un camión. Unas hojas guadaña huesudas arañaron frenéticamente la barrera. Luego Dennis retrocedió y embistió de nuevo el cristal, resquebrajándolo.

Hubo gritos entre el público. Ni preguntas ni reprimendas. Solo gritos. Tal vez ahora entenderían hasta qué punto llegaba su control.

—Abatan al objetivo —dijo el interrogador sin dirigirse a nadie en particular.

Detrás de ella se oyó un ruido de botas metálicas avanzar por el suelo de baldosas. Cuatro soldados irrumpieron en la sala de demostraciones, con las armas a punto desde el instante en que cruzaron la puerta. Dennis habría muerto antes de que ella se hubiera girado a verlos.

¡No! —chilló Loew, descartada toda ilusión de control—. ¡Destruirán años de investigación! —exclamó, pero no se puso en la línea de fuego.

—Haga que pare —dijo la voz.

Ella asintió en silencio mientras introducía un comando.

Separándose con los brazos, Dennis saltó hacia atrás y se posó con un ruido carnoso. Rodó hacia atrás y se situó junto a Loew en posición de descanso.

Desde arriba llegaba un murmullo furtivo de pantalones y chaquetas frotándose unos con otros. Una puerta de salida se cerró con un golpe.

—Muy oportunos, chicos —dijo él.

Los soldados no bajaron sus armas.

La Dra. Loew, agotada, intentaba disimular su respiración acelerada para recuperar cierta apariencia de compostura. Había recobrado el control de la demostración para luego perder el autocontrol.

—No le habría hecho daño —dijo—. Era una demostración. Mire.

Se sacó una sonda quirúrgica de la bata y señaló el orificio que aún estaba abierto en la cabeza de Dennis.

—Podría hacerle puré los sesos y ni se inmutaría. —Mantuvo la posición, casi tocando el cerebro descubierto con la sonda.

Alejó el instrumento y le dio la espalda a la criatura. Otra instrucción en la consola y Dennis se relajó por completo, desprovisto de energía e ímpetu, desinflado.

—Ya no es una amenaza para ninguno de nosotros, a menos que se le ordene.

El puro del interrogador titiló y se movió en la oscuridad. —Ya he visto suficiente. Llévese a su mascota y dé a mis ayudantes tiempo para que se pongan ropa limpia. —El fulgor naranja se encendió con una fuerte calada—. Luego hablaremos.

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