Diario de viaje de Li Li

Capítulo III
Capítulo Tres: Cómo atrapar a un hozen

¡Después de mi travesía por el Valle del Amanecer, continué hacia La Granja de Dai-Lo!

Este bello lugar es el granero de La Isla Errante, y por lo que leí en El Gran Archivo: el suelo de la región es uno de los más fértiles del mundo. La propia Granja de Dai-Lo es una pequeña comunidad campesina cerca de El Labrantío: extensas y serpenteantes extensiones de tierra cultivada repletas de calabazas, zanahorias y demás manjares.

Toda esa comida madura en campo abierto hace que esta zona sea uno de los objetivos primordiales para plagas como los mures. Esas peludas alimañas devoran todo cuanto puedan atrapar en sus mugrientas y diminutas zarpas, pero especialmente las verduras les vuelven completamente locos.

Pero los mures no son más que uno de los problemas de la granja. Mientras me llevaba a Dai-Lo, el conductor del carro, Lun, me habló de un grupo de ladrones hozen que se habían adentrado a hurtadillas en la aldea y habían escapado con unos cuantos sacos de arroz y verdura. Normalmente los tenaces monos se solían quedar en la Aldea Fe-Fang, en la parte noroeste de la isla, pero a veces aparecían y causaban problemas.

Que no se me malinterprete: me gustan los hozen. Tienen sus propias y encantadoras costumbres y tradiciones. Los hozen son unos chalados, pero divertidos y adorables. Lo malo es que demasiadas veces su locura va un poco más allá de lo tolerable.

Me quedé perpleja al enterarme de que nadie estaba intentando encontrar a los ladrones. Supongo que con los mures husmeando, los granjeros de Dai-Lo pensarían que perder un par de fardos de comida de vez en cuando no era nada del otro mundo. Tal y como yo lo veía, si los granjeros permitían a los hozen robar sus cosechas, esas bolas peludas seguirían haciéndolo. ¡Estaban robando nuestra comida, y yo no iba a quedarme sentada y permitir que se salieran con la suya!

Lun dijo que se había visto por última vez a los hozen dirigirse hacia los bosques al norte de El Labrantío, en dirección a un área llamada Las Pozas Cantarinas. No tardé mucho en encontrar un rastro de restos de zanahoria mordisqueados y tallos de brócoli desechados (supongo que incluso los hozen odian el brócoli). Seguí el rastro hasta los apartados bosques esmeralda que rodean las pozas.

Siempre me ha gustado visitar esas pozas. Son tranquilas y rebosan magia. He pasado mucho tiempo allí, manteniendo el equilibrio sobre estrechos postes de madera que se alzan sobre el agua. Esas sesiones de entrenamiento son realmente emocionantes, porque caer no solo implica empaparse. Hay algo más que agua.

A lo largo de los años, todo tipo de animales han muerto en las pozas, y sus espíritus se han fundido con las aguas encantadas. Si caes al agua… ¡PUF! Un momento después estás saltando por ahí convertida en rana o arrastrándote por el barro como una tortuga. Incluso hay una poza con espíritus de mofetas. ¡Y después de que la maldición desaparezca seguirás apestando durante días!

Me tomé mi tiempo para investigar, observé cómo varios cachorros saltaban de poste en poste bajo la dirección de un pandaren llamado Bo, el Recio. Es un panda corpulento y sensato, y durante años fue uno de mis profesores. Tiene buen corazón, pero es tan divertido como un cubo de cebo para pescado de hace una semana. Siempre está: ¡No hagas eso!... Igual que mi padre. Los dos son justo lo contrario que el tío Chen.

Bo, el Recio advirtió mi presencia mientras caminaba junto a las pozas, y me lanzó una mirada severa. Probablemente pensase que no tramaba nada bueno (obviamente, tenía razón). Por suerte, estaba demasiado ocupado enseñando a los cachorros como para molestarme.

Por fin, acabé encontrando a los ladrones hozen: cinco, para ser exactos. Estaban pasando el tiempo a la orilla de la poza de la mofeta, empujándose unos a otros al agua. Siempre que uno de ellos caía y se transformaba por un breve espacio de tiempo, el resto se ponía a gritar y a armar escándalo como si fuese la hora feliz de la Cervecería Ki-Han.

Descubrí lo que quedaba de los sacos de arroz y verduras en una colina cercana, escondidos detrás de un árbol. Los hozen estaban tan ocupados con sus juegos que ni siquiera se percataron de mi presencia cuando me acerqué al escondite para inspeccionar mejor la mercancía. Me arrastré más y más, hasta que la comida estuvo al alcance, y entonces… ¡dos peludos bebés hozen salieron de detrás de las bolsas!

No esperaba que los ladrones fuesen una familia. Probablemente robaron la comida para alimentar a las crías, así que no me atreví a recuperarla. Aun así, todavía podía cobrarme cierta venganza. Lancé una de las calabazas robadas a los hozen que estaban cerca de la poza, y a continuación salí corriendo hacia el interior del bosque. Por el estruendo que escuché, me imagino que tiré a un par de ellos, aunque es posible que al convertirlos en mofetas consiguiera mejorar su olor en lugar de empeorarlo.

Creo que había llegado el momento de afrontar mis temores. Conseguí suministros en Dai-Lo y salí hacia el Bosque Pei-Wu, ¡la zona más peligrosa y prohibida de toda La Isla Errante!