Historia

Vol'jin:El Juicio

por Brian Kindregan

Se detuvo en un claro. Veía partes del cielo a través de los huecos en la cúpula menos tupida de la jungla. Medía la respiración para intentar estar tranquilo y estudió los árboles. No vio nada. Gradualmente, como despertándose de un sueño profundo, percibió el calor que tenía detrás.

Se dio la vuelta y el loa estaba detrás, a centímetros de él. Tan cerca que podía ver el movimiento y los juegos de los tentáculos brillantes de su superficie. El brillo del loa se expandió para cubrir su visión.

Apareció en una cueva, una especie de túnel, y el camino se dividía ante él. En cada rama del camino había una visión de sí mismo.

En una estaba sentado en un trono de oro puro. Había asados enormes envueltos en hojas de palma, estaba rodeado de muestras de la mejor bebida de la jungla y había trols hembra que bailaban para él. Parecía sano y feliz. Una pequeña cadena de oro le ataba el tobillo a una pata del trono. En la otra visión, estaba herido y sangrando, demacrado y rodeado de enemigos. La visión estaba nublada y cambiaba continuamente, pero siempre estaba luchando, siempre peleaba. A veces lideraba a otros Lanza Negra; a veces luchaba solo; pero el mensaje estaba claro: una vida de lucha y esfuerzo constante, sin descanso, una masacre continua.

Vol’jin se rió. «¿Se supone que eh’to es una prueba, gran loa? Eh’to es fácil. Eh’cojo la libertad. Lucharé y sufriré, y puede que nunca sea feliz, pero eh’cojo la libertad».

Desde lejos, le llegó la grave y primigenia voz del loa. «La elección no era la prueba, querido hermano. Si dudah’te, si tuvih’te que pensarlo, si llegah’te a eh’tar tentado un segundo, habrías fracasao». Vol’jin se estremeció al escuchar el tono de voz del loa. Sonó como si fallar hubiese significado la muerte, o algo peor.

La cueva se desvaneció y Vol’jin apareció en una grada, contemplando una arena. Observó sus manos. Eran las suyas, pero más viejas; tenían callos y cicatrices de muchos años de asuntos marciales. A su alrededor había ancianos y luchadores de la tribu Lanza Negra. Más allá había orcos, tauren y otros. Todos observaban atentos cómo luchaban dos criaturas. Un orco marrón con un hacha poderosa y un tauren con una lanza. Ambos llevaban solo un taparrabos de cuero y estaban untados en aceite para la batalla. Una vez más, le vinieron palabras a la mente: Garrosh y Cairne. Aullavísceras y Lanzarruna.

Los dos luchaban y retrocedían en la arena. El orco marrón sangraba por varias heridas, mientras el tauren permanecía ileso. Con su nueva visión, Vol’jin también podía ver a los loa por todas partes. Pululaban por el aire y se quedaban suspendidos alrededor de los bordes de la visión. Estaban reunidos e inquietos. Sin duda este momento tenía grandes implicaciones para la gente de Vol’jin, y puede que para todo Azeroth.

Mientras Vol’jin miraba, el orco bajó su hacha formando un gran arco; el arma rugió con el silbido del aire al colarse entre las muescas del borde. El tauren levantó la lanza para defenderse, pero no fue suficiente: el hacha partió la lanza y rozó al tauren.

Ambos combatientes se pararon un momento. El orco estaba casi demasiado herido para aguantar en pie, mientras que el tauren apenas tenía un arañazo. Sin embargo, fue el tauren el que se tambaleó, con las manos rendidas a ambos lados. Un trozo de la lanza colgaba entre sus débiles dedos.

El orco levantó el arma y cargó. El rugido del hacha inundó la arena. El orco precipitó el hacha contra el cuello del tauren.

Vol’jin sintió una punzada de dolor en el corazón por el grave daño recibido por el tauren. Se dio cuenta de que un sentimiento de pura tristeza resonaba a través del tiempo en Vol’jin por esta visión, tristeza por la pérdida de un amigo y un anciano respetado.

El tauren se derrumbó. Antes de caer al suelo, el mundo se detuvo. Los sentidos de Vol’jin se alertaron y sintió como si el universo entero se hubiese ahogado al respirar un instante antes de gritar.

Los loa se volvieron locos. Bufaban y susurraban. Revoloteaban de un lado a otro, gritándole al oído y lanzándose a través de él. Nadie más había reaccionado aún. Los demás testigos permanecían inmóviles. El tauren aún caía hacia el suelo, con la sangre saliéndole a chorros.

Entonces Vol’jin lo entendió.