Historia

Vol'jin:El Juicio

por Brian Kindregan

Vol’jin caminó alrededor del fuego. Estaba inquieto y furioso, con ganas de matar algo. Lo habían empujado, tirado, machacado y mareado. Su mundo tenía menos sentido cada minuto que pasaba. Ahora su amistad con Zalazane (lo único con lo que Vol’jin siempre había contado además del amor de su tribu y su padre) pendía de un hilo.

—Se acabó —anunció sin mirar a Zalazane—. Voy a cazar. Necesitamos comida y yo necesito matar. —Sacó la guja y se deslizó para perderse en la oscura maleza. Avanzar en solitario hacia la parte más peligrosa de la isla se le antojó una buena idea—.

Se trataba de la fuerza.

En el fuego, Zalazane empezó un canto vudú en bajo. Más adelante, en la penumbra, Vol’jin escuchó el chasquido de una ramita. Una gran criatura intentaba permanecer oculta. Vol’jin sonrió con los labios apretados contra los colmillos y los dedos clavados en la guja.

Avanzó mientras sentía como los finos pelos de las grandes hojas de upka le acariciaban la cara. Volvió a escuchar el sonido, ahora a su izquierda. Se giró y dio la vuelta para tener la criatura a la derecha.

Una vez más, escuchó un movimiento en la vegetación a su izquierda. Entonces se dio cuenta de que la criatura lo estaba observando. Solo podía hacer una cosa: cargó.

Las ramas y las raíces se le enganchaban al lanzarse hacia delante con un grito gutural. Delante, otro trol esperaba de pie.

Vol’jin se lanzó contra él y ambos cayeron. Colocó la guja alrededor del cuello del otro trol en la oscuridad. Todos los trols de la isla eran Lanza Negra y sus amigos, pero Vol’jin había crecido escuchando historias de los violentos Gurubashi, y en aquel lugar cualquier cosa podía suceder.

El otro trol levantó la vista y sus facciones se iluminaron con un rayo de luz del fuego distante. Era Sen’jin, el padre de Vol’jin.

—¿Papá? —preguntó Vol’jin impactado mientras se quitaba de encima del trol que estaba boca abajo. Sen’jin sonrió y empujó a Vol’jin. El trol más joven aterrizó en el barro, riéndose—.

Sen’jin se puso de pie de un salto, giró el bastón y lo dirigió al pecho de Vol’jin. Vol’jin vio la intención asesina del rostro de su padre, se apartó y evitó por muy poco un golpe que le habría clavado las costillas en el corazón. Vol’jin se puso de pie, cauteloso y en guardia, pero sin atacar.

—¿Papá? —preguntó—. ¿Qué pasa? —Sen’jin solo sonrió y atacó con el bastón en un arco bajo mortal. Vol’jin saltó, pero Sen’jin aprovechó el impulso del golpe para lanzar su cabeza contra el pecho de Vol’jin—.

Vol’jin aterrizó de un salto, con el aire escapándole de los pulmones. Se giró sobre la espalda, jadeando. Sen’jin se deslizó hasta él, girando de nuevo el bastón.

—Papá, ¿por qué haces eh’to? ¿He fallado? ¡No lo entiendo! —exclamó Vol’jin—.

Sen’jin hizo una pausa. —¿No luchas porque crees que me conoces? Eres débil.

Dicho eso, golpeó con el bastón la mano extendida de Vol’jin. El golpe llevaba hasta el último gramo de fuerza del viejo trol y la mano de Vol’jin se hizo añicos. Su pulgar, atrapado por la mano, recibió la mayor parte de la fuerza. Los huesos se astillaron y el pulgar quedó colgando como una garfa.

Vol’jin no conseguía encontrarle sentido a la situación. Se giró hacia un lado, sujetando con la mano izquierda la mano derecha; más allá de la muñeca todo estaba roto y el pulgar estaba hecho puré. Estaba asustado y sentía como se le escapaba la realidad de los alrededores. Vio los grandes pies desnudos de Sen’jin moverse hacia la jungla.

—¡Papá! —gritó. Sen’jin no se detuvo ni ralentizó el paso, ni si quiera miró atrás. Los arbustos se movieron y desapareció—. ¡Papá! —Vol’jin cayó hacia atrás, con los ojos cerrados con fuerza, sujetando el brazo—.

Pasado un momento, recuperó el control de la mente y bajó la vista para mirar la mano. El pulgar estaba destrozado. Su guja yacía en el barro, con el metal pulido manchado de barro y sangre.

La mano se sanaría, pero el pulgar quedaría deforme. Vol’jin nunca lanzaría un cuchillo ni sujetaría una guja con esa mano. Nunca cazaría, nunca señalizaría un ataque.

Sin embargo, había una forma de arreglar eso. Sabía que había una forma.

Vol’jin tomó aliento, miró a la guja de la mano izquierda y la elevó mucho sobre su cabeza. Lo haría con los ojos abiertos. Hizo bajar la guja en un arco largo y elegante. Atravesó la piel y el hueso de su mano derecha; la cosa rota y deforme que había sido su pulgar salió volando hacia la oscuridad.

Quería gritar a las estrellas, pero se mordió el labio hasta sangrar, retorciéndose. No hizo ruido. El pulgar volvería a crecer de forma limpia. Todos los trols estaban bendecidos por los loa con una cierta regeneración. Les podían volver a crecer los dedos y los dedos de los pies, aunque partes más complejas como las extremidades y los órganos fuesen más allá de sus habilidades. Llevaría algo de tiempo, pero volvería a estar completo otra vez.

Empezó a ver una luz brillante al fondo de su visión y se preguntó si estaba a punto de desmayarse. Sin embargo, la luz se hizo más y más fuerte.

Vol’jin levantó la vista.