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La ceniza aún bajaba desde las Cumbres de Arak. Lo haría durante días. Semanas, quizás.

Reshad decidió que no le importaba. Podía soportar el humo y la ceniza, pero no el genocidio.

Lo rodeaba un bosque calcinado sembrado de árboles caídos y los cuerpos ennegrecidos de los otros desterrados arakkoa como él. Por encima se alzaban las escarpadas cumbres del Trecho Celestial, hogar de los altos arakkoa que habían tratado de exterminar a los compañeros de Reshad. Las torres de piedra de origen natural se hincaban en el vientre del cielo como garras. Encima de la más alta descansaba una gigantesca bola dorada, el arma de los altos arakkoa que había traído la muerte y la destrucción sobre los desterrados y su boscoso hogar.

Si Reshad cerraba los ojos, podía recordarlo todo de nuevo: el rayo de fuego incandescente que aprovechaba el poder del sol brotando del cristal e incendiando su mundo. Podía oír los chasquidos de la madera al partirse, los chillidos de los desterrados envueltos en llamas.

Pero se dijo a sí mismo que todo eso ya formaba parte del pasado.

Los adeptos de Rukhmar, la orden que había regido las vidas de los altos arakkoa con férreo fanatismo, estaban sumidos en el caos. Su arma había sido destruida. Algo nuevo emergía de las cenizas que habían dejado a su paso. Emergía de forma lenta, pero certera.

Reshad lo vio justo delante de sus ojos. La Orden de los Despiertos, una nueva sociedad arakkoa que luchaba por desterrar el odio y las rivalidades que habían atenazado a los suyos durante generaciones. En el bosque calcinado, los antiguos enemigos caminaban juntos como amigos: a un lado, los desterrados sin alas, producto de la maldición de Sethe; al otro, sus primos, los elegantes y poderosos altos arakkoa alados, quienes antaño despreciaban a todos los que habitaban por debajo de sus cumbres.

«Ya era hora», pensó Reshad. «Los viejos huesos se cansan...».

Un graznido familiar atrajo la atención de Reshad. Una masa indistinta de plumas rojas volaba en círculos por encima. Percy, su kaliri, descendió en picado con una bolsa rebosante de pergaminos entre sus negras garras.

—¡Ah, los encontraste! —Reshad aplaudió con sus nudosas manos. Había enviado a Percy a por uno de sus alijos de pergaminos. El astuto erudito había escondido muchos por todo el bosque a lo largo de los años. —Tráelos aquí.

Percy lanzó la bolsa junto a Reshad y los pergaminos se esparcieron por el suelo cubierto de hollín. —¡Raaak! —graznó el viejo desterrado—.¡Cuidado, Percival! ¡Sabes que son muy frágiles!

El kaliri se posó sobre un retorcido tocón y emitió un chillido de réplica.

—Sí, sí... —suspiró Reshad mientras rebuscaba en una bolsa de tela que llevaba sobre su toga violeta con ribetes de oro. Sacó un puñado de semillas y frutos—. No me he olvidado de tu recompensa...

Arrojó el puñado a sus pies y se limpió las manos en la toga. Percy saltó del tocón y se abalanzó de forma frenética sobre las semillas en un frenesí de picotazos.

—No olvides tus modales. Hay extraños en las inmediaciones —lo reprendió Reshad mientras empezaba a ojear los pergaminos esparcidos por el suelo. Rebuscó entre ellos con delicadeza, como si fueran huevos de kaliri. Contaban viejas historias que mostraban la sociedad arakkoa antes de su división en individuos alados y desterrados. Eran textos apócrifos, leyendas censuradas por los adeptos de Rukhmar en un intento de manipular y lavar el cerebro a los suyos.

Reshad depositó con cuidado los pergaminos en la bolsa mientras examinaba cada ejemplar en busca de daños producidos por el fuego. Se fijó en uno que hablaba de Terokk, el antiguo rey que había gobernado sobre los arakkoa, y cuyo título era Antes de la caída. Reshad lo sopesó con la mano.

Le pareció tan pequeño… solo tinta y pergamino. Pero al mismo tiempo tan poderoso que podía rivalizar con el falso sol que los altos arakkoa habían utilizado.

—¡Reshad! —Un desterrado apareció cojeando, sus plumas teñidas de hollín del color de una borrasca. Un alto arakkoa ataviado con una túnica de cuero añil sobre el plumaje de color verde turquesa caminaba a su lado.

—No hemos sido capaces de encontrar a Iskar —continuó el desterrado—. Los exploradores han ido en su búsqueda, pero tardarán un tiempo en regresar.

—Que así sea —dijo Reshad mientras una sensación de frío se apoderaba de él. El sabio de las Sombras Iskar era el líder de los desterrados. Su ausencia resultaba desconcertante. Su comportamiento durante las últimas semanas había sido distante e irritable, y Reshad se preguntaba sobre sus intenciones. Iskar siempre había estado obsesionado en cierto modo con el poder como resultado de su historia personal.

¿Pero qué es lo que busca? ¿Esta nueva sociedad de los arakkoa no es suficiente para él?

—¿Deberíamos preocuparnos? —preguntaron los altos arakkoa.

—Eso está por ver —respondió Reshad—. Sentaos. Los dos. Descansad.

Los altos arakkoa asintieron mientras Reshad se subía encima de un árbol caído. El desterrado se sentó sobre un pequeño tocón cercano mientras se limpiaba el hollín de la cara.

Reshad desenrolló el pergamino en su mano. El pergamino seco se parecía a él, desgastado y frágil, pero lleno de secretos. Había dedicado su vida a reunir estos conocimientos y a transmitirlos a una nueva generación de arakkoa. Arakkoa que se regirían por la sabiduría en lugar de por los prejuicios y el fanatismo ciego del pasado.

Pensó que este era tan buen momento como cualquier otro para empezar.

—¿Qué sabéis de Iskar? —preguntó mientras se giraba hacia los altos arakkoa.

—Únicamente que él dirige a los desterrados.

—¿Y qué sabéis de la soberana de los Adeptos, la suma sabia Viryx? —preguntó Reshad al desterrado.

«Por suerte, la difunta suma sabia», pensó para sí mismo. Ella fue la culpable de que los altos arakkoa utilizaran su arma para tratar de exterminar a los desterrados.

—Ella hizo todo esto... ¡Grrrk! —El desterrado observó el bosque arrasado mientras lanzaba un áspero graznido.

—Sí —prosiguió Reshad—. A primera vista parecen muy diferentes, y lo mismo podría decirse de vosotros dos, pero hubo una época en que eran lo mismo...

***

La adepta Viryx inclinó el cetro de madera sobre el nido de larvas de devastadores. El cristal de oro que remataba el abalorio vibró con calor y energía, refulgiendo como un sol en miniatura. Una vez más, Viryx se quedó maravillada por el poder que contenía algo tan pequeño.

Ella misma había creado el artefacto a partir de otros objetos pertenecientes a una avanzada cultura arakkoa ya desaparecida: los apexis. Había señales de su presencia por todas las tierras que rodeaban las cumbres del Trecho Celestial. La mayoría de los congéneres de Viryx veían los artefactos apexis como meras baratijas. Ella era de las pocas que creían que se podían obtener grandes resultados del estudio de los apexis.

«Un día opinarán igual que yo», pensó.

El cristal brilló con más fuerza hasta que el haz de fuego dorado emergió súbitamente de la piedra en dirección a las larvas. Las diminutas larvas se retorcieron mientras su piel se derretía y borboteaba debido al calor.

—Acaba con su sufrimiento de una vez —gritó el adepto Iskar.

El arakkoa de plumaje morado caminaba cerca, adornado con las pulseras doradas, la capucha de color azul oscuro y las vestiduras que lo identificaban como sabio del sol. Era un arakkoa inusual en muchos aspectos. Estaba encorvado y era pequeño para su edad. No era el más brillante ni prometedor de los sabios, pero, a pesar de todo, era amigo de Viryx. Su hermano de nidada. Ella se sentía atraída por el peculiar aspecto y las rarezas de Iskar.

—No te estarás poniendo sentimental, ¿no? — preguntó Viryx.

—Claro que no, pero vamos a llegar tarde —siseó Iskar—. Los ancestros nos ordenaron que regresáramos antes del ocaso.

—También nos dijeron que exterminásemos las plagas. A conciencia.

Pero llegaremos tarde. Así es como nos metimos en este lío para empezar.

Viryx se sintió irritada por un momento, pero también sintió una punzada de arrepentimiento. Se recordó a sí misma que no estaban allí por culpa de Iskar. Había sido ella quien había llegado tarde al ritual del día anterior. El castigo por su infracción no solo se limitaba a ella. Años atrás, los ancestros la habían emparejado con Iskar, como solían hacer con todos los jóvenes adeptos. De ese modo, los miembros plumados de la orden podían cuidarse mutuamente y asegurarse de que todo el mundo cumplía los decretos de su diosa del sol, Rukhmar. Si uno de los dos lograba una gesta, ambos recibirían grandes elogios.

De igual forma, si uno de los dos cometía una infracción, ambos serían castigados.

Y ahí estaban, en las inmundas tierras debajo de Trecho Celestial, exterminando a los molestos devastadores. Los insectos a menudo invadían el territorio de los arakkoa y construían sus apestosos nidos entre las rocas de las cumbres.

Exterminar devastadores era una tarea de poca importancia, sobre todo para sabios del sol como Viryx e Iskar. Llevaban toda la vida entrenando para utilizar el poder ígneo de Rukhmar como si fuera suyo, para invocar su luz y utilizarla como un arma contra sus enemigos.

Aun así, una parte de Viryx disfrutaba del trabajo. Estaba fuera de Trecho Celestial, lejos de la atenta mirada de los ancestros. Era libre. Y quería saborear esa sensación el máximo tiempo posible.

—Lo entenderán —dijo Viryx. Recorrió con la mirada las colinas cubiertas de hierba que se encrespaban como olas en torno a las cumbres de piedra. Cadáveres calcinados de devastadores yacían boca arriba con las largas y delgadas patas levantadas hacia el cielo.

—Hicimos un buen trabajo. No nos castigarán por eso.

—No te castigarán a ti... —dijo Iskar.

Viryx estaba a punto de abrir el pico para responder cuando algo muy ágil salió disparado de una maraña de espinos cercanos. Otro devastador. El enorme insecto gris moteado pasó rozando el suelo mientras desaparecía en el denso bosque que había delante.

—Déjalo... —suplicó Iskar.

Pero Viryx ya estaba persiguiéndolo. —Tenemos órdenes, hermano de nidada. A conciencia.

***

 «Nos harán azotar por esto» pensó Iskar mientras salía a trompicones detrás de Viryx. «Corrijo: me harán azotar».

Siempre pasaba lo mismo. Los ancestros siempre lo castigaban más a él que a su hermana de nidada, sin importar cuál fuera su falta. Él conocía las razones. Viryx era brillante. Todo —desde sus estudios para utilizar los poderes de Rukhmar hasta su comprensión de las ciencias— le resultaba sencillo. Incluso su apariencia, con sus rojizos ojos pálidos y su plumaje rosado, se ajustaba al ideal de belleza de su sociedad. Era una adepta modélica a la que le esperaban grandes cosas en el futuro.

Pero Viryx también tenía defectos. Era desobediente, espontánea e inquieta. Le divertía infringir las normas siempre que podía, probablemente porque nunca recibía un severo castigo a cambio. Iskar creía que los ancestros eran más benevolentes con ella debido a sus dotes.

Por mucho que Iskar tratara de agradar a los ancestros, siempre cometía algún error estúpido. No era perfecto como Viryx. Debería haberla envidiado y odiado por nacer con esos dones, pero no lo hacía. Siempre que alguien la despreciaba, él la defendía. Siempre la había protegido. Iskar solo deseaba que algún día ella llegara a comprender las consecuencias de sus pequeñas aventuras y sus actos de rebeldía.

Pero hoy no sería ese día.

Iskar tembló a medida que el frío lo envolvía. El denso dosel del bosque bloqueaba las últimas luces del sol poniente. Pisó con cuidado sobre unas enormes raíces y sus garras se hundieron en el barro húmedo.

Extraños talismanes de madera y piedra colgaban de las ramas por encima de él. Eran toscas efigies de los arakkoa. Sus garras sostenían varitas de incienso quemado que enviaban volutas de humo por todo el bosque. Los ojos le lloraban a causa del olor acre.

Se habían alejado demasiado. Esta era la tierra de los otros: aquellos arakkoa que habían caído en desgracia ante Rukhmar. Las criaturas malditas sin alas que habitaban la tierra bajo las cumbres.

Los desterrados.

Iskar dedicó una oración silenciosa a Rukhmar. Sacó su atrapasueños de la parte trasera de sus gruesas vestiduras. Agarró el talismán circular de madera con cordones entrecruzados en el centro con ambas manos.

Lo sostuvo delante de él, como le habían enseñado los ancestros. Lo utilizaría como una red para capturar la maldición que afligía a los desterrados y protegerse de sus abrasadores efectos.

En su cabeza, Iskar ya estaba planeando cómo colgaría el atrapasueños fuera de su nidal a su regreso al Trecho Celestial. Mañana al mediodía, la luz de Rukhmar purificaría el abalorio mancillado de cualquier vestigio de maldición que conservara.

—Tenemos prohibido venir aquí sin la supervisión de los ancestros —dijo Iskar mientras alcanzaba a Viryx—. Por favor, déjalo ya.

—Silencio. Mira —Viryx señaló delante.

Iskar miró a través del bosque. No veía más que árboles y sombras. —No veo ningún devastador.

—Olvídate de los devastadores. He encontrado algo mucho más interesante. Delante.

Entonces Iskar lo vio. Una silueta. Un arakkoa.

Trataba de pasar desapercibido entre los retorcidos árboles. Plumas de un intenso color rojo sobresalían por debajo de su raída capa. Iskar juzgó por su tamaño y forma de caminar que se trataba de un macho. El misterioso arakkoa caminaba erguido, lo cual significaba que no era un desterrado. Era un congénere de Iskar.

—No debería estar aquí fuera con la ceremonia a punto de empezar —dijo Viryx.

—Sí, la misma a la que se supone que nosotros debemos asistir —respondió Iskar.

Ese día señalaba el comienzo de la Gracia de Rukhmar, la época del año en la que el sol estaba en su cénit y los días eran largos y luminosos. Todos los adeptos debían asistir a la ceremonia y llevar a cabo rituales, una obligación que Viryx solía tomarse a la ligera a pesar de las advertencias de Iskar.

—¿No sientes curiosidad por lo que está haciendo? —preguntó Viryx.

—La verdad es que no. Cuanto más tiempo estemos aquí, peor será nuestro castigo.

Viryx no dijo nada. Salió disparada hacia delante y después batió las alas y subió a la copa de un árbol.

«Terca», se dijo Iskar mientras la seguía con la mirada. «Insensata».

Se adentraron en lo profundo del bosque tras el arakkoa, posándose de rama en rama. Iskar sabía que los desterrados llamaban a esta tierra Velo Akraz. Toscas cabañas, envueltas en telas de color violeta con runas grabadas, salpicaban el oscuro bosque. La única fuente de luz —si así podría llamarse— provenía de los orbes violetas repartidos al azar por todo el bosque.

—Por favor... —Iskar asió a Viryx por el hombro mientras se posaba a su lado sobre una gruesa rama.

—Parece que se ha detenido.

El misterioso arakkoa desapareció entre un grupo de cabañas de desterrados. Una especie de aldea. Una sensación de frío atenazó a Iskar, avivando su temor. Tomó pequeñas bocanadas de aire con la esperanza de no inhalar la maldición que impregnaba la atmósfera del lugar.

—Piensa en lo que estás haciendo —dijo en voz baja—. La maldición...

—No hemos venido aquí para hacer nada malo. Rukhmar nos protegerá. Tú... espérame aquí.

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