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La mensajera orca con el rostro lleno de cicatrices se dirigió a las puertas de Ogrópolis escalando a duras penas peldaños que le llegaban por la cintura.

Los ogros de Ogrópolis se detenían a observarla. Los brutos le lanzaban miradas lascivas desde las sombras que se cernían sobre el sendero que conducía a la cima. Los gorianos más acaudalados se asomaban desde sus hogares en forma de túmulos decorados con trofeos de sus enemigos vencidos.

Lleno de indignación, otro observador vigilaba desde una torre el avance de la mensajera. La orca estaba pisando la montaña a la que estirpes de ogros habían dado forma, apisonando y horadando la mismísima roca hasta transformarla en ciudad, palacio, fortaleza y hogar.

Aun así, los guardias habían bajado sus lanzas y la habían permitido acceder al elevador que llevaba al segundo alto de Ogrópolis. Era costumbre mostrar curiosidad por los visitantes solitarios. Siempre era posible matarlos más adelante.

Cuando el elevador se detuvo, la mensajera vio a una docena de demacrados esclavos orcos que se ocupaban de las poleas. Se escabulleron uno a uno mientras le lanzaban miradas por encima del hombro.

La mensajera escudriñó la cima de la montaña. Pudo distinguir con dificultad el contorno de una enorme balconada que sobresalía del pico de Ogrópolis. Era el Trono del Imperador, la morada del Rey Hechicero de los ogros. Pero desde donde estaba aún le quedaba un duro ascenso a través del polvoriento espacio abierto rodeado de malolientes casuchas de esclavos. Su nariz se arrugó en un gesto de disgusto.

Un grupo de enormes ogros ataviados con elegantes vestiduras avanzaban hacia ella con sorprendente rapidez. El más alto y grande de ellos (que claramente corría para llegar antes que los demás) se plantó delante de ella en pocos segundos, parándose en seco como un carro cuesta abajo que recuperara de forma súbita el control. Apestaba a suciedad y grasa animal mezcladas con perfume, aunque sus vestiduras sin mangas de color paja estaban inmaculadas (era evidente que las lavaba con más frecuencia que su cuerpo). La enorme barriga del ogro sobresalía de su atuendo. La levantó con una mano para rascarla por debajo sin dejar de mirar a los ojos la mensajera.

Su voz sonaba aterciopelada. —Soy el sumo consejero Vareg. Hablo en nombre del Rey. Permitiré que transmitas tu mensaje mientras dure mi almuerzo; después, podrás abandonar Ogrópolis con todos tus tiernos huesitos intactos.

Mientras hablaba, cogió un pedazo de maloliente paletilla de elekk y le dio un sonoro mordisco, esparciendo por el aire chorros de grasa blancuzca. Apenas había engullido la carne y el hueso cuando se preparó para dar otro mordisco, una clara señal de que no estaba dispuesto a perder mucho tiempo.

La mensajera miró a cada uno de los ogros. —Traigo un mensaje de Grommash Grito Infernal, Jefe de Guerra de la Horda de Hierro, para  todos los ogros de Nagrand. —Hizo una pausa—. Si deseáis ver un nuevo amanecer en Draenor, tendréis que ganaros ese derecho.

Los ogros rieron al unísono. Cuando terminaron, solo se escuchaba el ruido de un hilillo de arena que caía del elevador.

—¿Eh? —Vareg objetó mientras se sacaba un trozo de cartílago de entre los amarillentos dientes con una uña sin mirar a la mensajera—. Continúa. ¿Cómo dices?

La mensajera arrastró sus palabras visiblemente enojada. —Postraos humildemente ante la Horda de Hierro, vaciad vuestros cofres en nuestras manos, arrastraos y suplicad... Me da igual. Demostrad vuestra valía, o pereced.

La última palabra sonó como un gruñido.

Vareg se inclinó hacia delante, cerniéndose amenazador como si estuviera a punto de desmoronarse sobre ella.

—Pequeña, tenemos un centenar de familias de orcos en grilletes —hizo un gesto con el pedazo de carne a un esclavo que empujaba pesadamente un carro de alimentos—. Puede que Grito Infernal no valore tu vida, pero no creo que se tome tan a la ligera la de los demás.

La mensajera miró directamente al ogro. —Ya están muertos.

Se dio la vuelta para marcharse.

Sus palabras eran extrañas. ( «Demostrad vuestra valía», no «entregaos» o «rendíos»). Los orcos de la Horda de Hierro tenían una seguridad en sí mismos que rayaba en la imprudencia, pero no habían exigido un tributo o la devolución de territorios. El ultimátum tenía un carácter abierto. Todo quedaba en manos del destinatario. 

El Rey Hechicero había hecho demandas parecidas.

El imperador Mar'gok, el Rey Hechicero de dos cabezas de Ogrópolis, aquel cuyos antepasados habían dominado las avalanchas y el viento para erigir las primeras fortalezas, columnatas y presas en el salvaje Nagrand, permanecía en su balconada.

El Imperador había presenciado los acontecimientos del día desde la distancia, pues podía espiar las calles de Ogrópolis gracias a su lente de cuarzo tallado. Sus cuatro ojos solían proporcionarle una gran cantidad de información, pero las largas horas delante de la lente habían hecho que una de sus cabezas le diera vueltas. (¿Había algo más que ver? ¿Debería parar?). Sus dos cerebros solían funcionar a la perfección juntos como si fueran un par de extremidades, pero esta vez algo turbaba sus mentes.

Mar'gok entrecerró los ojos tratando de imaginar cómo contemplaría cualquiera de sus súbditos —un ogro con dos ojos, una cabeza y un cerebro— la esplendorosa ciudad. ¿Concentraría su mirada y todos sus pensamientos en un solo punto? Sería imposible gobernar de esa forma. Todo parecería borroso.

Mar'gok vio cómo las siluetas imprecisas y abultadas de sus consejeros regresaban de la reunión deteniéndose en los jardines (seguramente para discutir). Después vio alejarse el punto de color rojizo que era la mensajera.

***

El ataque era inminente. (Semejante mensaje solía enviarse a posteriori, no como preludio).

Los ecos llegaban hasta Mar'gok desde todas las partes de la ciudad, como si todo Draenor estuviera rodeado por una manada de lobos. Más allá de los parapetos del oeste, esferas de humo y llamas surcaban el cielo en dirección a la gloriosa Ogrópolis. Si impactaban en las murallas exteriores, las torres del tambor se derrumbarían y bloquearían los caminos que bajaban de la montaña. Las fuerzas de la parte alta de Ogrópolis no podrían apoyar a las de la parte baja; los elevadores eran demasiado lentos. Las fuerzas de auxilio que corrieran a cerrar la brecha tropezarían con los escombros y serían masacradas en masa; sus cuerpos pasarían de ser máquinas de guerra a obstáculos para sus camaradas.

O la Horda de Hierro ascendería por el paseo de las esculturas del este a lomos de sus diestros lobos, cuyas fauces se teñirían de rojo mientras abrían en canal a los ogros. La línea oriental de defensa de Ogrópolis estaba formada en su mayoría por brutos, quienes tenían la costumbre de responder a las cargas dejando sus lanzas a un lado con la esperanza de aplastar entre sus manos la mandíbula de alguna criatura raquítica antes de morir. (¿Habían sido azotados últimamente?).

¿Y si los orcos atravesaban sus líneas a la carrera y alcanzaban los recintos de los esclavos? ¿Podrían armarlos e iniciar una revuelta?

Había demasiados riesgos. El imperador Mar'gok meditó sobre ellos hasta que el golpeteo de las flechas se hizo audible en la balconada. Tomó la decisión de ponerse al mando.

Había ordenado que se encerrara a todos los esclavos en sus recintos y que todo aquel que se resistiera fuera asesinado en el acto. Sus cadáveres cubiertos de moscas serían encerrados junto con los vivos.

La zona inferior de Ogrópolis, habitada por los gorianos más pequeños, pobres e indignos, recibiría el primer asalto. Mar'gok envió allí una multitud de centinelas, guerreros veteranos, para frenar el avance enemigo. Los centinelas portaban el estandarte morado y dorado del Imperador, y sus bramidos hacían temblar las rocas de las colinas.

En la vanguardia, rompedores de magia gorianos de piel roja cargaban como si nada en medio de los cegadores hechizos del enemigo, aplastando cuerpos de orcos con sus poderosas mazas y pisoteando sus cuellos. Pero la Horda de Hierro seguía enviando más efectivos.

Un variopinto grupo de asaltantes Grito de Guerra luchaba junto a otros orcos: aulladores pintarrajeados que decoraban sus rostros con volutas de sangre, escuadrones de infantería con casco que ocultaban cada centímetro de su piel con placas de acero tiznado, fanáticos mutilados que habían jurado lealtad al gladiador Kargath y que tenían espadas en lugar de manos. La única característica que todos parecían compartir era una insignia, un garabato puntiagudo de color rojo que adornaba estandartes, escudos...

Y armas. Cada pizca de ingenio de la Horda de Hierro se había destinado al arte de matar. (¿Cómo habían podido inventar tanto en tan poco tiempo? Era como si el progreso de varias generaciones les hubiera caído del cielo).

Brigadas de orcos se afanaban detrás de las catapultas y lanzaban bolas de fuego que silbaban por los aires, quemando la carne de los ogros y reduciendo las murallas a mortero.

En las manos de los orcos, las espadas de doble punta giraban como remolinos. Los carros de acero avanzaban tambaleándose sobre patas arácnidas y permitían a los soldados sortear los fosos que antaño hicieron de la ciudad de Mar'gok un lugar inexpugnable. La Horda de Hierro rodeaba a los defensores de Ogrópolis incluso en los estrechos pasadizos atestados de ogros.

Cinco orcos empujaban un ariete de metal rematado por un puño que escupía fuego y cargaban a través de una cañada que subía a la ciudad. Los ogros caían delante del ariete como efigies ardientes hasta que la pesada máquina se detuvo emitiendo un ruido como de succión al chocar con un bruto que portaba un martillo. El bruto cayó a un lado del camino con la mitad del pecho perforado y cenizas brotándole del orificio.

Los orcos no hacían prisioneros. Incluso en la cima del Alto del Imperador, en la cúspide de Ogrópolis, el humo y el olor a quemado de los ogros moribundos alcanzaba los cuatro orificios nasales de Mar'gok. Sus tripas sonaron con impaciencia.

***

Mientras la Horda de Hierro roía los pies de la ciudad, el Rey Hechicero de Ogrópolis permanecía muy por encima de la matanza, rodeado por las columnas cinceladas de esquisto pertenecientes a su primer gran proyecto, las salas del Gorthenon.

El Consejo de Mar'gok ocupaba la amplia estancia. Estaba formado por grandes ogros que se reclinaban como tigres adormilados o posaban como divinidades en lo alto de enormes peñascos que habían acarreado montaña arriba. A una distancia respetable del Consejo, hileras de asesores militares y campeones aguardaban inmóviles, portando porras y armaduras gastadas. Algunos exhibían los extraños y arcaicos tatuajes rojos, azules o grises que los identificaban como rompedores de magia: guerreros sometidos a rituales y entrenamientos que los volvían inmunes a las escuelas de magia, un decreto que el Rey Hechicero había impuesto sobre uno de cada veinte gorianos durante su reinado. La postura de los rompedores evidenciaba su tímido éxito a la hora de repeler a la Horda de Hierro; parecían dispuestos a abandonar el debate y enfrentarse a los enemigos de Ogrópolis en cualquier momento.

No había espacio para sentarse. Varios consejeros caminaban por el Gorthenon describiendo órbitas alrededor del Imperador, el ogro de mayor tamaño de todos, una criatura gigantesca compuesta a partes iguales de grasa y músculo. Un largo cuerno sobresalía de su cabeza derecha y un fajín morado se arremolinaba en torno a sus pies. Bajo sus dos capuchas, Mar'gok apretaba las mandíbulas con aire ensimismado. Mantenía sus palmas callosas extendidas hacia la asamblea.

De todos los presentes en la sala, solo el sumo consejero Vareg parecía más impaciente.

—Nuestros primalistas destruirán la ladera norte —escupió—. El pico norte se derrumbará sobre ellos y aplastará sus pequeñas cabezas de una vez. La grasa de su rostro centelleó un instante.

Mientras escuchaban a Vareg, algunos de los miembros del Consejo parecían estar a punto de lanzarse a su cuello, pero la mayoría, en especial los rompedores de magia, patalearon en señal de aprobación. Esta era una asamblea en la que la política se mezclaba con la violencia; los que eran incapaces de ponerse de acuerdo solían terminar a porrazos. Era fundamental encontrar puntos en común.

Mar'gok gruñó y sus voces resonaron en la sala. —No.

El impaciente e intrigante Vareg, un personaje de baja alcurnia cuya ambición no conocía límites, puso la misma cara que si lo hubieran condenado a morir en el Coliseo.

Mirando a Vareg con una cabeza mientras estudiaba al resto del Consejo con la otra, Mar'gok esperó a que el murmullo se apagara. —Los orcos nos superan en número y armamento. No los destruiremos con un solo ataque; además, pondríamos en peligro los cimientos de la ciudad. No. Nuestras legiones en el frente se retirarán a la Senda de los Vencedores y los obligarán a ascender. Si necesitan cuerdas para trepar por nuestros peldaños, podremos frenarlos.

Ogrópolis siempre había resistido cualquier intento de asedio a sus majestuosas murallas. El enemigo estaría agotado de caminar y montar a caballo. Un verdadero asedio de la ciudad podría llevar días. (La Horda de Hierro necesitaría una buena cantidad de trenes de suministro).

Vareg era un poderoso señor de los magos con muchas victorias en su haber y una inusual habilidad para desobedecer y sobrevivir. —Si dejamos que entren en la ciudad, dejaremos que lleven la iniciativa. Incluso si cortamos sus líneas de abastecimiento o sus cuerdas, nuestros guerreros tendrán pocas oportunidades de escapar.

—¿Escapar? —interpeló Mar'gok—. ¿Crees de verdad que Ogrópolis caerá?

Silencio.

Mar'gok hizo rodar una piedra sobre la palma de su mano. Sus callos la habían alisado. —¿Piensas —chasqueó con una de las lenguas— que impedir las muertes en nuestro ejército es más importante que impedir la caída de Ogrópolis?

Nadie había afirmado tal cosa, pero nadie se atrevió a alzar la voz.

Vareg elevó el tono de voz. —Imperador, estás lejos del campo de batalla. No puedes ver a nuestros soldados ni a nuestros enemigos. Si no permites que derribemos la montaña, entonces deja que nos enfrentemos a ellos con todas nuestras fuerzas. Si nos retiramos, sufriremos enormes bajas. Lamentarás cada una de ellas aunque ganemos.

Las palabras de Vareg resonaron, y la mayoría de los consejeros se apartaron de él para situarse junto al Imperador y mostrarle su apoyo mediante este gesto silencioso. Al ver esto, Vareg pareció enfurecerse aún más. —¡Los orcos son tan pequeños que ni siquiera podrán apartar a nuestros muertos! —gruñó.

Los rostros de Mar'gok permanecieron imperturbables. —Quizá sea más sencillo de lo que creía. Únete a mí y utiliza tus amplios conocimientos de la Horda de Hierro para lograr la victoria.

—¿Unirme a... ti, Imperador? ¿Tú lucharás?

—No. Mientras nuestras fuerzas repelen y obstaculizan a los orcos, iremos hasta el Jefe de Guerra de la Horda de Hierro y forzaremos un acuerdo de paz. Al enviarnos una mensajera, Grommash Grito Infernal no ha hecho sino garantizarnos un salvoconducto.

Unos cuantos centuriones y un rompedor de magia adicional servirían de guardia personal del Imperador; no podía permitirse retirar más unidades del frente. Girando sus cabezas en dirección a los rompedores de magia, Mar'gok bramó: —¡Me acompañarán los más fuertes de vosotros!

Mar'gok quedó consternado al ver que los rompedores empujaban hacia delante a uno de los suyos tiznado de azul y cubierto de confusas runas que parecían haber sido talladas en su cuerpo con una roca. Al parecer, el rompedor compartía la consternación del Imperador.

—Imperador —dijo con voz grave—, esta noche he aplastado cuatro cráneos de chamán. No soy la persona indicada para intercambiar cortesías. ¡Deja que me quede luchando por la gloria de Ogrópolis!

—¿Cuál es tu nombre, rompedor? ­—preguntó Mar'gok, lentamente, como si le hablara a su almuerzo.

—Ko'ragh, Imperador.

—Ko'ragh —continuó Mar'gok—. No puedes quedarte. Eres más útil para Ogrópolis vivo que muerto. Además —prosiguió, evitando de ese modo cualquier posible réplica y haciendo que el rompedor cerrara las fauces de golpe—, es tu Imperador quien decide la hora y la forma de tu muerte. ¿Lo entiendes?

Tras oír esto, Ko'ragh se golpeó el pecho con el carnoso puño a modo de saludo.

Vareg —quien no soportaba dejar de ser el centro de atención más que unos instantes— se apresuró a alzar la voz. —¿Y cómo te serviré yo, Imperador?

Mar'gok esbozó una leve sonrisa. —Tirarás de mi carro.

El sumo consejero se quedó boquiabierto. Varios miembros de la asamblea rieron nerviosamente emitiendo un sonido parecido al del roce de dos rocas.

Hacía tiempo que el Imperador animaba a sus consejeros a que mostraran su desacuerdo de forma pacífica: para ello, no tenían más que escupir a sus pies. Ninguno de sus consejeros con vida había expresado jamás su desacuerdo de esta desconsiderada forma, pero la oferta estaba sobre la mesa. El Imperador era magnánimo.

Mar'gok miró de forma deliberada a sus pies descalzos y después a la asamblea. Una ráfaga de fuego pasó junto a una ventana dejando tras de sí una estela de ardientes guijarros. Frunció el ceño de su rostro izquierdo, y después el del derecho.

El Imperador bajó de nuevo la mirada. Ni un escupitajo.

Las reglas del juego