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Parte uno

Garrosh escudriñó con cautela el paisaje de Nagrand. Hacía días que no avistaba a ningún explorador Grito de Guerra. ¿Por qué habría de haberlos? La cima de la colina estaba situaba a un extremo del territorio del clan, y en tiempos de paz no había muchas razones para patrullar por la zona: los saqueadores ogros vendrían desde el oeste; los otros clanes de orcos, desde el este. Hasta la caza era escasa durante esta época, recordó Garrosh.

La última vez que se había sentado en aquella cima era muy joven y...

No. Garrosh nunca se había sentado en aquella cima, ni trepado aquellos árboles, ni acariciado con sus dedos aquella hierba cuando era niño. Este era un mundo diferente.

Kairozdormu le había advertido que algunas cosas le parecerían extrañas. «Me he pasado toda la vida estudiando los portales del tiempo. Si intentas contar y comparar todas las briznas de hierba, acabarás volviéndote loco —había dicho—. Para que mi plan se cumpla necesitamos... condiciones favorables, y aquí es donde las encontraremos. Esta línea temporal es perfecta para nosotros. No es un reflejo perfecto de la nuestra, pero es perfecta al fin y al cabo».

Eso aún quedaba por demostrar. Garrosh protegió sus ojos de los últimos rayos del sol mientras contemplaba las tierras que se extendían hasta el horizonte. Al menos sabía que aquella cima sería un lugar seguro para descansar. Las extensas praderas que los rodeaban, frondosas y verdes, dejarían al descubierto a cualquier intruso antes incluso de que estos avistasen a Garrosh.

A su espalda, Kairoz descansaba tumbado boca arriba cerca de la ardiente hoguera mientras sostenía una esquirla de cristal grande y dentada por encima de su cabeza. La luz del fuego y del ocaso arrancaban destellos de bronce de su superficie. —¿Has pensado en lo que hablamos, Grito Infernal? Ya has perdido demasiado tiempo.

Garrosh se volvió fulminándolo con la mirada. —No vuelvas a llamarme por ese nombre. No aquí. Nunca más.

Kairoz se incorporó con torpeza. El dragón de bronce aún se movía con dificultad en su nueva forma de orco. —¿No? Es cierto, tu apellido podría captar la atención de los Grito de Guerra. Los acontecimientos podrían adelantarse.

—Y también podría provocar que Aullavísceras me rebanase el cuello. Y el tuyo también —dijo Garrosh.

Kairoz sonrió con suficiencia. Su ademán era sin duda quel'dorei, lo cual quedaba totalmente fuera de lugar en aquella cara de orco. —Tu padre y su arma no podrían tocarme. A menos que pueda volar.

Garrosh no respondió. « Ojalá muestres tu forma de dragón frente a Grommash Grito Infernal. De verdad».

Kairoz colocó la esquirla de cristal en su regazo. Incluso aquel simple movimiento parecía forzado. —¿Y bien? ¿Has tomado una decisión?

—Sí.

—¿Y…?

Garrosh respondió con voz calmada. —Ha llegado el momento de que nos separaremos —dijo.

—Ah, ¿sí? —Kairoz rio entre dientes—. No recuerdo haberte dado esa opción.

—Es posible que parezcas un orco, pero no actúas como tal. Lo notarán. Tengo que acercarme a ellos yo solo —dijo Garrosh.

—Ya veo. ¿Y cuándo se supone que haré acto de presencia? —La sonrisa suficiente de Kairoz se acentuó.

—¿Quién sabe? Cuando llegue el momento oportuno.

—Es decir, nunca. —Kairoz sacudió la cabeza—. Ay, Garrosh, Garrosh, Garrosh. La diplomacia no es tu punto fuerte. No te pongas en evidencia.

Garrosh contuvo una respuesta mordaz. —De acuerdo. —Su voz sonaba controlada—. Te voy a ser sincero: mi Horda no necesita la ayuda de un dragón.

—Mmm. ¿Tu Horda? —Kairoz se levantó lentamente, balanceando con cuidado la esquirla de cristal en una mano—. Tu Horda te expulsó. Sin mí aún estarías pudriéndote en aquella cárcel. No puedes permitirte que me vaya. —El orco impostor ladeó la cabeza—. Y, si no te comportas, haré que desees estar en aquella celda aguardando la gracia del hacha del verdugo.

Kairoz tenía la otra mano escondida en el fajín, la única pieza que había conservado de su atuendo de alto elfo. Garrosh alcanzó a oír un traqueteo de metal en su interior. ¿Podría tratarse de un arma oculta?

En la cabeza de Garrosh se formó un sentimiento de expectante violencia. El mundo se volvió más claro, más nítido. No permitió que ese sentimiento aflorara. —Mi gente se merece mucho más de lo que el destino les ha deparado. Yo me encargaré de remediarlo. Sin ti —dijo Garrosh.

—Tú no me das órdenes —dijo Kairoz—. Yo...

—Ya basta. —Garrosh saltó hacia delante sin previo aviso mientras el aire se impregnaba de un inaudible grito de batalla. En tres zancadas había rodeado la hoguera y agarrado a Kairoz por el cuello, presionándolo fuertemente mientras lo elevaba del suelo.

Hubo un destello de luz bronce. La esquirla de cristal que sostenía Kairoz centelleó.

Garrosh parpadeó y se percató de que su mano ya solo sostenía aire. Tenía de nuevo la hoguera delante, justo a tres zancadas, como si nunca se hubiese movido. Kairoz había desaparecido. Tras un momento de confusión, un brazo aprisionó repentinamente el cuello de Garrosh y tiró de él.

El mundo se puso del revés. Un metal frío —y a su vez familiar— se cerró entorno a sus muñecas.

Garrosh cayó al suelo, la rodilla de Kairoz lo mantenía firmemente aprisionado, su brazo le oprimía el cuello con firmeza.

—¿De verdad piensas que soy débil porque ahora sea mortal? —Siseó Kairoz—. Ya no eres Jefe de Guerra, Grito Infernal. Eres libre solo porque yo quiero. Estás vivo solo porque yo quiero. Y te unirás a tu padre y unificarás a los antiguos clanes orcos porque así lo quiero. —El disfraz de Kairoz empezó a disiparse desde el cuello y, de repente, la cabeza de orco comenzó a transformarse en algo mucho más grande y reptiliano. Los enormes ojos del dragón bronce se aproximaron a tan solo unos centímetros de la cara de Garrosh. —Eres un simple peón. Nada más. Si no me eres útil, te sacrificaré en la partida.

Garrosh le enseñó los dientes. Le había encadenado las muñecas con las mismas esposas que había llevado cuando escapó de aquel absurdo circo que había sido su juicio. Ahora comprendía por qué Kairoz las había abierto con tanto cuidado en vez de haberlas roto sin más.

El propósito de Kairoz había sido esconderlas y tenerlas preparadas. Se había anticipado a un posible enfrentamiento. No, había provocado un enfrentamiento.

Despacio, poco a poco, Garrosh fue dominando su ira. Comenzó a controlar su respiración. Una respiración constante. « Idiota. Te ha tendido una trampa. No vuelvas a cometer el mismo error».La mancha roja que nublaba su vista comenzó a desvanecerse. Cuando volvió a hablar, su voz seguía tensa, pero comedida.

—Si no me necesitases, dragón, me habrías dejado en Pandaria —respondió—. Así que ahórrate las amenazas.

La boca de reptil de Kairoz se retorció en una sonrisa. —Siempre y cuando nos entendamos. —Volvió a adquirir al completo la forma de orco y se levantó, apartándose de Garrosh.

—Oh, sí, nos entendemos. —Garrosh giró sobre sí mismo y se incorporó utilizando sus manos atadas—. Créeme.

Mientras se levantaba, sus ojos captaron un destello de luz. La esquirla de cristal había caído allí cerca durante la refriega. Kairoz la señaló. —Recógela.

Garrosh la miró. —Recoge tú tus propios juguetes.

—Ahora es tuya. —Kairoz hablaba como si se estuviese dirigiendo a un niño desobediente—. La necesitarás.

Garrosh miró la esquirla, pero no se movió. El cristal curvo latía y brillaba con una débil luz bronce, la misma luz que había visto cuando el dragón había escavado de sus garras. Los extremos eran afilados. Teniendo las manos atadas sería muy complicado sujetarla sin cortarse. —Creí que habías dicho que ya no tenía poder.

—Lo que dije fue que ya no tenía el poder que una vez tuvo. Eso no significa que no tenga poder, como ya habrás podido comprobar por ti mismo —dijo Kairoz. De nuevo tenía aquella sonrisa de suficiencia.

Garrosh elevó sus muñecas maniatadas. —¿Y esto?

—Parece que eso sí conserva todo su poder, ¿no? Las llevarás hasta que me convenzas de que sabes cuál es tu sitio. —Kairoz se volvió hacia la hoguera y comenzó a sofocar el fuego lanzando tierra con los pies a la madera candente—. Re-có-ge-la.

Respiración sosegada. « No vuelvas a picar». Garrosh cogió la esquirla con cuidado, sopesándola en las palmas de las manos. Durante el juicio, cuando había estado completa, la Visión en el Tiempo tenía dos tallas de dragón bronce idénticas que rodeaban el cristal. Esta esquirla aún conservaba la cabeza y el cuello de una de las figuras. Era un asidero bastante conveniente.

—Supongo que conmigo no tiene ningún poder —dijo Garrosh con voz tensa. « Si no, no me habrías dejado tocarla». Aquel pensamiento provocó que la ira oculta de Garrosh ardiera con gran intensidad.

—Por supuesto. Pero no la pierdas. Si no, me enfadaré —dijo Kairoz. Paseó alejándose de la hoguera, arrancó ociosamente una hoja de las ramas más bajas de un árbol y comenzó a machacarla con los dedos hasta que se convirtió en un amasijo verde—. Has tenido una buena idea, Garrosh. Tú, yo… somos dos desconocidos en estas tierras. Sería mejor que nos acercásemos a los Grito de Guerra por separado. Mediando meses, si hiciera falta. Así disminuiríamos las posibilidades de que tu gente pensase que tú y yo... conspiramos contra ellos. —Dejó caer la masa de hojas verde y se limpió la mano contra el muslo. La palma de su mano, no obstante, aún seguía manchada—. Muéstrales el cristal. En este mundo, los de tu clase son primitivos y tienen cierto conocimiento de lo sobrenatural, ¿me equivoco? Vuestro chamán bastará. Cualquier tonto con un poco de talento podrá trastear con eso que tienes en las manos. Solo con que capten un atisbo de nuestro Azeroth y de las recompensas que ofrecen otros mundos será suficiente. Cuando los hayas convencido de que deben unirse a esa Horda perfecta tuya y conquistar todo lo que vean, entonces llegaré yo. Seré simplemente otro orco más siguiendo el nuevo camino establecido junto a su pueblo. —Kairoz extendió ampliamente los brazos—. Y entonces descubriré de forma milagrosa métodos nuevos para usar la esquirla. La utilizaremos para viajar a todos los mundos que queramos.

—A mí solo me interesa uno —dijo Garrosh.

—Eso es porque eres incapaz de ver el panorama completo. Quieres una Horda, libre de impurezas demoníacas. Yo quiero más. Crearemos un número infinito de Hordas...

Garrosh comenzó a reír.

Kairoz bajó los brazos. Su expresión adquirió una peligrosa aura. —¿Acaso dudas de mí?

Garrosh le sostuvo la mirada. —El reloj de arena quedó destruido cuando nos trajo hasta aquí. Lo vi hecho pedazos en el suelo de aquel templo pandaren. —Levantó la esquirla—. Es posible que aún puedas hacer unos cuantos trucos con esto, pero no finjas que sigue siendo la mismísima Visión en el Tiempo.

—Piénsalo bien, Grito Infernal. —La voz de Kairoz era tenue—. Precisamente porque la mayor parte del reloj de arena se encuentra aún en Azeroth, esa esquirla resuena con nuestro portal del tiempo. Llámalo un atisbo... un reflejo de tiempo. Con un poco de ayuda por mi parte...

—Podremos volver. —Garrosh notaba los acelerados latidos de su corazón y un escalofrío le recorrió la piel. En su cabeza se agolpaban multitud de ideas—. No solo nos llevará de vuelta a Azeroth. También nos devolverá a nuestro tiempo.

—Y eso es solo el principio —dijo Kairoz. Se giró, dirigiendo sus gestos hacia el sol que se iba ocultando tras el horizonte de Nagrand—. Primero será Azeroth. Después, otros mundos. Todos los mundos. Tantos como necesitemos. —El dragón bronce comenzó a reír—. Nada nos detendrá. Ni siquiera el tiempo. Las posibilidades son infinitas. Yo seré infinito...

En tres zancadas, Garrosh hundió la esquirla en la espalda de Kairoz.

Las risas se transformaron en aullidos. Dientes del cristal se abrieron paso con facilidad a través de la carne, sin romperse ni siquiera cuando alcanzaron el músculo o los huesos. Garrosh asía firmemente la escultura de bronce de la esquirla con sus manos atadas.

El cristal comenzó a absorber el poder. Escamas bronce aparecían y se desvanecían en la piel de Kairoz. Estaba intentando utilizar la esquirla para volver a adquirir su forma de dragón. Pero no funcionaba.

Garrosh lo empujó y ambos cayeron al suelo. Arrastró el extremo puntiagudo de la esquirla por todo el hombro de Kairoz hasta llegar a la clavícula, donde lo extrajo. Los alaridos eran cada vez más fuertes. Las débiles manos de orco se movían intentando apartar a Garrosh. Él acercó la cara a unos cuantos centímetros de los ojos del dragón bronce y le hundió la esquirla en la garganta. Los gritos se convirtieron en un gorgoteo ahogado.

Garrosh asió la esquirla con firmeza, ignorando los torrentes de energía que expulsaba y absorbía el cristal, poniendo toda su atención en la sorpresa reflejada los ojos de Kairoz.

—No —dijo Garrosh—. No habrá titiriteros en las sombras. No más amos que ofrezcan poder corrupto. Ya no habrá nadie como tú y los de tu calaña.Los orcos no tendrán ningún dueño.

Garrosh giró la esquirla y la arrastró hacia el pecho de Kairoz, apuñalando una vez tras otra. La sangre bañaba la cima de la colina. No era sangre de orco, ni de ninguna criatura que jamás hubiera pisado aquel mundo; pero la tierra se la bebió igualmente.

Al fin, extrajo la esquirla y se puso en pie.

Kairoz convulsionó en el suelo. Garrosh lo observó con curiosidad. Nunca antes había matado a un dragón bronce. La esquirla latía en sus manos, marcando el pulso de los últimos latidos del dragón. De repente, una niebla color bronce formada por motas del tamaño de un grano de arena  de Kairoz. No se dispersó como el humo, sino que se fue condensando en un fino remolino semejante a una cuerda retorciéndose hasta convertirse en nada y desaparecer de este mundo.

Cuando la niebla color bronce desapareció, la esquirla dejó de palpitar. Los ojos de Kairoz estaban abiertos de par en par y ya no respiraba. Garrosh esperó. Quería estar seguro. Pasaron varios minutos antes que emitiese un gruñido y asintió.

—Ha sido un final más rápido del que te merecías. 

Dejó el cuerpo donde estaba. Si a alguien se le ocurría pasar por allí vería únicamente a un orco que seguramente habría cabreado a quien no debía.

«¿Y no había sido así en cierto modo?».Garrosh sonrió.

Encontró un pequeño arroyo cerca de allí y limpió la sangre de su propio cuerpo y de la esquirla. Aún tenía las muñecas atadas y en carne viva debido al roce, pero no podía hacer nada para solucionarlo, ya que la llave estaba a varios mundos de distancia.

¿Qué haría ahora? Las ideas iban y venían rápidamente. Kairoz tenía razón: la sutileza no era su punto fuerte. Solo bastaría con acercarse con demasiada astucia o dejar entrever demasiada manipulación y su padre no dudaría en cortarle la cabeza. Grommash Grito Infernal no era tonto.

¿O sí?

Garrosh sintió cómo el miedo invadía su estómago. Entonces había sido demasiado joven. A penas recordaba a su padre. «¿Y si no es el orco que creo que es?». Grommash Grito Infernal había caído en una trampa, engañado para convertirse en esclavo de los demonios. Al final había conseguido redimirse, demostrando que su corazón era fuerte, pero no era infalible.

Garrosh llevaba días dándole vueltas al problema, pero todavía no había hallado la solución. «¿Cómo se convence a uno de los orcos más fuertes que existen de que, en realidad, es débil?».

Los últimos rayos del sol desaparecieron. Garrosh se sentó en silencio junto al arroyo. Quizás sería conveniente esperar. Faltaban horas a pie hasta llegar al campamento Grito de Guerra, y los grilletes y la esquirla serían claros indicios de que él no era uno de ellos. Sería mejor llegar mañana o al día siguiente. Mucho mejor que hacerlo en mitad de la noche.

—No —decidió—. Ya no esperaré más. —Envolvió la esquirla con el fajín de Kairoz y la introdujo en su pretina. Grommash reconocería la fuerza del corazón de Garrosh... o no.

Garrosh comenzó a andar. Hacia el alba sabría si viviría al lado de su padre o moriría en sus manos.

Lok-tar ogar —susurró.
Grito Infernal