[Relatos cortos] La sangre de Arreat. [Finalizado 3/3]

Creaciones de la Comunidad
La tierra, embarrada por las recientes lluvias empezaba a cubrirse de nieve. Esta caía en finos copos sobre la sangre y el barro, cubriendo los restos de la batalla que acababa de ocurrir y tejiendo el tapiz para la que estaba a punto de comenzar.

La bestia humana cubierta de pieles respiraba de forma profunda y serena. Se encontraba recuperando el aliento para lo que vendría a continuación. Su cuerpo estaba completamente lleno de cicatrices pasadas y recientes. Se desabrochó la cota de mallas, le costaba ya moverse con ella, era un lastre. Observando al horizonte, mientras se despojaba de ella y dejándola caer al suelo. Esta comenzó a hundirse entre la mezcla de sangre, nieve y barro, que era el suelo que ahora pisaban. Las pinturas de guerra de su clan tapadas en parte por la sangre de los demonios y esbirros de Baal que había aniquilado hace unas pocas horas, era lo que le distinguían entre los demás presentes. Sus músculos hinchados por la congestión de la batalla. Cubiertos de barro, sangre y suciedad, hacían si cabe que el Hijo de Bul-Kathos pareciese aún más grande y rocoso de lo que por sí ya era, una maquina perfecta de matar. Clavó su rodilla en la tierra, cogió entre sus manos un puñado del lecho que pisaba, y frotándose las manos con él, murmuró, unas palabras profundas y casi inteligibles para los que le acompañaban. Rozando la nieve con la palma de su mano, grande y callosa, rodeó el mango de su espada.

Otorgada por todas las tribus de nómadas de las estepas norteñas al elegido para guardar la entrada del Monte Arreat. Cuentan las leyendas sobre ella, que es capaz de aterrorizar a todos sus enemigos. Su portador sería capaz de mover montañas y arrojarlas sobre ellos. Sus ojos recorrieron su filo, casi tan grande como él lo era de alto. Un arma que solo una persona entre cientos podría portar. Tanto por su tamaño, como por la fuerza requerida para manejarla. En los espacios en los que no había sangre podía ver su propio rostro. Recordó por instantes que parecían destellos en su memoria todas las pruebas que había realizado para llegar hasta este momento. Un momento que cambiaría la vida en todo Santuario.

Miró al frente, donde se encontraban las huestes de Baal, el Señor de la Destrucción, uno de los demonios mayores. Su aspecto era aterrador, caminaba sobre cuatro enormes patas insectoides, mientras que su torso recordaba el de un hombre demacrado, esquelético y casi putrefacto.

- Tras arrasar Sescheron os envían como la última esperanza de un pueblo a punto de extinguirse. ¡Patético! Vuestro camino acaba aquí.

El bárbaro observó a ambos lados, flanqueado por varios héroes y una multitud de hombres libres del oeste decididos a impedir el avance de las tropas del infierno. Todos ellos empezaron a desmoralizarse, algunos salieron despavoridos por el pánico infundido por el Señor de la Destrucción. Un grito, un alarido de poder enmudeció todas las palabras de Baal. La muchedumbre, estaba paralizada, inmóvil en su sitio. Todos miraban al colérico bárbaro. Este se había girado para observarlos a todos. Rápidamente el miedo desapareció de sus mentes y corazones. Un nuevo coraje había sido infundido en sus almas. Acto seguido el bárbaro, empuño fuertemente la Espada de las Tribus y cargo contra las huestes de Baal. Seguido de todas las fuerzas de los hombres del oeste. Esa sería la última carga hacia un mundo sin demonios recorriendo la tierra.

La batalla se recrudeció rápidamente. Baal se había retirado al Monte Arreat donde corrompería la Piedra del Mundo, mientras, sus huestes pondrían final a los héroes y a la muchedumbre que los acompañaba para salvarlo.

Entre el fragor de la batalla: Llovió fuego del cielo, las flechas volaron raudas buscando sus blancos, los cadáveres de los caídos tanto amigos como enemigos volvían a alzarse para luchar al lado de las tropas de la humanidad. La tierra se habría bajo los pies de los demonios tragándoselos o incapacitándolos mientras la cólera enloquecida de Arreat los desmembraba. Todo ello generaba una vorágine de sangre, vísceras, carne quemada, que provocaría nauseas a los débiles de estómago.

Mientras tanto en la cámara de la Piedra del Mundo…

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La gran sala del Corazón de la Creación, imponente a la vista. Durante milenios había sido protegida por los hijos de Bul-Khatos, los barbaros. La Piedra del Mundo fue el objetivo tanto de ángeles como de demonios en la Guerra del Pecado. La piedra fue escondida a ambos bandos por Inarius en otra dimensión. Una en la que se crearía lo que hoy conocemos como santuario.

Baal se encontraba frente a la piedra, corrompiéndola con antiguos hechizos para arraigar en ella el poder de los Infiernos Abrasadores y controlarla como antaño ocurrió durante la Guerra del Pecado.

-La Piedra del Mundo, el Ojo de Anu, la raíz de las gemas en la que nos dejamos capturar para asi manipular a los humanos. El escenario que pondrá fin al Conflicto Eterno es Santuario no los Altos Cielos ni los Infiernos abrasadores. Este, este será el escenario del fin y del comienzo del reinado de la destrucción.-

-¡Baal!- Gritó a pleno pulmón una voz desgarrada, grave y profunda. El nombre del Señor de la Destrucción se propagó por toda la sala, como el mal que habían desatado los tres hermanos juntos por todo Santuario. –Todo acaba aquí y ahora Baal. Aunque Sescheron haya caído, mis hermanos hayan muerto y hayas desatado las fuerzas de los Infiernos Abrasadores. Todo acaba aquí.-

El hijo de Bul-Khatos, se abalanzó sobre el Señor del Terror. Portando su espada en ambas manos logró asestar un gran golpe, causando una grave herida en el torso esquelético y demacrado de Baal, del cual comenzó a manar sangre negra a borbotones.

-Nephalem, no eres nada, solo el vástago no amado de otrora razas más poderosas. Soy más antiguo que el mundo en el que moras, mundo que servirá para preparar la caída de los Altos Cielos. Muere, Nephalem o cumple tu verdadero propósito.- Baal invocó la oscuridad, esta se adueñó de sus manos lívidas. Sus dedos largos y mortecinos gesticulaban, mientras, zarcillos negros fantasmagóricos se arremolinaban entre ellos. La oscuridad se transmuto rápidamente en fuego, rayos y materia oscura.

El nephalem no había perdido el tiempo. Cargó una vez más contra la némesis de todo lo que mora en Santuario. Hundió la espada tanto como pudo empalando así al Señor de la Destrucción. Baal por otro lado ya había terminado el conjuro, el cual se materializó en el pecho del bárbaro provocándole una gran herida que, cauterizó su carne y su piel.
-La piedra es nuestra y tú, portarás dentro de ti “la Destrucción” que arrasará todo Santuario. Tu alma se consumirá en los infiernos mientras yo…-

La detonación del conjuro fue devastadora, Baal había desaparecido. Solo quedaban cenizas donde antes habían combatido ambos. El bárbaro yacía en el suelo, seminconsciente, abrió los ojos y pudo ver el ámbar fragmentado, la Piedra de Alma de Baal. Como pudo, se arrastró por el suelo hasta donde le llegaron las fuerzas. Rozó con los dedos los fragmentos de la Piedra hasta que consiguió cogerlos entre sus manos. Esta brilló con fuerza, latía en destellos de luz, los fragmentos parecían estar vivos. El hijo de Bul-khatos caminó torpemente hasta la piedra del mundo y susurró:

-Por fin, es nuestra.-

Empuñando uno de los fragmentos de la Piedra de Alma del Señor de la Destrucción, la hundió en la Piedra de la Creación. Corrompiéndola. El otro fragmento lo hundió en su pecho en la herida abierta y que aún se encontraba manando sangre. Al recibir la Piedra de Alma, la sangre empezó a dejar de brotar, la herida comenzó a cauterizarse, un terrible fuego ardía dentro del hijo de Bul-Khatos y este cayó al suelo, desmoronándose sobre sí mismo, como si su cuerpo no pudiese sostenerlo ni un segundo más en pie.

Un par de minutos más tarde…

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El resto de héroes y un número escaso de supervivientes a la masacre que había acontecido horas antes entraron a la cámara sagrada de la Piedra del Mundo.

-Por Athulua, ayudadlo. Llevadlo a Harrogath allí sabrán que hacer.- La amazona palideció al ver el estado en el que se encontraba el bárbaro. No había rastro de Baal. Millares de dudas asaltaron su mente. ¿Baal habría conseguido escapar? ¿El bárbaro pudo haber acabado con él y haber puesto fin al reguero de destrucción que había sembrado? Observó cauta la Piedra del Mundo que presidía la sala, parecía estar hecha de sangre cristalizada.

Por un instante una luz blanca cegadora iluminó la sala. La amazona apresuró a entrecerrar los ojos a la vez que apuntaba con su pesada ballesta hacia la fuente de luz. Los hombres restantes que quedaban se echaron al suelo abrumados por el resplandor cegador. Cuando la luz hubo menguado y el destello cegador permitió a la amazona distinguir la figura que se había materializado en la sala, bajo el arma y se tranquilizó.

-Tyrael, ¿Eres tú? ¿Qué ha pasado?-

-La Piedra de la Creación, me temo que ha sido corrompida por Baal. Escóltalos a todos hasta Harrogath y refugiaros allí.- El Arcángel Tyrael se mostraba preocupado, su rostro permanecía oculto bajo el velo de oscuridad de su capucha, pero solo con su voz bastaba para saber que Baal había logrado sus planes. La Piedra de la Creación había sido mancillada y ahora estando corrupta era impensable saber que nuevos males se podrían desatar en Santuario.

-Vale Tyrael, danos algo de tiempo.- La amazona preparó a los heridos, mientras la hechicera que les acompañaba apresuró a conjurar un portal a Harrogath. Todos fueron entrando con cautela. Al inmenso bárbaro lo portaron en una camilla improvisada. Cuando solo quedaban la amazona y la hechicera por cruzar esta le dijo a Tyrael.

-¿Qué ocurrirá ahora?- Dijo cabizbaja y con tono temeroso.

-No lo sé niña, pero este artefacto ha de ser destruido. No temas, en Harrogath estaréis a salvo. Ahora marchaos, rápido.- Tyrael se giró hacia la Piedra del Mundo.

La amazona cruzó el portal apresuradamente mientras se colgaba la pesada ballesta a la espalda.

-Tyrael, la humanidad estaría perdida sin tu consejo ni tu sabiduría. Dime una cosa antes de que cruce el portal, ¿Baal ha sido destruido?- La joven hechicera preguntó con tono sereno y preocupado.

-No tengo forma de saberlo, no obstante no hay rastro de su Piedra de Alma.- Tyrael enmudeció, y tampoco se había girado para contestar, parecía más concentrado en la Piedra de la Creación que en las palabras de la hechicera.

-Adios, Tyrael.- La hechicera se apresuró a cruzar el portal que se cerró a su paso.

Desde Harrogath se veía el Monte Arreat, enorme, majestuoso, hogar de la Piedra del Mundo y de sus guardianes. La ciudad estaba siendo evacuada rápidamente, era la más próxima al Monte Arreat. En un gran carromato Malath había establecido un puesto para auxiliar a todos los heridos. Dentro del mismo se encontraba el bárbaro moribundo, esperando a que la muerte le sobreviniese. Malath hacia todo lo posible por mantenerlo con vida y que los ungüentos curativos que le había suministrado empezasen a hacer efecto sobre las heridas.

La caravana se encontraba lejos de Harrogath, cuando de pronto, todos los animales del bosque salieron en estampida. Osos, lobos, corzos, conejos y zorros salieron despavoridos de sus madrigueras y cuevas, algo estaba a punto de avecinarse.

-Debemos continuar.- Gritó la amazona desde el final del convoy.

Un silencio sepulcral se adueñó de todo el bosque. La caravana seguía su camino, no se escuchaba el ruido de los pájaros ni de los animales, hasta el mismísimo viento había enmudecido. Lo único que se escuchaba era el sonido tétrico de la madera de los carros crujiendo al continuar el paso, el lamento de los heridos y los llantos de algunos niños.

La tierra comenzó a temblar bruscamente, las copas de los árboles y sus roncos comenzaron a agitarse como si quisieran levantar sus arraigadas raíces de la tierra y echar a correr, a escapar de lo que instantes después ocurrió. Un gran estruendo ensordecedor cubrió todos los valles, los refugiados de Harrogath mirando atrás.

-¡Mirad, La montaña!- Gritó uno de los guías.

El Monte Arreat había explotado, toda la montaña estaba saltando por los aires, una lluvia de tierra, nieve, barro y cascotes de piedra comenzó a llover sobre la caravana. La gente que iba a pie se intentó refugiar bajo los carruajes. Todos se apresuraban a cerrar las contraventanas de las caravanas, a cubrir los carros abiertos y tratar de proteger a los animales de tiro. La tierra comenzó a abrirse, los animales, asustados echaron a correr. Los diferentes carros de la caravana comenzaron a moverse alocadamente camino abajo fruto del pánico de los animales que tiraban de ellos.

Una gran falla comenzó a abrirse bajo los pies de la gente, el terremoto que había provocado la devastación del Monte Arreat había separado los cimientos del mundo. Se tragó varios carros, algunas personas se precipitaron por los agujeros que se abrían bajo sus pies inesperadamente. El carromato de Malath quedó encajado por un lateral en una de estas grietas. El cuerpo del bárbaro se desplomo de la camilla, chocando contra una de las ventanas, abriéndola y precipitándose por el hueco que esta había dejado. Su cuerpo rodó por la nieve hasta salirse del camino y precipitarse en un montículo de nieve. Toda la montaña se había precipitado sobre ellos.

-¿Tyrael habrá destruido la Piedra del Mundo? – Dijo la amazona, lanzando una pregunta a los vientos esperando respuesta.

-Eso parece.- Repuso la hechicera.

Si ya había heridos, ahora todo era un caos. No había ni un alma que saliera ilesa ante tal devastación. Con el paso de las horas fueron recomponiéndose, devolviendo los carros al camino y hacer un recuento de la gente, rezando porque nadie se haya perdido o fallecido. Fueron atendiendo a los heridos poco a poco. Cuando se acercaron a la caravana de Malath la encontraron inconsciente con una fuerte herida en la cabeza, pero no había rastro del bárbaro. Peinaron la zona en busca de su cuerpo pero no apareció rastro de él.

-¿Creéis que habrá muerto?- Las palabras salieron titubeantes y tristes de los labios de la amazona.

-Lo dudo mucho jovencita, lo último que recuerdo fue su cuerpo atravesar la ventana. Cuando la caravana volcó. Lo más probable es que haya caído en la brecha. Lo lamento.- Contesto Malath con la voz temblorosa, apenada, su anciana voz se apagó conforme iba finalizando sus palabras.

-Vayamos a dormir, será lo más prudente. Me quedaré haciendo la primera guardia, mañana cuando tengamos más fuerzas volveremos en su busca. Seguro que sigue vivo.- La hechicera se levantó mientras hablaba y poso una mano sobre el hombro de la amazona y rozando suavemente la pierna de Malath, tratando de tranquilizar y reconfortar a ambas, aunque sin resultado.

La noche fue pasando sin ruidos ni sobresaltos, una espesa bruma, fruto del polvo aun no asentado tras la explosión del Monte Arreat empañaba la vista de la vigía. A unas decenas de metros de la caravana se levantó una figura de la nieve. Una figura gigantesca, con una manta por capa y harapos por prendas.

Las pinturas de guerra de su clan se habían difuminado. Su fuerza por otra parte no había desaparecido, seguía siendo esa montaña rocosa, imponente. La que hacia unas horas había luchado contra el mismísimo Baal. Sus ojos habían cambiado, un nuevo brillo surgía de ellos, una mirada ámbar, de caos, manaba rabia de ellos. La herida de su pecho había cicatrizado, salvo por una pequeña y casi imperceptible marca, la Piedra de Alma que yacía oculta en su interior casi en su totalidad.

-Viajaremos juntos, hacia el este, siempre hacia el este.- La voz de Baal, se manifestaba a través de los labios del hijo de Bul-Khatos…

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Buenas.

Acabo de terminar de leer el relato. Me ha gustado mucho y me encanta que todavía haya gente que le guste el apartado del lore =D

Te he dejado un +1.
Muchas gracias. Seguiré trabajando en las dos siguientes partes.
Espero la continuación!
Post guardado en marcadores desde YA!
Buen relato, espero que lo continúes.

Te he puesto un +1
Ya tenéis la segunda entrega del relato, para el día 28 o 29 tendréis el relato terminado y empezaré otro. Que tendrá por escenario las tierras arenosas de Lut Gholein o Caldeum. Lo que si es seguro es que nos iremos a los desiertos de Santuario.
Acabo de finalizar el relato, gracias a todos los que habéis compartido conmigo esta pequeña historia. Espero que hayáis disfrutado leyéndola tanto como yo escribiéndola.
Muy bueno tu relato... +1 y esperándo más...

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