[Relatos Cortos] La niña y el mago 1/2

Creaciones de la Comunidad
El exceso de calor, la falta de humedad y el acuciante viento hacían que aquel verano en Caldeum fuese insoportable. Lo más parecido a una tormenta que hubo en las últimas semanas fue una de arena. Esta se tragó toda una caravana de comerciantes de las tierras del oeste, más allá del mar, más allá de Lut Gholein, y parecía que se aproximaba otra. El cielo empezaba a oscurecerse poco a poco, la arena comenzaba a arañar la piel de los habitantes que cruzaban el zoco.

-Mamá, mamá cómprame esos dulces. -

-No, vámonos para casa tu padre nos está esperando y se está poniendo peor el tiempo.

-Jo, mamá últimamente no tenemos tiempo para nada.


La madre girándose bruscamente cogió a su hija de ambos brazos y la zarandeó mientras la regañaba.

-Tu padre está muy preocupado, cosas muy raras están pasando en la ciudad, y quiere que cuando haya una tormenta de arena o caiga el sol no estemos por la calle. Es muy importante que estemos a salvo. ¿No quieres poner triste a papá verdad? -

-No mamá, pero… Si, tienes razón, perdón. –


El sol empezó a ponerse sobre las grandes dunas al oeste de la ciudad y la tormenta comenzó a invadir las calles de la ciudad. Los tenderos del zoco se apresuraban a cerrar sus tiendas. La gente se resguardaba en tabernas, salones de fumar y sus hogares. No tanta suerte era la que corrían los mendigos, algunos se resguardaban con sus mantas y tablones que a veces improvisaban hogares. Otros se ocultaban en las alcantarillas bajo la ciudad donde se rumoreaba que había otra sociedad aparte formada por mendigos, rateros y gente poco deseable. Aunque claro, eso solo eran rumores.

La puerta se cerró tras madre e hija que ya habían cruzado la puerta y ya estaban a salvo de la que podría ser la peor tormenta que la ciudad estaba sufriendo ese año.

- ¡Papá! – La niña alzó la voz mientras corría hacia su padre. Cruzó la entrada de la casa y corrió hacia él. La casa era bastante modesta y humilde, como todas en Caldeum. Las casas se hacinaban hasta el punto de que a un extranjero o una persona adinerada que viniese de los barrios, nobles y adinerados, le resultaría angustioso vivir ahí. Las casas en los barrios pobres de Caldeum son sencillas, construidas en madera, piedra y barro. Construidas unas pegadas a las otras de tal modo que, para acceder a algunas, había que subirse al tejado de otras o recorrer callejones. Algunas incluso había que trepar por escaleras de mano creadas con cuerda de cáñamo y madera.

-Hija, querida, ¿Cómo estáis? ¿Estáis bien? He escuchado a la gente hablar sobre la tormenta que se avecina.-


-Si querido, estamos bien. Pero nuestra pequeña está ansiosa de dulces y no he podido comprárselos. -

-Es todo culpa de la tormenta papá ha aparecido deprisa y mamá quería que viniésemos pronto, para no preocuparte. -

- Y mamá ha hecho bien, no me perdonaría que os pasase algo malo a ninguna. Coge mi bolsa hay algo que te gustará-


- Vale papá. -
La niña corrió, hacia la bolsa de su padre, una bandolera raída del uso. Muhsin, su padre, trabajaba como emisario de misivas en Caldeum y como es normal su bolsa y sus alpargatas estaban bastante ajadas por el uso.

- ¡Gracias Papá! – Raina se acercó hacia su padre con una caja de frutos dulces deshidratados, iguales a los que le había pedido a su madre.

Todos se miraron, primero padre e hija y después ambos adultos, mientras Raina abrazaba a su padre con la caja de dulces en la mano.

Ya apenas quedaba luz, las ventanas habían sido cerradas y aseguradas con los tacos de madera. En la puerta se habían colocado sacos con arena para evitar que el viento pudiese forzar las endebles bisagras y así conseguir que la puerta no se abriese. Los últimos rayos desaparecieron tras la espesa tormenta de arena que por momentos se volvió más fuerte, más iracunda. La noche se empezaba a cerner sobre Caldeum.

- ¡Por todos los escarabajos del desierto! Esta tormenta va a sepultar la ciudad bajo la arena. - Hablo en voz alta Muhsin.
-Papá no seas malo! -

-A la cama jovencita, ya es hora de dormir. –

-Papá, pero… ¿Podría dormir con vosotros esta noche? La tormenta me da miedo.-

-No, Raina, ya eres mayor y tienes que enfrentarte a tus miedos. No hay nada de lo que tener miedo en casa. Ni fuera de ella. -

-Vale, seré valiente. - Finalizó Raina, mientras alargaba todas las vocales.


La noche invadió Caldeum, y la tormenta descargó toda su rabia sobre la ciudad. La arena se colaba por las rendijas que dejaban las maderas de las ventanas. Rompió vidrieras y el viento se llevó algunos pequeños puestos de venta de artículos de artesanía. En medio de toda la tormenta una figura envuelta en lo que parecía una chilaba muy holgada y un mantón cruzo el bazar de Caldeum, dirigió sus andares hacia una pequeña casa de piedra y madera con la puerta negra.

-Abrid aprendices míos. - A pesar del ruido del viento de la tormenta, el entrechocar de las ventanas, la susurrante voz sibilina del viajero se hizo oír de algún modo en el interior de la casa. La puerta se abrió bruscamente tan rápido que el golpe hizo que volviese a cerrarse en un abrir y cerrar de ojos ninguna luz pudo verse en el interior en ese limitado lapso de tiempo, pero el viajero ya no estaba. Se evaporó en una nube de sombras que se introdujo en la casa tan rápido como la puerta tardó en cerrarse.

Si la tormenta causó estragos por la noche, el sol del día siguiente convirtió la ciudad en el infierno. Los pájaros apenas volaban, se refugiaban en la sombra de los edificios. Los tenderos se refugiaban en sus puestos y apenas salían a la caza de transeúntes con ganas de gastarse algunas piezas de oro. No tanta suerte corría Muhsin con su alforja llena de misivas las cuales tenía que repartir puerta por puerta, tienda por tienda bajo el sol de justicia que en esos momentos no paraba de castigar a la ciudad.

Mientras tanto en la escuela de Caldeum:

-Niños, dad la bienvenida a nuestro nuevo maestro de historia. El maestro Ubayda.-

-Hola Señor Ubayda. -
Todos los niños saludaron al unísono al nuevo maestro.

-Hola niños, gracias por esta calurosa bienvenida, y no me refiero al sol, aunque bien podría ser. Voy a enseñaros historia. No solo de nuestra preciosa ciudad si no también de otros lugares de Santuario. ¿Qué os parece? - El maestro hablaba con una voz un tanto aguda y seseante, y tras una breve presentación de cada alumno comenzó la clase. Raina se quedó maravillada con los cuentos e historias de las ciudades lejanas, como Kurast, Xiansai, Harrogath aunque un nombre fue el que más le gusto y su historia fue la que más miedo le causó. Tristán. Conforme acabó la clase y antes de que todos los niños salieran, Ubayda llamó a unos cuantos entre los que se encontraba Raina. Todos ellos pensaron que el profesor iba a regañarles por no prestar atención, hablar entre ellos y todas esas chiquilladas que hacen los niños. No obstante, no fue así, Ubayda los felicitó por ser buenos y haber atendido más que al resto de sus compañeros, los invitó fuera del horario de clase a aprender más sobre los mitos y leyendas de Santuario. Mientras decía todo esto, gesticulaba con las manos y de las yemas de sus dedos, pequeñas partículas que parecían arena se transformaron en luces que maravillaron a los alumnos. Todos ellos embelesados por las palabras del profesor, aunque más por el truco de magia que acababa de hacer dijeron que sí.

Partieron al poco de la escuela y fueron en procesión por Caldeum, mientras Ubayda les guiaba por las callejuelas, hablándole de las mitos y leyendas de la ciudad, de sus misterios y de los que el desierto guardaba a los que trataban de aventurarse. Todos los alumnos hacían preguntas y todas ellas curiosas, imaginativas e incluso hablaban de monstruos que se veían en las noches claras de luna llena. Serpientes con torso humano, y cosas, más aterradoras. Al cabo de varios minutos llegaron a la casa del profesor, era una casa ajada de madera y piedra, con una puerta negra…

-Entrad alumnos míos, entrad y os enseñare más misterios. –

Los niños miraron al profesor y este sonrió, una sonrisa que les causó temor. Mucho temor. Todos los alumnos y el profesor desaparecieron en una nube negra que se disipó tan rapido como la puerta se abrió y cerro en un breve instante.
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