[RELATO] Entrenamiento (Artanis y su hijo)

Creaciones de la Comunidad
El fiero hidralisco paseaba entre las rocas, rastreando a su presa a través de su afilado olfato, y mantenía su mandíbula entreabierta, lista para cuando saltase a la acción e hiciera crujir todos los huesos del joven protoss al devorarlo. El muchacho se resguardaba tras una de las tantas rocas del lugar, sentado tensamente contra ella. De vez en cuando asomaba la cabeza para avistar a la horrible criatura zerg, pero el terreno no era precisamente pequeño y el escarpado rocoso no permitía abarcar su extensión con la mirada. Su padre, sin embargo, contemplaba todo el perímetro desde lo alto. Artanis sentía su intranquilo corazón golpear mientras observaba cómo se desarrollaban los hechos. Karax, amigo y célebre forjador de fase, presionaba botones y empujaba palancas en la mesa de control que se extendía ante ambos protoss. Por suerte, pensaba Artanis, el hidralisco estaba relativamente lejos de su hijo en ese momento y éste debía aprovechar aquello para planear una emboscada con el menor ruido posible. El muchacho continuaba quieto contra la enorme piedra, pero sus pensamientos no habían descansado ni un momento, se agolpaban en la mente del joven a gran velocidad y no le permitían pensar con claridad. Desde que, por algún motivo, su cuchilla psi se había apagado en el último de los encuentros con aquella bestia, todo había ido a peor. Su nerviosismo había aumentado en extremo, y las ideas de adaptación a la situación y de contraataque que martilleaban su mente caían por sí mismas en el sinsentido. No sabía qué hacer.

El Jerarca veía cómo a su hijo se le agotaba el tiempo. Era cuestión de momentos que el zerg tomase rumbo hacia la parte sur de la sala de pruebas de combate y lo detectase, lo que desencadenaría el ataque que Artanis temía como el último. Y sus expectativas se hicieron realidad. El joven permaneció totalmente quieto, pero eso no evitó que el hambriento hidralisco que Karax había introducido minutos antes en la sala se abalanzase con las fauces totalmente abiertas hacia el protoss nada más verlo. La mitad del cuerpo de la criatura colisionó contra la roca en la que el muchacho había estado apoyado tras los segundos que tardó Zeranis en dar un afortunado salto lateral que le libró de los emponzoñados colmillos que lo amenazaban. El joven cayó arrastrando sus rodillas por el terreno pedregoso hasta que se frenó con las incipientes garras de las manos y se alzó torpemente con un giro. Agitó su brazo derecho como solía hacer a la hora de encender su cuchilla psi para atacar, pero nada ocurrió. Repitió el gesto con más fuerza mientras el hidralisco se incorporaba rugiendo entre las rocas que había desperdigado tras el impacto, y clavó su mirada en el joven guerrero. La desesperación emanaba de los ojos azules de Zeranis de manera tan evidente que entre las rocas resonó el chillido victorioso que la bestia propagó al percatarse y cargar de nuevo. Esta vez también lo intentó, pero no fue lo suficientemente rápido y su intención de esquivar la arremetida del zerg no fue más allá. El joven protoss sintió una tremenda fuerza embestir contra él, y el dolor le obligó a cerrar los ojos. Por un momento le pareció perder el sentido, pero de pronto escuchó pedruscos caer a su alrededor y sintió una nube de polvo cernirse sobre su piel. Un mortecino e inquietante silencio por la parte del zerg llenó su corazón de angustia. No había abierto los ojos todavía, porque sabía que cuando lo hiciera, moriría. Se concedió unos instantes para pensar y verse, mentalmente, a sí mismo, hundido entre las rocas, con un sanguinario hidralisco aprisionando sus extremidades y alzándose con crueldad sobre su pecho. Las fauces del zerg apuntaban a su rostro desprotegido y goteaban un líquido repugnante, como salivando antes del festín. Sentía que la cortina de polvo se arremolinaba a su alrededor, pero sabía que nunca sería lo suficientemente densa para que su padre no le viera morir desde la ventana de la sala de control.

Morir.

Ahora escuchó la respiración de la aberración hacerse más fuerte, y notó como púas afiladas perforaban lentamente sus extremidades tratando de hacerle despertar.

Morir, delante de mi padre.

El dolor recorrió su cuerpo y sintió la sangre brotar en aquellos puntos que la criatura le perforaba sañudamente. Su cuerpecito se contrajo inevitablemente, pero el mordisco mortal no pareció alcanzarle todavía.

Morir, sin ser un guerrero.

El enorme zerg había llegado al colmo de su paciencia. Tenía por pasión desgarrar la carne de sus presas mientras clavaban en él sus miradas de puro terror y agonía, pero no estaba dispuesto a esperar más y se preparó para acabar con el joven protoss con su poderosa mandíbula. Artanis, el Jerarca de los Daelaam, se arrojó hacia el botón de seguridad, aquel que acabaría con la criatura en un instante y que, también en un instante, impugnaría a su hijo como guerrero.

Pero no alcanzó a pulsarlo.

Una fugaz sacudida psiónica hizo retroceder involuntariamente al Jerarca, y pareció expandirse por toda la dependencia como un halo de fría luz. De pronto, Artanis se percató de que todo temblaba, pero no oía nada. El pulso había sido tan potente que había quebrado instantáneamente los soportes y estructuras de la sala, y todo comenzaba a derrumbarse en un perturbador silencio. El polvo se arremolinaba furiosamente entre los escombros que caían, pero Artanis encendió una de sus cuchillas y miró seriamente a Karax, quien luchaba por mantenerse agarrado a la mesa de control, dándole una orden precisa. El forjador de fase asintió y vio como Artanis entraba en la sala de pruebas de combate tras haber conseguido introducir la contraseña de apertura como le había pedido su líder. Enseguida comenzó a inciar el protocolo de seguridad del edificio a través de la mesa, rezando por que ningún cascote cayera sobre él para que pudiera, con un campo psiónico de seguridad, frenar el derrumbe y garantizar la salida ilesa de los protoss que se encontraban dentro del lugar. El Jerarca corrió velozmente a través de la polvareda en busca de su hijo, alumbrándose con su hoja mientras esquivaba las esquirlas que caían continuamente. Avanzó varios pasos hasta que poco a poco dejó de encontrarse ensordecido y vislumbró al horrible hidralisco sepultado bajo tres pesadas rocas. Un grito ahogado se desencadenó en su mente, y se abalanzó sobre ellas. Con toda la fuerza que pudo reunir apartó los pedruscos hacia un lado y se inclinó ante el malherido zerg. Suspiró agitadamente y alzó a la criatura deseando no encontrar el cadáver de su joven hijo bajo ella. El líder de todos los protoss se sumió en la confusión. El único rastro que había allí de su hijo era la sangre, morada y seca, que impregnaba varias de las púas del hidralisco.

—Padre...

Artanis se giró velozmente hacia la voz y vio a su hijo dar débiles pasos hacia una de las rocas. Algunos cascotes continuaban desprendiéndose por el fondo de la sala, provocando ruido y levantando polvo. El magullado Zeranis se recostó sobre la superficie del pedrusco y mantuvo la mirada fija en su padre mientras no podía contener suspiros de extenuación. Artanis se deshizo de la odiosa criatura zerg lanzándola sin cuidado a un lado y se acercó presurosamente al joven protoss. Trató, con sumo cuidado, de ayudarlo a incorporarse, pero resultaba imposible. Zeranis se encontraba en el límite de sus fuerzas y únicamente podía languidecer, de modo que su padre decidió sostenerlo entre sus brazos para sacarlo de allí. Bajó la mirada hacia su hijo y detectó que ráfagas de poder psiónico en forma de pequeños rayos intermitentes recorrían el cuerpo del joven con su peculiar sonido eléctrico. Efectivamente, y de algún modo que todavía no preocupaba al Jerarca, pues la vida de su hijo era su principal interés, había sido Zeranis quien desencadenó el pulso psiónico que hizo caerse a pedazos la sala de pruebas de combate y el edificio que la guardaba. Los códigos de Karax habían logrado frenar la caída y protegieron a los protoss hasta que abandonaron el lugar. Un cúmulo de piedras, metal y estructuras derruidas humeaban donde poco antes había una funcional construcción de entrenamiento protoss.

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Este fue el primer relato que escribí sobre StarCraft. Artanis es un personaje que admiro, y desde que vi la cinemática final de LOTV, donde aparece la reconstrucción de Aiur, pensé en todas las cosas que sucederían a continuación, como la creación de nuevas familias y guerreros. Además, sé que Zeranis es el nombre más cutre posible, pero muchas veces la imaginación no da para más y la influencia de Zeratul hace el resto.

Sea como sea, espero que os guste ^_^

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