[Macroevento Horda] Compilación de Informes.

Juego de Rol
El capitán llamó a formar a toda la Espada Roja y anunció que el Señor Supremo Partemontañas requería de la presencia de todos. Sobre los lobos, nos dirigimos a su encuentro, envueltos por la incertidumbre de no saber qué órdenes, exigencias, anuncios o condenas escucharían hoy del títere de la Dama Oscura.
Llegamos prestos al punto de encuentro y formamos junto a Rompecráneos y Hoja de la Noche. Me sentí más segura al ver a mis camaradas cerca. No obstante, la guardia renegada del Señor Supremo estaba formada a nuestro alrededor, estoica e imperturbable, lo cual no nos transmitía precisamente una sensación de seguridad.
A los pocos instantes, el imponente Partemontañas salió del pabellón principal y llamó a su presencia a los líderes de cada unidad.
Turletes avanzó sin dudarlo y me temí. Era consciente de la situación en la que puse a la Espada Roja con la orden que dio, y ahora el castigo podía recaer sobre mi capitán... era algo que no me podría perdonar.

No obstante, solo Ata'Halne, Rym'clo y Kurgan permanecieron bajo la sombra del Señor Supremo, mientras el resto eran despachados, volviendo con sus camaradas respectivamente.
En ese instante, Partemontañas anunció el castigo para los tres líderes, con una voz que rompió el frágil silencio que hasta ahora había reinado en el encuentro. Quince latigazos para cada uno, como castigo ejemplar, ante toda la tropa, para quien osaba desafiar a la Reina Alma en Pena.

Me pareció, en un primer instante, que un castigo así no supondría nada. No era algo que esos tres líderes no pudieran soportar... estaba equivocada. Comenzó el griterío. Los tauren proferían insultos contra el tirano Partemontañas mientras el odio que se había acumulado comenzaba a desbordar.

Fue en ese momento que el capitán Turletes gritó: "¡Taluha os insulta, Señor Supremo!"

Sentí cómo mi corazón se olvidó de latir durante un breve instante. Sabía qué posición debía tomar si las cosas se complicaban... pero eso era demasiado.
"¡Traidor!"
"¡Cobarde!"
"¡Creía que tenías honor!"

La voz de Herkus resonó en mis oídos por encima de esos insultos...
"No sabía que ahora fuese un chivato, "capitán"... "

(¿Qué has hecho, Tur?. ?¿Era esto necesario?)
Las miradas se dirigieron hacia la Espada Roja. Y eran miradas teñidas de incredulidad, y un sentimiento de traición tan profundo que cegó las mentes de aquellos que una vez fueron sus hermanos...

...y se disparó el caos...

Quemasendas, Rompecráneos, Taluha... todos comenzaron a romper filas y se acercaban peligrosamente al Señor Supremo que, impasible, los observó acercarse a él.

El capitán dio la orden a toda la Espada Roja: "¡Espadas, cerrad filas! ¡Protejamos al Señor Supremo!"

Mientras todos mis compañeros se apresuraron a formar un cordón de protección... yo me quedé en el sitio. En el fondo pensaba que si nuestros hermanos se daban cuenta de la situación al ver a sus propios camaradas enfrentándose a ellos, se detendrían... no lo hicieron... y me di cuenta de una horrible verdad... Espada, mis compañeros, a quienes más aprecio en este mundo, están en peligro. Y no solo ellos. Rompecráneos, Quemasendas y Taluha, también lo estaban...tenía que detenerlos.

Las dudas se despejaron de mi mente y formé junto a los míos, dispuesta a protegerlos con mi vida. No protegería a Partemontañas... protegería a la Horda.

Camaradas enfrentados, hermanos encarándose unos a otros. Unos para proteger su honor, otros para protegerlos de una muerte segura... pagando un precio por ello.

Al colocarme en la fila, vi a Herkus delante de mí. (¡Herkus! Él lo entenderá. Él atenderá a razones, nos ayudará a retirar a los suyos, evitar esta locura.) O eso pensé, hasta darme cuenta de que tenía frente a él a Turletes. Ambos chocaron, y el capitán logró rechazarlo. Grité, suplicando, intentando que entraran en razón:

-¡Detened esta locura! ¡Tenemos que encontrar otra forma de hacer las cosas! ¡No conseguiremos nada enfrentándonos entre nosotros!

Pero no me escuchaban. Mi voz se vio ahogada en mitad del fuego cruzado, donde los gritos iban y venían.
Tras eso, solo pude observar con profunda tristeza, cómo Herkus abandonaba su estandarte, el cual siempre había portado con orgullo, y se marchaba.

Mi mirada recorrió las filas de la Espada Roja, hasta localizar a la joven Emmara, mi aprendiz. Una recluta que todavía estaba aprendiendo, intentando guardar la compostura ante los orcos de Quemasendas. Ante ella, el mismo Kurgan se alzaba envuelto en una mole de acero, encarando también a Turletes. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia ella y me puse delante.

-Quédate detrás de mí, Emmara - le dije. La asustadiza elfa asintió y alzó el escudo a mis espaldas.

Me planté ante los Quemasendas, sin desenfundar mis armas ni alzar mi escudo, y traté de nuevo de apelar al sentido común de Kurgan. No sé cuánto tiempo permanecimos en esa posición. Todos quietos, encarando durante horas el mismo rostro, a la espera de... algo. Mis palabras se vieron rechazadas una vez tras otra. Kurgan y los suyos no atendían a razones.

-Creía que tenías honor, Leonie - me espetó Kurgan en cierto momento, en mitad del caos.

No encontré respuesta adecuada para algo así, pero en ese momento no me importó. Solo tenía una idea en mente: Tenía que salvarlos. Y si eso conllevaba enfrentarme a ellos, lo haría. Lo haría sin dudarlo.

Aquel día no se derramó sangre, pero todos nos retiramos con una grave herida, que producía un dolor punzante y profundo.

Solo he servido a la Horda unos pocos años, pero el cálido sentimiento de hermandad que me ha envuelto desde entonces me recuerda al calor de la chimenea en mi antiguo hogar... es algo que no quiero volver a perder. Por ello, estaré dispuesta a sacrificarlo todo. Porque algunas cosas, tienen demasiado valor como para que puedas pagarlo... solo.
Extracto del diario de campaña de Kurgan, jefe el Clan Quemasendas y general de la Legión de Ceniza. Parte 1.

Me hallaba afilando el hacha rúnica en mis aposentos de la torre. La calma era evidente, pues ese día no había una misión asignada al grupo, por lo que todos aprovechábamos el tiempo como mejor podíamos. Unos cuidaban de su armamento, otros fabricaban nuevas armaduras o armas con los restos de Altarion el Aniquilador y otros en cambio se distraían jugando a los típicos juegos de campaña que todo soldado conoce. Todo cambió cuando oímos la llamada del Señor Supremo, se nos convocaba a todos a Garganta de Sangre.

Me dispuse las pesadas hombreras sobre mi, ajusté los cierres inferiores, me cubrí con el yelmo cerrado y descendí por los escalones metálicos de la torre. Mis botas chocaban contra su superficie, causando que cada paso fuera audible desde el exterior. Mientras bajaba me colgué el Muro Negro a mis espaldas, asegurándome de que no interfería con el estandarte de la Horda y sus correajes.

Tras llegar a la planta baja, vi a dos mok'gashal guardando la entrada, los demás ya estaban montados en sus respectivos lobos y a la espera de órdenes. Me di la vuelta, asintiendo a los guardias y ambos se dirigieron también a sus monturas. A buen paso nos dirigimos a la entrada de la fortaleza y allí formamos en dos columnas de marcha, preparados para partir. Minutos antes había partido Espada Roja, así que no había tiempo que perder.

¿Qué era lo que quería Partemontañas de nosotros ahora? Me pregunté. Ordené avanzar y salimos raudos hacia el poblado faucedraco que reposa, amenazante, a orillas del Verrall, río que parte en dos las Tierras Altas Crepusculares. Los lobos estaban contentos, cualquier salida al exterior les hacía agitarse y emocionarse más de lo que alguno podía soportar a sus lomos, pero son buenos lobos, nos llevaron de forma rápida y segura hasta Garganta de Sangre.

Una vez allí, aminoramos el paso y pasamos por detrás de las amplias formaciones de Orden de la Espada Roja, Taluha, Sangre Umbría así como otros más. Parecía que se había reunido el ejército entero. Bajamos de nuestros lobos, dejándolos a su aire para que juguetearan con el entorno y entre ellos. Nosotros nos dirigimos en bloque con los demás, formando disciplinadamente a los pies de la gran choza central del poblado, una en la cual se percibía la lejana figura de Partemontañas, así como de su séquito particular.

Cuando los míos estuvieron formados, me avancé dos pasos, quedando por delante de la fila de orcos, a la vista tanto de los otros líderes como del mismo Señor Supremo. Miré hacia la altura de la choza central, aguardando, paciente lo que tuviera que ser dicho.

Fue entonces que la oscura y desgastada voz de Partemontañas se alzó por encima de cualquier cuchicheo o conversación sin importancia, aplastando sin piedad cualquier atisbo de distracción hacia su persona. El orco no-muerto convocó a los líderes. Pensé que quería hablar de los futuros pasos a seguir en la guerra, de algún movimiento estratégico que destruyera de una vez las defensas Martillo Salvaje y de la Alianza en esas tierras. Pero... no.

Lo que hizo no fue eso. Lo que ordenó fue que todos los líderes menos Rym'clo, jefe del Clan Rmpecráneos, Ata'halne, sihásapa de Taluha y yo mismo, Kurgan, se marcharan, que volvieran a sus posiciones. Arqueé una ceja, mirando al orco y al tauren que tenía a mi lado. ¿De verdad el Señor Supremo iba a...?

- ¡Quince latigazos a cada líder que mostró indicios de rebeldía, así podréis recapacitar sobre vuestros actos!

La rabia se apoderó de mi, apenas controlada por mis músculos. La presencia socarrona de Dhaedra a un lateral de Partemontañas no hacía si no aumentar mi descontrol, mi furia.

- Ata'halne, serás el primero.- Dijo el orco no-muerto.

No pude más. Me adelanté dos pasos, interponiéndome entre Partemontañas y el tauren. Le di la espalda al comandante y miré al tauren que, con resignación, aceptaba su castigo.

- ¡Esto es una farsa! ¡Estamos aquí porque se nos ordenó específicamente matar a civiles!- Entonces me acerqué un paso a Ata'halne.- No dejes que te hagan eso, sihásapa, viejo amigo.

Un murmullo se empezó a oír a lo lejos, en la parte baja del poblado. El sector tauren de Taluha parecía estar en pie de guerra, todos pronunciaban, gritándolo, un solo término.

"Porah'pikial"

Tras unos pocos segundos oí al capitán Turletes gritar por encima de la multitud:

- ¡Taluha insulta al Señor Supremo!

Me giré, furibundo como estaba para atisbar la cabeza de aquel maldito elfo bocazas. ¿Acaso era ese el momento de revelar algo así? ¿En medio de lo que estaba ocurriendo? Desconozco los rituales más ancestrales de los tauren, no sé si eso era un insulto o no, pero Ata'halne se pronunció anunciando lo contrario. En cambio, Partemontañas fue claro:

- Por cada vez que tú o los tuyos digáis esta palabra, recibirás quince azotes más.

Fue entonces que comprobé la fortaleza del pueblo tauren, quizá tan solo lo hice yo. Pero a medida que Ata'halne se quitaba las hombreras, pronunciaba esa palabra, "Porah'pikial" como un mantra, mirando fijamente al orco-no muerto. Ese era su desafío, ese era su ritual. Saqué aire por la nariz, exasperado.

Fue entonces como pude comprobar que todo había resultado en un tumulto difícil de controlar. Mi ofuscación en Ata'halne y Partemontañas me había privado de percibir toda la gente que se había acercado hacia nosotros pero aun peor. Al girarme, encontré a los miembros de la Espada Roja rodeando el perímetro del Señor Supremo, separándonos tanto a Rym'clo, Ata'halne y a mi del resto de nuestros compañeros. ¿Qué clase de acto de traición presencié ese día? Tan solo los ancestros lo saben.

- ¡Quemasendas, ordenaré a Espada avanzar, os pido que retrocedáis a medida que lo hagamos nosotros!

Turletes había hablado. ¿Quién se creía que era con esa actitud? ¿Acaso era él el Señor Supremo? No. Me olvidé de Ata'halne, de Partemontañas y de todo cuanto acontecía en esa cima del poblado. A base golpes, manotazos y empujones me abrí paso entre el semicírculo de la Espada Roja y regresé junto a los míos al grito de:

- ¡Por encima de mi cadáver!
Extracto del diario de campaña de Kurgan, jefe el Clan Quemasendas y general de la Legión de Ceniza. Parte 2.

Me dispuse en la fila Quemasendas, hombro blindado con hombro blindado, protegiéndonos todos como verdaderos hermanos que somos. Pude ver como los de Espada Roja, muchos, habían desenfundado armas. ¿Qué se proponían? ¿Tan bajo habían caído que ahora estaban dispuestos a traicionar a los suyos para sobrevivir un día más bajo la sombra de la muerte? Bufé, escupí al suelo que había entre ambos grupos y me coloqué el yelmo una vez más, encarando a Turletes. Desenfundé el Muro Negro y el hacha rúnica, sin alzarlos, tan solo para tenerlos en las manos. Repasé uno a uno las caras de los que tenía delante, caras que antes había visto a mi lado. ¿A esto nos habíamos visto obligados? Crucé muchas palabras sin contenido con Turletes, me rebajé a su nivel, cosa que no debería haber hecho. Supongo que la indignación de la situación y la impotencia podían conmigo.

Permanecimos larguísimos instantes así, frente a frente, las armas en la mano, lanzándonos amenazas o palabras vanas. Durante un buen rato callé, centré mi mirada en Leonie. ¿Qué hacía ella ahí? Yo la vi desenfundar, también ordenó desenfundar cuando Partemontañas nos ordenó masacrar a civiles. ¡La vi hacerlo ante la misma guardia renegada que en esos momentos nos rodeaba! Sin duda, habían hecho alguna clase de pacto con Partemontañas. Por eso estaban ahí, rodeándole. Volví a escupir con desprecio a los pies de la Espada Roja.

- Leonie, creía que tenías honor.

Pronunciar dichas palabras me dolió mucho, demasiado. Tengo mis diferencias con muchos de Espada Roja, pero nunca hubiera creído que la sin'dorei fuera a faltar a sus principios. Había combatido con ella en muchas campañas y ahora, cuando más unión se necesitaba, se había puesto de parte de la tiranía, aceptando con gusto cualquier misión, por cruel y desalmada que fuera. Así fuera, los Quemasendas seguiríamos fieles al espíritu de la Horda, la de verdad. No nos venderíamos.

Una avalancha de sentimientos cruzaba mi mente en esos momentos. ¿Irme? Eso no tan solo sería traición, si no cobardía. ¡Ni pensarlo! Lucharía por MI Horda, por mucho que los de mi alrededor cedieran a cumplir órdenes malvadas. ¿Cargar contra Espada Roja? Tampoco era una opción si lo que quería era respetar la integridad del ejército. No. Una decisión tenía que ser tomada.

- ¡Dejad paso a Kurgan, quiero hablar con él!- De nuevo, la oscura y potente voz de Partemontañas se alzó.
- Abrid paso, Espada Roja, o lo abriré yo mismo.

Mis palabras sonaban metálicas a causa del yelmo, mis ojos ambarinos fulminaban a todo miembro de esa orden, a todo aquel que osara alzar su mirada ante mi. Avancé entre sus filas, quedándome de pie ante Partemontañas, le saludé debidamente por el rango y aguardé sus palabras.

- Kurgan, líder del Clan Quemasendas y de la Legión de Ceniza. Tu primer acto de rebeldía sucedió en Orgrimmar, al negarte a arrodillarte ante mi, ante la jefa de guerra Sylvanas y ante la Horda. El segundo acto vino al dejar con vida a uno de los mercaderes enanos que se te encomendó silenciar y el tercero, no hace mucho, cuando os ordené matar a civiles que suponían una amenaza para la integridad del ejército de los Martillo Salvaje, pues ellos permiten que sigan campando por estas tierras. Por ello serás azotado quince veces.

El Señor Supremo se pronunciaba con frialdad, mirándome con sus ojos muertos, sin vida, sin aparente enfado, tan solo parecía ser... metódico.

- Dime, Kurgan. ¿Qué valoras más? ¿La integridad física de los tuyos o tu propio honor? Puedo darte a elegir entre recibir tú mismo los azotes o que otros lo hagan por ti.

El silencio. Comprobé como ahora todo el mundo callaba, todos los allí presentes parecían contener por sus insultos y sus amenazas durante un momento, contemplando a los dos orcos. De repente, de espaldas a mi, más allá del muro hecho por la Espada Roja se oyeron voces Quemasendas.

- ¡Yo lo haré! ¡Y yo! ¡Yo también! ¡Yo, elígeme a mi, jefe!

Uno a uno, absolutamente todos los orcos Quemasendas se ofrecieron para recibir los latigazos. Incluso se unieron a ellos varios presentes que no formaban parte del clan, pues el acto de tiranía presente había hecho ver la verdad a muchos. Me pronuncié bien claramente.

- Elijo el honor. Pero mi honor personal va ligado a la supervivencia y a la buena condición de mi gente, de mi clan. ¡Mi propio honor es el suyo! ¡Y el suyo, el mío!

Volvió el clamor entre la gente, las tensiones, los insultos y el tumulto generalizado por parte de todos. Partemontañas parecía dispuesto a hablar conmigo, a llegar a alguna clase de acuerdo. Yo también lo estaba. Pero entonces los hechos sucedieron muy deprisa, todo se descontroló. De repente, desde el fondo de la gran choza a nuestras espaldas, unas llamas de fuego enormes brotaron de la estructura, extendiéndose hacia la entrada.

- ¡Chamanes, apagad el fuego! ¡Invocad al agua!

Ordené con premura que los chamanes contactaran con el agua. Mientras lo hacían, tantos otros traían agua para apagar las llamas. Debido al caos, el tumulto se diluyó, todos retrocedieron ante las grandes llamaradas. Todo se vio interrumpido, negándome la oportunidad de hablar con el Señor Supremo.

Oí claramente como algunos me acusaban directamente de haber provocado el incendio como distracción. Creo que aun no me conocen, aun no conocen el carácter de un Quemasendas. Yo no me rebajaría nunca a tal acto, yo afronto lo que tenga que venir de cara, pero al parecer, ese día me lo negó alguien.

Los grupos se dispersaron, cada uno volviendo a sus bases mientras las llamas eran apagadas. Me dirigí a hablar con Partemontañas y le pedí permiso para llevar a cabo una investigación. Podía no estar de acuerdo con lo que allí se "juzgaba", pero una cosa era eso y otra atentar contra una reunión de la Horda. Tras el visto bueno del comandante asentí y partí con los míos hacia Puerto Faucedraco, encontraríamos al culpable.

No hubo más palabras tras todo aquello. Los orcos galoparon en silencio a través de los oscuros paisajes de las Tierras Altas Crepusculares, de vuelta al Puerto Faucedraco. Yo por mi parte, crucé de nuevo el umbral de la torre, custodiada nuevamente por los mok'gashal y me dispuse a meditar largamente sobre todo lo que había ocurrido, así como también del futuro y de las decisiones a tomar. No sería fácil.

Permanecemos en la Horda para que el fuego del honor siga vivo. Lo cuidamos, cual marchita llama a punto de extinguirse, le damos madera, poco a poco para que no se apague. Permanecemos en la Horda porque tiene que haber alguien con honor que aun luche en ella, para que no se convierta en la Horda de los muertos.
Porah'pikial.

Dijo, una vez. Luego otra. Y otra más. Aún le escocían los latigazos, y la derrota. No eran hachas de guerra Kolkar, ni las flechas con punta venenosa de los elfos, pero dolían aún así.

Estaba más molesto por el hecho de tener que servir a una... Aberración inmunda, un ser de la noche, un completo desastre - carne que caminaba sobre huesos antaño rotos - una ofensa al equilibrio, y mil despectivos más le cruzaban la cabeza para describir a aquel conocido entre los tribales como "Calvo !@#$%^". O, cariñosamente, se le había otorgado el nombre de "Aquel-que-carece-de-pelo", "Calvamuerta", "Fisuramontículos", y algunos más que hacían gracia.

No pararía.

Miró a los guardias que vigilaban la tienda en la que estaba y los mandó a hacer una ruta, que nadie le molestase por lo que restaba de día.

Empezó esa misma noche a escribir una carta, en Taurahe:

A CIMA DEL TRUENO, en el octavo día del undécimo mes, desde las Tierras Altas Crepusculares.

Bueno. Empezaba formal. Perfecto. Dió una calada a su pipa.

Cuando uno habla de la Horda, de su honor, no piensa en misiones en las que se manda a matar civiles - no piensa en no-muertos campando a sus anchas, practicando la nigromancia a la luz del día. Cuando, hace años, nos unimos a las filas de la Horda de Thrall, lo hicimos bajo el pretexto de respetar nuestras culturas y unirnos bajo un único estandarte honorable.

Ahora, no he vivido tres guerras, he vivido menos que muchos que me han precedido en este puesto de guía de tal concilio - pero, si se me permite el comentario, he de pensar, que la horda nueva nunca pensó en quemar capitales con civiles aún dentro, o practicar las artes que ya trajeron a este mundo al borde de la extinción una vez. Dudo que estas conductas sean vistas en buena luz por varios de nuestros aliados - trols, orcos, y quizás los elfos. Aunque debo dudar de estos últimos que aquí menciono, pues si mientras no busco reavivar esas tensiones raciales que antaño teníamos, no parecen haber cambiado su conducta inherentemente traicionera - de preferir la seguridad y la comodidad al honor puro.

Se rascó la barba, pensativo. Necesitaría más pergamino.

Aún así, la mayoría de lo que hemos estado haciendo ha resultado un éxito. Comunico al pueblo de Cima del Trueno, que en su mayoría, los enanos Martillo Salvaje, han pagado por sus afrentas a nuestra gente.

Pero no todo ha sido bueno. Volveré al tema de la situación actual de la Horda, para que los demás jefes que no estén presentes hoy, vean el hundimiento de la Horda a niveles que creíamos imposibles incluso en tiempos de aquel otro tirano que se ganó el apodo de Porah'pikial.

Mi antecesor, Paso de Roble, ya indicó en sus últimas palabras que la caída de un árbol del mundo por lo que parece ser un capricho de nuestra jefa de guerra, representa la muerte de nuestra Horda - pero ruego diferir de aquella opinión, sin quitarle validez, para indicar que, efectivamente - la Horda ha muerto. Pero no murió ese fatídico día. La Horda murió en el momento que An'she sabe qué fuerzas le dieron a Vol'jin (en paz descanse) la fantástica idea de hacer Jefa de Guerra a Sylvanas Brisaveloz.

¿Debía medir sus palabras? No. No ahora.

Si con la muerte de civiles en Theramore empezamos una revolución, creo que este momento es necesario para replantearnos en quien yacen nuestras lealtades, con el deber hacia el equilibrio y la Madre Tierra o con los renegados y su cruzada de pura corrupción.

Y punto final. Escondió el documento, entregándoselo a uno de sus mensajeros de mayor confianza escondido entre los demás informes, para no crear sospecha, que tomaría el barco a Orgrimmar para hacer llegar el anterior informe.

El mensajero tardaría semanas en volver a Kalimdor, y más tiempo aún en entregar el mensaje a la Cima del Trueno - pero llegó, aún sellado, y fue presentado al concilio de las tribus menores.

De vuelta en el campamento, el Sihásapa daría una última calada a su pipa, saliendo de la tienda para encontrar a más guardias renegados. Le saludaron con una sonrisa burlesca, y él la respondió, de mal gusto.

Muertos.

Odiaba a los muertos.
Zacknafein se encontraba en una pequeña habitación dentro del bastión del puerto Faucedraco, observando detenidamente varios documentos, los cuales contenían historiales de las diferentes facciones que se habían congregado en la Ofensiva de Tierras altas.

Faltaban pocas horas para el ocaso, y sabía de antemano que la noche iba a ser de todo, menos tranquila. El señor Supremo Partemontañas los había convocado en el campamento exterior, y por lo que había podido escuchar entre sus guardias, se iba a aplicar algún tipo de medida disciplinaria sobre aquellos que ponían en duda la honorabilidad, y los métodos del líder de la ofensiva.

El Elfo de Sangre, sentía una sensación de déjà vu, pues la disidencia y los murmullos inquietos, acerca de los métodos de la Jefa de Guerra y sus lugartenientes, eran objeto de debate en todos los rincones de la Horda. Que por temor o lealtad a la Dama Oscura, no pasaban de susurros de frutración y duda.

¿Hacia que camino iba la Horda? ¿De verdad el pueblo que formaba la Horda tenía que renunciar a sus principios e ideales, para ganar la guerra a cualquier precio? El asesino estaba acostumbrado a realizar operaciones de dudosa moralidad, y comprendía el valor estratégico de las decisiones impuestas por la corte de los Renegados...Y aún así, comprendía en parte, la pérdida de identidad que conllevaba este nuevo enfoque, esta nueva manera de ver la guerra.

Sin embargo, la posición del Elfo de Sangre era demasiado delicada, como para permitirse el lujo de alzar sus propios pensamientos en voz alta. Tras la finalización de la campaña contra la legión, la gente a la que servía, se habían sumido en un silencio sepulcral, perdiendo todas las vias de contacto, con aquellos que no necesitaban llevar una corona.

Sin el soporte que estos le ofrecían, Zack y su equipo se encontraban solos y vulnerables, y con la amenaza constante de los Asesinos de la Alianza deseando poner las manos sobre ellos, la Horda era el único escudo real que disponía. Para mantener a los suyos con vida, y buscar una forma de retomar el favor de los Descoronados.

La posición que debía tomar era bastante clara, tanto por los suyos, como por el transcurso que estaba tomando la guerra, recrudeciendose a cada día que pasaba. La Ofensiva no podía flaquear, la Horda no podía flaquear. Se tenía que mantener el órden, y todos aquellos que no fueran capaces de acarrear en su conciencia, la sangre de inocentes, tenía que ser apartada a un lado.

Desplegó sobre la mesa, un informe de los líderes que podrían ser mas problemáticos a la hora de aceptar los deseos del Señor Supremo, y estaba claro que Kurgan estaba el primero en la lista. Trazó líneas sobre un mapa dibujado del campamento, y estudió como se podría amedrentar a sus tropas, evitando el derramamiento de sangre....Tras unos minutos, terminó rompiendo el mapa en pedazos.

A quien pretendo engañar, los Orcos son demasiado impredecibles como para anticipar como van a reaccionar o moverse, habrá que improvisar sobre la marcha. Maldita sea, hay demasiado en juego, como para demostrar semejante estado de debilidad de la Ofensiva. Estas noticias se propagarán como la pólvora, y solo espero que podamos reaccionar, antes de que el enemigo se reorganice. Todos han demostrado valor y coraje, a la hora de combatir, pero la moral y la cohesión son aspectos igual de importantes. La prioridad tiene que ser, mitigar cualquier intento de insubordinación.....Sin amigos ni enemigos, sin piedad o cualquier tipo de sentimientos, la disidencia tiene que terminar....La Horda, debe prevalecer.
Extracto del diario personal de Lirena Flormarchita, Hermana Mísera del Gremio de las Sombras. Apartado: "Reflexiones varias"

Vigésimo-quinta entrada: Honor.

¿Qué es el honor?
No se trata de una palabra que me sea desconocida, habiéndola oído tantas veces ya tanto en esta vida como en la anterior. Se la oía decir a los ancianos que relataban sus batallas del pasado, a los muchachos soñadores que ansiaban lanzarse al mundo con una espada en la mano y un sueño en el corazón, a los guerreros que lucían orgullosos las muescas de sus armaduras como si de medallas se trataran. Se la oigo decir, gritar, blandir cual estandarte a los orcos, a los tauren, a los elfos y a los trols, como si el honor fuera el único ideal que ambas facciones comparten.
Pero...¿qué es?
Mucho he aprendido en estos años tras mi muerte, contándome entre los "privilegiados" que han llegado a conocer los dos mundos que parecen formar este, el de la Alianza y el de la Horda, y todavía no hallo respuesta alguna a esta pregunta. ¿Qué es el honor? ¿Es un ideal? ¿Es un concepto? ¿Es una palabra? ¿Una excusa? Algo real debe de ser, para que tantos guerreros estén dispuestos a morir por algo como así.
Algo que me confunde y me hace valorar que tal vez el concepto del honor sea algo que nunca entenderé es la primera verdad que parece ser clara al respecto cuando una pasa tiempo en el campo de batalla: el valor del honor no se mide por la fuerza del brazo, sino por la fuerza de la convicción. He visto a batallones de desalmados guerreros marchar raudos a la batalla, masacrando cuantos enemigos se les ponían por delante entre aullidos de lujuria sangrienta, bañándose en la sangre de sus enemigos con regocijo y pidiendo aún más. He visto a esos mismos guerreros y guerreras, vestidos con sus armaduras y portando sus relucientes instrumentos de muerte, recriminar que su talento sea puesto en contra de objetivos como mujeres, ancianos y niños. ¿Por qué es más honorable matar a unos, pero no a otros? ¿Es porque los guerreros al menos se pueden defender? ¿Tiene que ver el honor con la emoción de la pelea, la agresividad que tanto caracteriza a los orcos? En tal caso, el honor sería simplemente el gozo que se siente al vencer a un rival poderoso, a una presa desafiante. ¿Y si una mujer inocente, que nunca hubiera sostenido una espada, se enfrentara a un orco armada con un cuchillo? ¿Habría honor entonces? ¿Y si fuera un veterano cuya juventud quedaba ya olvidada? ¿Y un niño con armadura? ¿Como de joven se tiene que ser para que la muerte de uno no sea honorable?
Otra cosa que me hace cuestionar mi entendimiento del honor es que, dependiendo del grado de destrucción que alcance uno, ciertas acciones son más honorables que otras. Tomemos la quema de Teldrassil, por ejemplo. Ningún miembro de la Horda dijo nada cuando nuestras fuerzas avanzaron por Vallefresno, destruyendo asentamientos y matando a cuantos elfos encontrábamos. Nadie dijo nada cuando los bosques ardieron, cuando las casas cayeron, cuando los defensores fueron barridos como hojas en el viento. Sin embargo, la Reina Alma en Pena ordenó quemar Teldrassil, y aparentemente ahí muchos dibujaron la linea entre lo que era honorable y lo que no. ¿Por qué matar civiles con la espada, en persona, era honorable, pero hacerlo quemando su ciudad con ellos dentro no lo era? ¿Una muerte es más honorable si la infliges con tu propia mano? Entonces, ¿los magos, los arqueros, los artilleros...no son honorables? ¿Y un comandante que ordena a sus soldados que arrasen con el enemigo? ¿Tampoco tiene honor?
Finalmente, lo que me hace pensar que jamás entenderé el concepto del honor como lo hacen los demás fue la experiencia que viví la otra noche, cuando presencié como diversos grupos de la Horda parecían a punto de sublevarse contra el Señor Supremo Partemontañas cuando este ordenó flagelar a tres de sus líderes para dar ejemplo. Habían cuestionado sus órdenes, las órdenes de un superior, alguien que hablaba en nombre de la Jefa de Guerra misma. ¿Acaso lo honorable no era aceptar su castigo para proteger a sus hombres? ¿Por qué fue correcto que discutieran su decisión? Muchos de ellos, leales a la Horda según sus propias palabras, trataron de convencer a Partemontañas de que no siguiera con la sentencia, arguyendo que se jugaba una rebelión en toda regla. ¿Dónde quedaba entonces su honor? ¿Habrían abandonado realmente la campaña si Partemonañas hubiera flagelado a los líderes que se "salvaron"? ¿Es honorable seguir las ordenes de un superior, siempre y cuando te gusten? No lo veo lógico. Muchos ejercitos se desmoronarían en cuanto la presión pudiera a sus soldados, muchos deseosos seguramente de estar en cualquier otro sitio que no fuera el frente. ¿Por qué el honor podía hacer que aquellos que lo defendían llegaran a extremos como aquel?
A modo de reflexión y conclusión, termino con la cosa que más me impactó y sorprendió de los eventos de la noche pasada: morir por honor.
Varios de aquellos soldados, procedentes de lugares tan dispares como Cima del Trueno o Orgrimmar, estaban dispuestos a dar su vida por honor. Puedo entender el morir por defender un lugar, a alguien, o incluso el estar dispuesto a jugarte la vida por dinero...¿pero por honor? ¿Tan intangible, tan voluble, tan confuso... y aun así valía lo que una vida?
Claramente, estos hombres y mujeres saben algo que desconozco. Tal vez el concepto del honor sea algo más, algo que todavía se me escapa.
Seguiré reflexionando al respecto.
Esa noche la orco no consiguió conciliar el sueño.

El encuentro nocturno entre organizaciones y clanes se había clausurado de un modo sobrecogedor. Tantos semblantes diferentes irrumpiendo en sus pensamientos le hacían disputar pensamientos y juicios que transitaban muy lejos de todo aquello en lo que creía.

El Puerto Faucedraco reposaba a altas horas de la noche imperturbable. Todos sopesaban lo acaecido dejando consigo una fría sombra de mutismo en el que días atrás había sido un lugar cálido, efusivo, amigo.

Caminó hacia una de las chozas dispuestas para el clan con la esperanza de poder cruzar un par de palabras con Kurgan acerca de lo sucedido. Todos habían permanecido en sumo silencio desde entonces. Sin embargo y a pesar del crepitar de la madera que irrumpía en la calma de la noche, Kurgan no estaba.

Habían sido muchas y largas las noches en las que lo había avistado inmerso entre decenas de informes, sin otorgarse a sí mismo un descanso propicio. Parecía que esa noche iba a ser una de ellas. Aún así aventuró sus pasos a la mesa improvisada en la que permanecían la pluma y el papel. Desgastada con el paso del tiempo y el uso reiterado.

Zashe se derrumbó sobre la silla y exhaló un suspiro. Ni siquiera ella sabía qué pensar, qué decir, qué sentir. Todo había pasado muy deprisa y la aglomeración de sensaciones y sentimientos era considerable. Palpó y definitivamente se aventuró a tomar la pluma.

Un impulso de añoranza y melancolía le empujaron a comenzar a escribir.

“Akoa y Nok’gar de los Lobo Gélido. Madre y Padre, espero que estéis bien…”


Se detuvo.

Extrañaba Alterac. Sus nieves, su fuego, su pueblo, sus costumbres.

Quería haberles escrito que extrañaba su tierra, lejos de la guerra. Quería haberles dicho que jamás debió de traerse a la joven Shokko consigo, quién ahora estaba obligada a ver y vivir actos que harían mella en su memoria por siempre.

Quería haberles agradecido el por qué de unas enseñanzas donde la vida y el honor se valoraban por encima de todo, enseñanzas que ahora todos parecían olvidar.

Quería haberles dicho que la Horda no era lo que fue cuando luchó en su más tierna juventud, cuando aún ni siquiera habían pasado escasos meses desde que completó su Om’riggor, en eras de la Tercera Guerra.

Volvió a suspirar.

Su edad rondaba los treinta años de vida y se sentía aún novata ante todo lo que le esperaba aún por vivir. Palpó su vientre, permaneciendo petrificada y perdiendo la vista en la lumbre durante unos minutos que parecieron toda una vida.

Una parte de sí rondaba la idea de la venganza, la impotencia, la traición. Hubo peleado en tiempos pretéritos con muchos soldados de otras razas que ahora les daban la espalda, que ahora cometían atrocidades con tal de seguir órdenes. A cualquier precio.

Qué incivilizados…”- Pensó. No pudiendo dejar de esbozar una sonrisa ante la ironía de su propio pensamiento.

Quizás la vida hubiera sido más fácil para ella si lo hubiera afrontado con otro pensamiento. Veía a los Grito de Guerra, a los Foso Sangrante, a los Mano Destrozada… veía a Kurgan. Todos ellos parecían inquebrantables ante todo.

Se miraba a sí misma, a pesar de que sus ojos estaban sobre un papel prácticamente impoluto. Era una Lobo Gélido, había crecido y sido criada en unas tradiciones que distaban mucho del resto de orcos que caminaban a su vera.

Tomó el papel y lo expuso al fuego, desechándolo.

Quiso pensar que no era la única que en esa maldita noche se estaba cuestionando todo lo que era, todo lo que había sido, y todo lo que podría llegar a ser con esta guerra.
Para el Señor Supremo Kazgorth Partemontañas.
Informe de la misión: El Crepúsculo del Culto

Vengadores de la Horda fue citado por un ''aliado'' ogro en su campamento. Nos escoltó hasta la Gran Sala, que por alguna extraña razón estaba sin guardias.
El Doctor Alexxander y yo nos acabamos enterando de que el ogro nos quería conducir a una trampa, no muy lejos, en un campamento en ruinas. Una lástima que se cayera un poco de veneno en la cara del ogro. Fuimos al lugar de la trampa y nuestro plan era montar una trampa a la trampa, fácil. Alexxander con su ciratura no-muerta montaron una trampa en la entrada y yo les hice salir. Al cabo de dos minutos cinco cultores crepusculares morían quemados.

Entramos al interior de la estructura, encontramos al explorador Rompecráneos ya muerto. Un ritual de sangre se había celebrado en aquel lugar, no pudimos hacer nada más.


Objetivo de la misión: Fracasado, no pudimos rescatar al explorador ni encontrar al autor de semejante ritual.
Musica ambiental de la escena: https://www.youtube.com/watch?v=Ks6gvDH_5aY


La guerra... Ha cambiado...

Las tropas de La Horda aguadan tras las barricadas y trincheras en la costa de Tierras Altas, mientras la fortaleza es bombardeada por un incesante y atronador fuego de artilleria, pero la posicion se mantenia estoica entre las explosiones.

No se trata de razas, grupos... O ideologias...

Algunos de los soldados vitorean al ver como una de las torres de la fortaleza era perforada y empezaba a inclinarse...

Es un sin fin de batallas, donde mercenarios, soldados y maquinas luchan sin cuartel

La guerra

El fin de la vida... Es ahora una maquina puesta a punto y bien engrasada


El señor supremo alzo su arma y profirio una orden, los soldados salieron gritando de sus trincheras y se dirigieron a las lanchas de desembarco que les pasarian por la masa de agua que separaba la fortaleza de la orilla...

Las balas no dejaban de silvar...

No todas las barcas llegaron a la otra orilla... El mar se tiñe de rojo... El agua se llena de cuerpos de ambos bandos por igual...


La guerra... ha cambiado... Soldados de todas las razas, portando las mejores armas que se podian construir y llenos de orgullo... Con las nuevas armas escogidas por su funesta lider...

La habilidad ganada con la experiencia no estaba presente en su sangre... Sus ansias de sangre cegaron a muchos...


Las catapultas de añublo lanzaron varias salvas sobre la fortaleza, que se lleno del hedor de la muerte en pocos segundos... Los soldados se colocaron sus mascaras y algunos miraban a sus compañeros...

Controlando la informacion... Controlando las emociones... Controlando el campo de batalla... Todo bajo control...

La guerra... Ha cambiado...

La era de la unidad, de la paz... De la disuasion... Es ahora la era del control

Cuando llega el control...

La guerra... Se transforma en rutina


Los soldados de La Horda marcharon sobre la fortaleza sin miramientos, atacando a todo aquel que les saliese al paso... No habia rendicion... No habia retirada... El portal de huida de la alianza fue destruido... Los barcos del puerto tambien... En pocas horas... No quedaba nadie vivo en aquel monton de ruinas infecto... El añublo empezo el trabajo... las armas lo acabaron...

Para algunos llegaba la paz... Pero es posible que no durase mucho...
[Relato] Un Ocaso Sangriento.

Música recomendada: https://www.youtube.com/watch?v=OK0L1MhMlYY&


El atardecer se consumía en el horizonte. Los últimos rayos del moribundo sol alargaban las sombras de los mortecinos árboles que separaban a los Quemasendas de las posiciones fortificadas de avanzadilla. Avanzaban en formación dispersa, asegurándose de tener varios metros entre orco y orco, lo hacían para evitar morir varios de golpe debido a la metralla de mortero.

Aquí y allá avanzaban otras compañías del ejército. A la derecha los tauren, más allá elfos de sangre. Todos alzaban sus botas para no tropezar con las raíces expuestas, calcinadas del entorno. A lo lejos, un fuego de tambor constante caía sobre los muros de Piedragrifo, el último reducto enano del territorio, el lugar donde se decidiría el destino de la campaña entera.

Kurgan avanzaba a la cabeza de los suyos, emplacado, mirando a izquierda y a derecha, desconfiado, mientras avanzaba. A través de su visera logró ver el entramado de trincheras que construyeron jornadas atrás y tras ellas, los grandes cañones de asedio del Gran Ejército de la Horda. Alzó su hacha al cielo y apunto a las trincheras. Los Quemasendas formaron una línea a los flancos del jefe y al bajar el hacha, todos empezaron a correr hasta la seguridad de las trincheras delanteras. Todos los orcos llegaron resoplando por la carrera, acurrucándose junto a tauren, elfos de sangre, renegados o cualquier raza que se encontrara también parapetada en esos agujeros.

Descargas de fusilería descendían cual relámpagos contra el parapeto superior de la trinchera, provocando que más de un curioso tuviera que agachar la cabeza de golpe. Aquí y allá caía un obús, abriendo algún que otro surco en el terreno circundante. Cuando la infantería de la Horda estuvo a cubierto, la artillería pesada abrió fuego con esfuerzos redoblados, el Señor Supremo así lo quería. Al acto, el número de proyectiles disparados por minuto se duplicó o triplicó, poniendo en peligro la misma integridad estructural de los cañones, calentándolos sobremanera. Aunque eso supuso un riesgo, sirvió para ir martilleando el muro central de Piedragrifo. Muro que tras muchas andanadas, cedió, abriendo una brecha de considerable amplitud a los pies del agua del canal.

Partemontañas ordenó el avance general. Todas las compañías salieron gritando de sus trincheras, cargando hacia la playa, en busca de botes anfibios de asalto blindados. Poco a poco, cada grupo fue sorteando cañonazos, flechas o balas hasta tomar tierra en el último reducto de la Alianza. Los primeros en pisar Piedragrifo fueron los Quemasendas, cuyos orcos formaron un perímetro de defensa alrededor de la brecha para asegurarla. Tras unos instantes otros grupos llegaron y se acoplaron al cordón defensivo, permitiendo la llegada de absolutamente todas las fuerzas.

Una vez sobre el terreno, el temible Señor Supremo ordenó tareas específicas a cada grupo. A los Quemasendas y a los Vengadores de la Horda, les tocó encaramarse a una de las torres del flanco izquierdo, fortificación que poseía una batería entera de cañones que continuaban martilleando a los refuerzos que cruzaban el canal y ahora, empezaban a dispararles a ellos.

Kurgan chocó el hacha contra el escudo y partió raudo hacia tal torre. Una barricada se interponía entre ellos y el interior, pero fue rápidamente abatida por la carga bestial de Tharn. Zashe, Shokko y otros tiradores cubrieron el avance por el patio, aniquilando a varios fusileros de arriba. Una vez dentro oímos el tintineo de algo metálico que había sido lanzado desde arriba. Granadas. Levantamos escudos y formamos una formación defensiva en tiempo récord, nadie fue alcanzado por la metralla. No queriendo dar tiempo a los defensores, Quemasendas y Vengadores cargaron escaleras arriba, tan solo para comprobar que los artilleros se habían dado a la fuga, saltando al agua, ante ellos tan solo había el comandante de la batería, un enano emplacado con un gran martillo. Entre todos consiguieron someterlo y lo remató una no-muerta que nos acompañó en tal ataque mediante su magia.

Al finalizar el primer asalto, se reunieron con el resto del ejército en el patio interior, solo había una última cosa por hacer, acabar con los reductos de la Alianza e impedir que escaparan. Se informó al ejército de que la Alianza estaba abriendo un portal en la torre más lejana, su último reducto. Partemontañas ordenó al clan encabezar el asalto y abrir paso para que los demás consiguieran cerrar tal portal. Así lo hicieron, los Quemasendas cargaron contra el navío estacionado en medio de Piedragrifo, separando en dos a la tripulación de marines de la Alianza, permitiendo que Sangre Umbría y los Rompecráneos pasaran a través de un pasillo formado con la infantería Quemasendas.

Dieron buena cuenta de la tripulación de forma rápida y eficiente. El portal fue cerrado y tras ello, los orcos fueron enviados por el Señor Supremo a dar soporte a Taluha, que en esos momentos enfrentaba al comandante enano y a su guardia de honor.

Los Quemasendas se sumaron a la refriega. Los tauren nos indicaron que nos encargáramos del comandante, que ellos lidiarían con su guardia personal. Así se hizo, los orcos se abrieron paso entre la formación enana y enfrentaron al comandante con determinación y fuerza. Le hirieron en muchísimas ocasiones, prácticamente todas de gravedad, pero el muy tozudo no caía de ninguna manera. Al final fue el mismo Partemontañas el que se sumó al ataque, partiendo al malherido comandante enano prácticamente en dos, debido a su fuerza aumentada.

- Victoria- Pronunció Kurgan, con voz queda, observando el cadáver del enano.
- ¡Hoy la victoria pertenece a la Horda! ¡Vayámonos de aquí, antes de que aparezcan refuerzos de la Alianza! ¡Reunión en Garganta de Sangre, partimos ahora!

Tras la clara orden del Señor Supremo, todos los grupos se dirigieron a sus respectivas embarcaciones y volvieron al suelo continental. Tras la devastación, las trincheras fueron abandonadas y la artillería de campaña retirada del lugar, tirada por enormes kodos. Los Quemasendas montaron en sus lobos y partieron raudos hacia el poblado Faucedraco que reposa a orillas del río Verrall.
[Relato] La Justicia del Tirano.

Música recomendada: https://www.youtube.com/watch?v=eQ3vHmU5oHs&


La noche caía cuando todos los grupos que conformaban el Gran Ejército de la Horda acudieron a Garganta de Sangre. Todos parecían exhaustos, muy cansados tras la conquista de Piedragrifo. Una vez más, formamos, una vez más, los líderes permanecieron frente a los suyos, aguardando un Señor Supremo y su séquito que, de nuevo, permanecían en las alturas de la gran choza central, mirándoles como solo los no-muertos pueden hacerlo. A su alrededor se encontraban unos cuarenta guardias renegados, proporcionando seguridad al grupo de Partemontañas. Kurgan bufó, sin inmutarse por la escena que tenía ante él.

- ¡Rym'clo, jefe de los Rompecráneos y Kurgan, jefe de los Quemasendas, conmigo!

El Señor Supremo había hablado. Kurgan se giró hacia los suyos, contemplando sus rostros una vez más, en especial el de Zashe a la cual tomó de la hombrera.

- Honor.

Ella contenía sus sentimientos, mostrándose fuerte en todo momento, como Kurgan esperaba que hiciera. Él podía notar su lucha, su debate interior a la par que su preocupación. Se limitó a apretujar su hombrera, haciéndole entender que estaba ahí. No debía dar muestras de afecto en un momento como ese, debía mostrarse recio él mismo.

- Honor.

Contestó ella, asintiendo mientras parpadeaba, apretujando a su vez el brazo de Kurgan. El jefe pidió a calma y determinación a los suyos, lo que haría ese día sería por la Horda, no por otra cosa. Así fue como se giró de nuevo y se adelantó hacia el Señor Supremo junto a Rym'clo.

Ambos orcos quedaron a la par ante Partemontañas, mirándole desde un poco más abajo, provocando que tuvieran que alzar los rostros. Todo estaba estudiado. El orco no-muerto indicó que era su voluntad terminar lo que no pudo haber sido finalizado lunas atrás, los castigos. Pero esta vez, decretó, serían peores.

Kurgan se debatía internamente de nuevo, aunque durante esos días había meditado mucho, ya había tomado una decisión, no la cambiaría ahora. Al contrario de la otra vez, se mantuvo callado y tan solo miró a un Rym'clo que estaba postrado, con el torso desnudo a punto de recibir 25 azotes.

- Aguanta Rym'clo. No les des la satisfacción de ver tu dolor. Contente.

El jefe Quemasendas hablaba en tono bajo, solo para el otro cabecilla orco. Se quedó cerca de él, asegurándose de que eran 25 azotes, ni uno más, los que un pálido elfo no-muerto estaba aplicando al orco enmascarado. Rym'clo no defraudó y, fiel a su tradición de Riecráneos, se rió de lo lindo a carcajada limpia durante y tras los azotes.

Era el turno del Quemasendas y en su caso, 40 latigazos. Kurgan se desprendió de su armadura superior, de su estandarte, de su tabardo, capa y armas, los dejó apilados a un lugar. Posó sus ambarinos ojos sobre Dhaedra, la cual poseía el látigo, sería ella la que se encargaría de "ajusticiarlo", pues bien, no le daría esa satisfacción. El jefe alegó que en su antiguo clan, el Filo Ardiente, así como en los Quemasendas, siempre ha sido tradición que aquel que dicta sentencia, también la aplica. Partemontañas aceptó, ya fuera por no retrasar más lo inevitable o por el atisbo del orco que una vez fue, quien sabe. Dhaedra entregó el látigo al Señor Supremo y este se colocó en posición. Antes de que empezara, Kurgan gritó:

- ¡Acepto este castigo que me imponéis, pero no por incumplir una orden deshonrosa! ¡Lo hago para que quede claro mi compromiso y lealtad para con la Horda! ¡Llevo toda mi vida luchando por ella, no será ahora que mi lealtad se verá cuestionada por cualquiera! ¡Vamos, empezad, no tengo toda la noche!

El jefe no se arrodilló, permaneció de pie, encarando al público, la musculatura tensa, la mandíbula apretada. Los latigazos de Partemontañas eran constantes, brutales y carentes de compasión. Uno a uno se fueron cumpliendo los 40. En ninguno de ellos el jefe orco mostró signo alguno de dolor o humillación. Permaneció cual estatua de mármol, firme, sin dejar translucir nada en su rostro o cuerpo. Ellos podían castigarle, bien, él no les daría ninguna satisfacción, aguantaría como siempre ha aguantado.

Al finalizar, Kurgan se retiró con los suyos. Shokko y Nargulg le trataron de inmediato los surcos abiertos por los latigazos. El dolor se fue rápido, pero las marcas... algunas no se irían nunca.

- ¿Podemos volver a casa?- La dulce voz de la jovencísima Shokko hablaba a espaldas de Kurgan, mientras le atendía. Su voz era casi triste.

- Volvemos a casa.

Afirmó Kurgan. En su mirada no había abatimiento, ni mucho menos sometimiento, sus ojos se entrecerraron, forzando levemente el ceño. No, en sus ojos había algo distinto, algo que cambiaría el curso de los acontecimientos, pero que de momento tendría que esperar:

En sus ojos había venganza.
Carta al Alto Mando renegado:

Los refuerzos que guié al lugar del conflicto llegaron a tiempo para que Partemontañas pudiera aplicar el castigo a los rebeldes sin temor a un alzamiento violento que escapase a su control.

Los objetivos de la Reina han sido cumplidos y sus enemigos derrotados, pero es mi deber advertir del peligro que suponen esos rebeldes para la Horda que incluso antes de ser azotados, se atrevieron a dar sus discursos sobre lealtad y honor, tratando de prender de nuevo la llama de la desobediencia. Si por mi fuera, ambos orcos, Rym'clo y Kurgan, caminarían ahora con las piernas rotas, cojeando y sin lengua, pero me temo que el emisario de nuestra Reina es más benevolente de lo que los rebeldes quieren hacernos creer.
El tauren Ata'halne no pestañeó a la hora de aceptar el castigo. Este, sin duda, es el más peligroso de los rebeldes, sabe contenerse mejor que los demás mientras su determinación no flaquea, destila odio hacia nuestra Reina. Azotarle no fue satisfactorio para mi, castigos tan primitivos como esos, solo tienen efecto con los débiles de espíritu. No hubo muestra de arrepentimiento en él y la Sombra sabe que respeto a los líderes con templanza.

Ganarse el respeto de los vivos, cuando siempre hemos sido juzgados por ellos, requiere de un esfuerzo que algunos ya no estamos dispuestos a hacer, exigir obediencia es la única manera de que la Horda acepte a su Jefa de Guerra, aquel que no sea capaz de dirigir con mano de hierro, pondrá en peligro nuestros objetivos. Si el brazo ejecutor de la Reina no es firme, será percibido como una muestra de debilidad.

Por mi parte, vuelvo a Tierras Fantasmas a ocuparme de mis asuntos, hasta nueva orden. Gloria a la Reina y a los renegados.

Lady Dhaedra del Sol Rojo.
[Carta sellada, enviado al Colmillo Ardiente, en Alterac, tiempo después de la Campaña.]

Theia-shoush ahmen.

Traducido al orco, viene a significar, "Así será." Una frase común en Taurahe. Se usa frecuentemente. Como un grito de guerra. Como un asentir. Como un despido. Simbólicamente - la voluntad de la Madre Tierra, imparable. Todo lo que ocurre, ha ocurrido por algún motivo.

Y todo lo que ocurrirá tendrá su causa, y sus consecuencias, serán aceptadas.

Ha sido un difícil viaje, para lograr una victoria vacía. Hemos perdido hermanos y compañeros. Hemos perdido sangre, y hemos dado todo por nada. Cenizas.

Hemos regresado a Mulgore, con lo cual, cuando esto llegue a vuestro poblado, estaremos ya lejos. Me despido personalmente de vosotros, Quemasendas, pues no olvido vuestras acciones en esta campaña.

Vuestro honor, unidad, y decisión, han sido un ejemplo para los nuestros - y de parte mía y de los jefes, los caídos también, os lo agradecemos.

Pero, y es muy a mi pesar, que escribo estas líneas. Dadas las circunstancias, se ha tomado la decisión de no volver a apoyar a la Horda fuera de los territorios que pertenecen a nuestras tribus y nuestra gente, así que esto quizás, es un adiós a largo plazo, por no decir definitivo - si no llegan a cruzarse nuestros caminos.

El águila que porta este mensaje puede viajar largas distancias, con lo cual, si deseáis contactar con nosotros - tenéis un medio rápido. Su nombre es Wanshe, y no requiere de demasiados cuidados. Saldrá a cazar si lo necesita.

Aceptadla, a ella, y sus crías, como un regalo de parte nuestra.

Honor, siempre, y An'she guíe vuestros pasos.

Sihásapa.
[Carta sellada, enviada a Cima del Trueno, en Mulgore, tiempo después de la campaña.]

Hermanos, todo el clan desea que el Concilio de Tribus y sus respectivos miembros estén bien. Os escribo estas líneas desde nuestro poblado en las nieves. La campaña en Tierras Altas Crepusculares fue dura, demasiado, estamos de acuerdo en ello. La victoria final tuvo un regusto agridulce pues sí, habíamos ganado una vez más, pero... algo se rompió en mi corazón, en el mío y el de mi gente. ¿Es este el liderazgo que nos espera a partir de ahora? ¿Será el látigo el castigo por oponerse a matar inocentes? Es ahora, en la caverna de los espíritus que reflexiono, medito y pienso sobre ello.

Sabéis bien que nuestro pueblo siempre ha luchado por lo que considera suyo, por sobrevivir en este mundo. Prueba de ello fue nuestro primer contacto años atrás, cuando acudimos a vuestras costas. Pero no somos los mismos, ni siquiera lo éramos en ese desembarco. Los valores antaño inculcados se ven constantemente asediados.

Vuestra serenidad, vuestra calma y sabiduría tan solo hicieron bien a mis muchachos. En el corazón del conflicto, de la batalla, las dudas y el sufrimiento, conseguísteis otorgarnos un remanso de tranquilidad con el simple gesto de compartir una de vuestras pipas. Es esa hospitalidad y es esa camaradería la que queremos para el futuro, por eso lucharemos para que se vea restablecida de nuevo.

Comprendo vuestra decisión de no tomar parte en más campañas al exterior y aun os diré más, la comparto. No tengo intención de convocar a la Legión de Ceniza por el momento, no hasta que haya un signo de que las cosas vayan a cambiar. Es por ello que permaneceremos en Alterac, en el Colmillo Ardiente hasta que yo lo considere oportuno.

Tengo mucho sobre lo que meditar, Sihásapa. Es tiempo de tomar decisiones, tan solo pido a los ancestros que me den claridad de propósito en esta hora aciaga, pues la misma Horda corre peligro de verse imbuida en la oscuridad perpetua por aquellos que tan solo desean que este mundo arda bajo sus pies.

La Horda es algo más que guerras sin fin. La Horda es más que carnicerías sin sentido de civiles, de padres, madres, de hijos. Combatimos en este mundo porque debemos hacerlo, no porque queramos traer la destrucción y la esclavitud al mismo.

Me despido de vosotros con pesar, yo y todos los míos. Mi esposa Zashe y la pequeña Shokko especialmente os tienen en gran estima, se acuerdan mucho de vosotros y os mandan recuerdos, así me lo transmiten ahora mismo mientras escribo. Los viejos chamanes alzan sus máscaras lobunas para que os transmita que comparten el dolor que sentís por la pérdida, no tan solo de efectivos, si no de valores.

Confiemos en que sea un "hasta pronto" y no una despedida final, Ata'halne. Siempre tendréis nuestro poblado abierto para vosotros, pues aquí tenéis más que aliados, más que amigos, aquí tenéis hermanos y hermanas.

Prometo que cuidaremos de Wanshe y de sus crías, Sihásapa, tienes mi palabra. Tendrán un hogar digno en nuestro poblado. Gratitud por este presente que te aseguro que no será olvidado, así como no será olvidada vuestra amistad hacia nosotros y nuestro pueblo.

Honor, siempre, y que los ancestros os bendigan a ti y a los tuyos.

Kurgan.
[Carta sellada para El Consejo del Caos]

La campaña en Tierras Altas Crepusculares ha finalizado. El poder aplastante de la Horda ha acabado con los defenseros de la Alianza, que poco pudieron hacer contra su incesable asedio. Sin embargo, me gustaría aclarar algunos pensamientos sobre el camino que está tomando la Horda y el futuro que le puede deparar.

Señor Supremo Partemontañas, un interesante individuo. Su campaña, y por ende la de la Dama Oscura, estuvo apunto de hacerse añicos por su própia culpa. ¿No es interesante? Como los mortales, aún estando muertos, pueden poseer esa capacidad de autodestrucción y pueden permitirse el lujo de tener confrontaciones entre ellos, poniendo en peligro todo el trabajo hecho.
Sin duda es una ventaja para nuestra Cruzada. En su arrogancia y muestras de superioridad destruyen todo lo que tocan y no dudaré en utilizar la artimaña de su orgullo contra ellos mismos si se da el caso, pero hay algo que aún me fascina más y no llego a comprender del todo, el Honor. El honor ha incentivado varias rebeliones en la campaña y a estado apunto de alzarse con la victoria, me pregunto si podré llegar a sentir algún día ese deber con mi própia causa, o si podré utilizarlo también en su contra, espero que si.

Es obvio que el malestar ha estado presente en la guerra. Los mortales no ven bien los métodos que usa Sylvanas, pero tampoco hacen gran cosa para remediarlo. Partemontañas no ha sido más que un títere sin cabeza todo este tiempo, obedeciendo a su reina y creyendo que hacía lo correcto por su Horda. Esto, como he dicho, no ha despertado más que odio y disgusto, lo que me hace preguntarme cual es el futuro de la horda y lo que es más importante ¿Me podré beneficiar? Lo más probable es que sí. La división está más cerca de lo que algunos creen y no dudaré en formar parte del lado vencedor e intoxicarlo, confundirlo e intentar que tengan una idea del Honor y la Horda equivocada. Intentar destruirla definitivamente supondría un fracaso absoluto, pues he luchado con ellos y he sangrado con ellos, un asedio no serviría de nada.


Espero que esta carta llegue a su destino lo antes posible. La Mano de Sargeras guía nuestro camino.

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