Caída y ascenso. Muerte y renacimiento [relato].

Juego de Rol
Banda sonora
https://www.youtube.com/watch?v=eduwBgDcMwY


Cerró los ojos mientras se preparaban para el viaje. Podía recordar con nitidez la voz del Anciano, la oscuridad empapada que anegaba su salón del trono, el centenar de polillas que iban y venían tan solo atadas a su Señor por el miedo que su sombra inspiraba.

Por aquel entonces ella aún no era la Dama Umbría y Oghma Infinium ni siquiera un proyecto. Sus primeros pasos habían sido como verdugo junto al Anciano, la promesa de un potencial virgen, el capricho de una escayola dúctil todavía. Él se había creído capaz de domarla, pero domesticar a Shiannas era como domesticar a la tormenta o al mar embravecido.

—El poder no corrompe —decía siempre el Anciano —. El poder magnifica la corrupción que uno lleva en su corazón de antemano. El camino que hemos escogido, Shiannas, conduce a la soledad y el aislamiento; tal es el precio del poder.


Despegó los párpados y afiló una mirada impaciente.

—Preparad el portal —su voz era grave, profunda como los abismos de la consciencia —. Una vez lleguemos a Orgrimmar tendremos que buscar donde asentarnos.

Decenas de ojos la rehuían. Hubo una época en la que Shiannas era la madre de todos ellos, mentira que incluso ella misma se había llegado a creer; pero ahora, ahora la admiración y el respeto se confundían con el miedo. No era muy distinta al Anciano.

—He visto tu futuro —había confesado el Anciano —. Tu destino está nublado, pero advierto una caída y un póstumo ascenso. Si permaneces a mi lado sé que juntos lograremos grandes cosas. Nuestras intrigas pondrán de rodillas a los poderosos, nuestras mentiras enfrentarán a los sabios, nuestras argucias envenenarán a los justos. Tiempo es todo cuanto necesitamos.

Pero ella repudiaba al Anciano. Él era el hombre que había sembrado la oscuridad en su seno, pero se había descuidado; no había hecho nada por enderezar la vegetación de su finca. El jardín que debió ser se había transformado en una selva en la que su agricultor ya no era bienvenido.

Si aquel era en verdad su destino, Shiannas no pretendía compartir el poder. Ni con él ni con ningún otro.

—¿Volveremos aquí cuando todo acabe? —de entre todos, Teslyn era la que más unida estaba a la Dama. Aún era capaz de sostener la oscuridad de sus ojos.

—Sí —dijo Shiannas, y el eco que arrastró hizo que los árboles se estremecieran —. Volveremos cuando todo acabe.

Teslyn asintió con diligencia y le devolvió una mirada distante, una mirada que le recordó a otra que se le había grabado a fuego.

—Mátala —había ordenado el Anciano.

Shiannas deslizó un dedo y en su mano apareció un filo de sombras. Habían encadenado a una mujer, una orco bruja, en el centro de la estancia. Había intentado matar al Anciano y su imprudencia le costaría la vida.

Avanzó hasta quedar junto a ella. La orco le devolvió una mirada distante a su verdugo.

—Os estáis condenando al servicio del Anciano —gruñó la bruja. Aún jadeaba por la paliza —. Estáis a la deriva en un agua que ha puesto a hervir a fuego lento. Cuando queráis daros cuenta ya será demasiado tarde.

La risa del Anciano empequeñeció a la orco, pero no fue él quien desnudó los colores de su rostro y pintó al verde de blanco mortecino. La orco había visto algo en la mirada de su verdugo. Había visto la muerte, el desamparo y el calvario que le deparaba a todo lo vivo. Aquella mujer que le rebanaría el cuello era una descastada, tan solo leal a sí misma.

—¿Quién eres? —preguntó en voz baja, incapaz de despegar los ojos de aquel océano de destrucción.

Shiannas se inclinó y apoyó el filo en el cuello desnudo. Las sombras chisporroteaban.

—Soy la que triunfará donde tú has fallado —susurró la elfa. La hoja perforó la carne como mantequilla y la orco se desplomó a un lado, ahogándose en su propia sangre. Entonces, volviéndose hacia el Anciano, dijo —. Está hecho, “mi señor”.

Tan necio era el Anciano, tan arrogante, que no había sido capaz de predecir un futuro en el que Shiannas ya no lo necesitase. Él le había dado todo para convertirla en su reina; ella lo había aceptado todo para convertirlo en su peón.

El portal se dibujó frente a ella poco a poco. La imagen temblorosa de Durotar apareció enmarcada por un borde centelleante. Era más que una ciudad lo que le esperaba al otro lado. Era más que una reunión donde tratar de imponerse. Que los hombres pequeños se contentaran con la discusión superflua, ella se había hartado de seguirles la corriente y mimar sus frágiles egos. No… ella buscaba algo más en esta ocasión.

—Y una vez gobernemos, querida mía, reharemos este mundo a nuestra imagen y semejanza.

Pretencioso. Ella era ambiciosa pero no estaba ciega. De ningún modo llegaría nunca a gobernar el mundo, ni tan siquiera la Horda. Pero…

—Cruzad el portal y recordad: somos Sangre Umbría. No estamos aquí para ser condescendientes con nadie. Respondemos ante la Jefa de Guerra, pero no olvidéis que vuestra lealtad reside exclusivamente en mí.

…pero podía forjar su propio pequeño imperio. Podía enhebrar una telaraña en la que enredar a todos con sus intrigas. Podía vengarse de aquellos a quienes odiaba, y aquellos a quienes odiaba eran más de los que se podían contar.

Turletes y la Espada Roja. La afrenta en Tierras Altas Crepusculares solo podía retribuirse con la muerte de todos ellos.

Vo’dral y Trol Kalar. Se habían reído de Shiannas aquella primera vez en la asamblea de Cima del Trueno. Un insulto que pagarían con sangre.

Zorro y Hoja de la Noche. Su crimen se parecía al de la orco; habían cometido la insensatez de infravalorarla, habían creído que podían infiltrarse y tenerla vigilada. Se equivocaban y lo pagarían con sus vidas.

Garador y los Siete Círculos. Shiannas los había rescatado y había tratado de unírselos; no solo no habían cedido si no que la habían desafiado en su propia casa. Por su ofensa los enviaría a las Tierras Sombrías a reflexionar por los siglos de los siglos.

Drak’gol. No lo odiaba, pero el caballero de la muerte se daría cuenta tarde o temprano de que Shiannas solo se era fiel a sí misma, y entonces se convertiría en su enemigo. Le recordaba al Anciano en cierto sentido: tan seguro, tan confiado de su complicidad con Shiannas, que apenas se había percatado de que había sido hecho peón.

—¿Por qué estamos exactamente en Orgrimmar, mi Dama?

De nuevo Teslyn. Hacía un calor apabullante en la ciudad.

—Hemos caído y es el momento de que ascendamos —respondió, sus ojos soltando ascuas —. Hemos muerto y es el momento de que renazcamos. El Clan Quemasendas nos ha convocado a todos; escuchemos lo que tienen que decir y finjamos que aún somos leales a los preceptos de su Horda.

—Hay una Asamblea —comprendió Teslyn. Sonó como una pregunta, pero Shiannas sabía interpretar muy bien el tono de aquella, a la que hubo de querer como a su hija.

—Hay una oportunidad —concedió la Dama Umbría —. De reclamar lo que es nuestro.

—¿Y qué es nuestro?

—¡El mundo es nuestro!


—El resarcimiento.
Heis se había encaramado a una peña partida para admirar a la Dama cuando habló. Él ahora también estaba partido, quebrantado por la magia antigua de los aquelarres prohibidos que profanan el cuerpo, retuercen el alma y la mente resquebrajan.

Pero su historia ahora no importaba. Él era un peón más. Jamás había existido una Madre, ni una Familia, ni hermanos ni hermanas a los que llamar. Esa era la Verdad.

Ahora escaseaba el apego donde antes rebosaba; la Muerte se lo había llevado como un huracán que arranca árboles hasta las raíces.

Pero eso ya no importaba más. Allí donde la Dama se alzaba el pequeño peón la admiraba. Ya no podía amarla como antes, pero pronto había entendido que gracias a ella seguía vivo.

¿Agradecimiento? No en realidad. Maneras vetustas en las que semblantes aún más vetustos acostumbraban a expresarse. La Dama nunca volvería a inspirarle agradecimiento. Tan solo ecos perdidos en la cavidad sesgada de su subconsciente que susurraban "gracias". La Dama nunca volvería a inspirarle amor. Tan solo ecos de otra verdad, ahora extinta, pero que permanecían susurrantes, resonando en las oscuridades informes. La presencia soberbia de la Dama jamás volvería a inspirarle nada. La presencia soberana de la Dama sólo le recordaría lo que en vida él fue. Y ahora el pequeño peón no podía aferrarse a nada más que a ese recuerdo.

Sin embargo allí, en aquella ciénaga estéril, sobre aquellas aguas pestilentes se erguía otra Verdad: fecunda, e inmaculada en su certeza. Las palabras de la Dama sí inspiraban cosas. En algunos ojos fervorosos podía distinguirse el cirio de la adoración. En otros más distantes el miedo a las represalias y al castigo.

Que te admiren y que te teman estos tus dos pilares, Dama Umbría. Que tiemblen y desesperen al besar estos tus nombres. Que vean sobre ellos más que una promesa; y otra Verdad más. Que tengan fe en tu futuro Imperio, Shiannas.
El regreso del Gran Infernal

Música
https://www.youtube.com/watch?time_continue=14&v=RM6UU5tmn50


Jugueteó con la idea, la tiró, la recuperó, volvió a jugar con ella. Siguió jugando con ella. La desechó, trató de volcar su atención en otra cosa pero no fue capaz. Volvió a recogerla, jugó con ella, la tanteó, la exploró, la desnudó y por último, la hizo suya.

—Khyra.

La no-muerta apenas se movió de su posición. En la oscuridad espesa habría sido indistinguible de las estatuas y ornamentos de Dazar’alor.

Un brillo en sus ojos le hizo saber a Shiannas que la estaba escuchando.

—Tengo una misión para ti.

El viento susurró meciendo el cabello azabache de la Dama Umbría. Su rostro níveo afiló una mirada que se perdió en el vacío entre las estrellas.

—Hay algo que necesito que encuentres —continuó Shiannas —. No será sencillo.

—Lo que ordenéis.

La mirada descendió de las estrellas para posarse en el rostro de Khyra. Una determinación más profunda que las profundidades del océano dormía en aquellas cuencas y Khyra, si acaso era posible, se sintió empequeñecer frente a aquellos ojos.

—Un anillo —la palabra sonó extraña en sus labios, como si ella misma se hubiera sorprendido —. Un anillo que alberga los últimos estertores del que fuera el más visceral de mis enemigos. Viaja a Tol Barad. El resto de nuestra Orden se asentará en Nazmir mientras tanto. Cuando sea tuyo vuelve a Orgrimmar, allí nos reencontraremos.

—¿Está alguien en posesión del anillo?

Shiannas no lo dudó ni por un segundo.

—Friederich. Era el segundo al mando. Tras la derrota de su amo habrá intentado mendigar una mínima parte de su poder —iba a callarse, pero se interrumpió —. Procura no tocar el anillo, mucho menos ceñirlo por tentadora que resulte la idea.

Khyra inclinó la cabeza y se deslizó por los barrios escalonados que descendían al puerto. Era una noche despejada y las lunas brillaban soberbias, arrancando reflejos plateados al oro de la gran pirámide; pero no a Shiannas. Podía deslumbrar el sol en lo alto que la oscuridad en sus ojos jamás menguaría ni se vería intimidada.

:-:-:-:

Ahora en Azshara caía una lluvia tenue pero ininterrumpida. Incluso Teslyn se había ido a dormir. Incluso Khyra, que no necesitaba descansar, había preferido cerrar los ojos un rato.

El anillo. Shiannas jugueteó con la idea, la acarició, la sopesó, casi la descartó pero entonces se decidió. Deslizó una mano hasta la faltriquera y tomó el anillo. Extendió el índice, un dedo que parecía esculpido para señalar y dar órdenes, y se lo ciñó.

—Dama Umbría… ¿Por qué haces… esto?

La voz sonó débil, vetusta y cansada. Pero aún en la derrota Draegar era pendenciero.

—¿Quieres saber la verdad? La verdad es que todo lo que has hecho por detenerme, romperme, destruir mi existencia, tan solo me ha hecho más fuerte.

Lo voz no se atrevió a llevarle la contraria. El Gran Infernal había pasado años conspirando y arañando poder de la Legión, pero la mujer con la que ahora hablaba… Shiannas ya no era una pieza en el tablero, ni siquiera la mano que movía las fichas. Shiannas ya no era una actriz más del mundo, ya no era la mujer movida por su ambición y su codicia.

—Te escucho… —dijo sin más.

La mujer ante ella era una fuerza de la naturaleza. Existía como existía la tormenta o el mar encabritado, y nada se podía hacer por comprenderlo o domeñarlo. Tan solo sobrevivirlo.

<¿En qué se ha convertido?>

—Te ofrezco una oportunidad —dijo Shiannas. Su voz sonó en la mente de Draegar e hizo ecos en los abismos de su consciencia. El resto del mundo enmudeció y se encogió turbado —. La oportunidad de serme útil y abandonar tu encierro.

—Soy tu némesis. ¿Cómo es que confías en que no te traicionaré?

Se arrepintió de formular aquella pregunta porque en el fondo conocía la respuesta. Era como preguntarle a la muerte cómo estaba tan segura de que al final todo acabaría en sus garras.

—Soy el momento final dado forma, la terminación de toda existencia. Soy el testimonio de la impenetrable oscuridad que se oculta tras el velo de la muerte, el recordatorio de la entrópica decadencia que le depara a cuanto concibes. Nuestros conflictos triviales no significan nada ahora. Puedo chasquear un dedo y arrancar tu alma del anillo, o puedo quebrar el anillo y dejar que tu espíritu languidezca por otros mil años.

Él ya no era una amenaza para ella. Ni su poder ni su inteligencia rivalizaban. Draegar podía elegir nadar a favor o contra corriente, pero no podía detener la dirección de las aguas.

Tragarse el orgullo o la muerte verdadera. Tenía clara su elección.

—Te serviré.

La voz se resquebrajó. Incluso la lluvia dejó de caer, espantada.

—Al final, todos lo haréis.
Macabra paradoja

Música
https://www.youtube.com/watch?v=T_mJUwgwhgQ


—Teslyn.

—Mi Dama.

Los cadáveres alfombraban el suelo entre ambas. La mayor parte de los orcos ya habían muerto o perdido la consciencia. La noche seguía nublada, sin estrellas que escrutar o seguir por el firmamento.

—Id al Norte. Encontrad su poblado y quemadlo. Acabad con los civiles que halléis.

La Inquisidora asintió y les hizo un gesto a los demás para que la siguieran. La soledad acudió a llenar el vacío que sus esbirros habían dejado. La voz de Draegar sonó en sus pensamientos.

<Eres maquiavélica>

Se inclinó sobre el suelo encharcado de sangre. Hundió la mano en la tierra y trazó unos símbolos que había grabado a fuego en su memoria. Había pasado meses estudiando aquella magia, profundizando en el saber profano, en la comprensión de la muerte. Había tenido que hincar la rodilla ante la Espada de Ébano para ello, había tenido que viajar lejos para recuperar grimorios que el tiempo casi había olvidado. Pero había merecido la pena.

<¿Qué es eso?>

—Una runa taam —contestó con naturalidad, irguiéndose para admirar su obra. Desvió la mirada hacia el druida, hacia Valdir, y caminó hasta él —. ¿Qué te parece el elfo?

Cogió el cuerpo y lo colocó en el centro de la runa. Murmuró una palabra y las líneas se encendieron. Murmuró otra y el mundo se estremeció. Las energías nigrománticas que flotaban en el aire, engendradas del calvario y tormento de los orcos, se derramaron en los símbolos del suelo.

El anillo vibró en su dedo. Y entonces, y solo entonces, Draegar comprendió.

<No quiero regresar como un elfo>

Pero ella ya no lo escuchaba, y aunque lo hubiese hecho nada habría cambiado.

—Irónico —observó la expresión abatida del elfo y sonrió. Con una mano alzó la guadaña hojarruna; con la otra, aquella que ceñía el anillo, señaló al cadáver —. ¿Dónde está tu diosa ahora? ¿Dónde está Elune para evitar que mancille tu cuerpo y lo parasite otro espíritu?

No obtuvo respuesta, tan solo una ligerísima satisfacción.

El filo de la guadaña se iluminó y sintió cómo la energía nigromántica atravesaba su cuerpo como si fuera un cable. Entonces, algo salió despedido del anillo contra el cuerpo tendido en la runa. Los trazos parpadearon, cobraron intensidad y se apagaron de nuevo.

Y todo volvió a estar a oscuras y en silencio.

—Álzate, Draegar.

Su voz fue como una orden. El elfo parpadeó y despegó los labios. Tenía la boca seca y un punto de malicia había anidado en sus ojos. Por lo demás, nada lo distinguía de un kaldorei que siguiese con vida.

Las articulaciones le temblaron, pero consiguió incorporarse. Era más alto que Shiannas, y aún así tan pequeño frente a ella…

—Arrodíllate —le ordenó.

Y no tuvo otra opción. De alguna forma sentía que una fracción de su alma seguía en aquel anillo, que ella era la dueña de su sino ahora. Quiso gritar, como los orcos habían gritado, pero de una forma mucho más profunda y sincera, visceral.

<Un peón>. En eso se había convertido. Había albergado una mínima esperanza de aprovecharse de la Dama Umbría y traicionarla en el último momento. Al parecer, aquello ya no era una opción.

Sintió cómo Shiannas le pasaba una mano por la cabeza. La Dama Umbría se conocía vencedora. Se estaba regodeando, disfrutando del momento. Draegar tuvo que apretar los dientes.

—Júrame lealtad.

Pero no contestó de inmediato. Se sentía apabullado, como si otros cien fragmentos de alma que no eran suyos hubiesen encontrado un refugio en su mismo cuerpo. Tanteó la idea de enfrentarla ahora que su Familia se había ido, pero desechó pronto aquella posibilidad.

No. Shiannas era imbatible ahora. Aún en el apogeo de su poder habría caído ante la mujer en la que se había transformado.

—Juro lealtad eterna —murmuró, azorado, deseando con todas sus fuerzas que la Dama no advirtiese la hipocresía en su corazón —. Tal y como ya dije, “te serviré”.

—Sé que lo harás —dijo ella —. Del mismo modo que sé que no hay nada que puedas obrar en mi contra.

Le habría gustado decirle que se equivocaba. Hasta se habría conformado con saber para sus adentros que Shiannas no estaba en lo cierto. Lo peor; ella tenía razón. Lo había atado corto, ambos lo sabían.

—No se me ocurriría tal cosa —dijo el Gran Infernal, mientras se emponzoñaba por dentro.
Lealtad post mortem

Música 1
https://www.youtube.com/watch?v=PaMTrGQIaI8


Y la mansión apareció frente a ellos, un monumento a su gloria pasada. Los muros se habían roto, hundido los tejados, las torres desmoronado; y aún así la sombra que vertía sobre el jardín era proverbial y soberbia. No era tan solo el único sitio al que habían podido llamar hogar, pero el más espléndido de todos en cuantos habían estado.

Siguieron a Shiannas por el empedrado que bordeaba la casa hasta el jardín de atrás. A su paso, la flora se marchitaba y envejecía, meciendo mechones de hierba que se recostaban acongojados.

Se detuvo e inspeccionó la tierra a sus pies. Los arbustos habían crecido hasta apabullar la piedra de una losa. Paseó una mano por la inscripción y leyó claramente todavía:

"Tasslehoff"

Retrocedió un paso y grabó los símbolos de una runa en el suelo. Arantir y Khyra emergieron de entre el grupo y se colocaron a un lado y al otro. Los trazos mórbidos se iluminaron con un resplandor profano. Un escalofrío de energía sobrevino a quienes contemplaban.

—Desenterradlo —dijo con una voz que podría aplacar tormentas.

Arantir y Khyra excavaron en la tumba hasta desenterrar sus restos mortales. De no haber sido por la armadura, el cadáver del goblin se hubiera desmoronado en sus manos, apenas un saco de huesos con algo de carne pegada. Lo tendieron en el centro de la runa taam.

Shiannas blandió la guadaña y las inscripciones se iluminaron hasta enceguecer a los que veían. Arantir preparó los materiales e ingredientes. Khyra desenvainó su hojarruna y empezó a canalizar energía.

La runa vibró y brilló con más fuerza. A medida que Shiannas pronunció las palabras rituales, el aire se hizo más pesado y se cargó de expectación. Cuando Arantir se sumó al hechizo, los trazos dejaron de iluminar para encenderse en llamas niquelinas.

—¡Álzate! —Shiannas dio la última nota, triunfal, y los trazos del suelo se apagaron con un estallido. Todo quedó en silencio, hasta los murmullos aprensivos que escuchaba a sus espaldas.

Música 2
http://www.infinitelooper.com/?v=uY2KVRXSX7s&p=n


Y entonces, apenas un instante después, el cuerpo menudo se incorporó, vacilante, y quedó postrado frente a ella. Ella se inclinó también.

Tasslehoff no pudo si no balbucir y mirar en derredor, confuso. Las palabras abandonaban ortopédicas su boca sin labios. Una eternidad separaba cuanto decía. Pero sus ojos, sus ojos habían quedado clavados en aquellos de la Dama, como un náufrago que se ahogase en aquella mirada oscura.

Cuando ella habló, todo lo demás calló de nuevo. Por un momento, su voz volvía ser la de siempre, una voz sugerente, que murmuraba promesas y concedía propósitos. La voz de una diosa de la misericordia y el perdón.

—Tasslehoff —las hierbas murmuraron, el viento se encrespó, el mundo giró más despacio —. Te he traído de vuelta del otro lado. Soy yo, tu Dama. La Dama Umbría.

Tasslehoff comprendió poco a poco, aunque la congoja no desapareció todavía de su tono.

—Shiannas…

Ella extendió los brazos y sonrió. Era una sonrisa triste, de melancolía inenarrable.

Pero él todavía recordaba el cómoy el por qué de su muerte. Había perdido su fe en Shiannas en el último momento, había puesto a toda la Familia, la única familia que jamás había tenido, en peligro de muerte. Y aunque al final había dado su vida para salvar la de la Dama, sabía que jamás compensaría del todo su deslealtad.

—El pasado ya no importa, Tasslehoff —dijo ella, y lo abrazó un instante antes de alzarse de nuevo. Era alta, pero no tanto por su constitución como por su magnificencia —. El futuro es lo que importa. Se cierne un peligro sobre nosotros, y pronto necesitaré a todos y cada uno de los que una vez formaron esta Familia.

La voz de Shiannas flaqueó un momento, como si un miedo que hubiese estado callando durante semanas aflorase de pronto.

—Necesitaré tu consejo —terminó de decir.

El goblin se irguió tan solo para arrodillarse de nuevo.

—Hubo una época en la que dudé el camino, pero nunca he estado tan convencido. Mi lealtad está con vos, mi Dama. Ahora y siempre.

Aquello complacía a Shiannas. Se hizo a un lado y dejó que Teslyn se reencontrase con él. Estaban en lo cierto, todos habían cambiado desde la última vez que se vieran. La amargura había moldeado a la Inquisidora en una mujer regia y severa. La muerte había esculpido a Shiannas en una líder fuerte y sin parangón. Y la no-vida había hecho de Tasslehoff el fanático perfecto.

—A propósito, Teslyn —continuó Shiannas y dirigió la mirada hasta las ruinas de la mansión —. ¿Recuerdas la Herramienta de los Creadores, el artefacto del antiguo Gran Erudito John?

La Inquisidora siguió la mirada de Shiannas hasta la mansión y sintió un sobrecogimiento. Asintió, diligente.

—He decidido venderla. Creí conveniente invertir el dinero en mano de obra para reconstruir nuestro hogar.

Todos se volvieron hacia la mansión ahora. Los muros se habían roto, hundido los tejados, las torres desmoronado; y aún así la sombra que vertía sobre el jardín era proverbial y soberbia. Era un monumento a su gloria pasada.

—Prepara el portal de regreso al campamento en Azshara. La Horda nos requerirá de nuevo muy pronto.
El poder de las palabras

—Hablaré con vuestro líder.

Los veinte nagas la rodeaban ahora, sus lanzas en ristre, las jabalinas preparadas. Sólo uno se atrevió a hablar.

—¿Acasso no hass vissto loss cadáveress en el camino? Esstamoss en guerra. Uno de loss tuyoss ha intentado matarme cuando me acercaba a insspeccionar.

—Sí, lo sé; Jarukan. Debe afinar su puntería.

El naga soltó un siseo largo, como si quisiera intimidarla. Los demás endurecieron sus rostros.

—¿Y tú quien eress?

La voz que sonó ahora era distinta, femenina, cargada de autoridad, convicción y… resentimiento. Sí, Shiannas conocía aquel sentimiento, sabía darle lo que su corazón más anhelaba.

Le temblaron los labios, apenas capaz de contener la sonrisa.

—Soy la Dama Umbría. Estoy aquí para parlamentar contigo.
Engordar al cerdo

http://www.infinitelooper.com/?v=LVEOsY8Jtxs


Ella no le era fiel a nadie. Así se lo había demostrado al mundo una y otra vez, siempre traicionera, silenciosa y discreta, un paso por delante de aquellos que preferirían verla caer. Pero aún ahora la Horda la había llamado como al resto, no porque confiasen ella, si no porque la necesitaban. La Alianza los superaba en número y, aún peor, la Horda estaba dividida de forma irreparable.

Meditó en las palabras de Dhaedra. Una Horda regida por el honor no era favorable para los de su clase; lo sabía, lo compartía. Pero hasta qué punto Sylvanas llevaría su cruzada, era algo que inquietaba a la Dama Umbría. Cuando la Alianza fuese exterminada, cuando los disidentes fueran ajusticiados y sus cabezas decorasen las picas de Orgrimmar, ¿entonces qué? Azeroth sería un yermo de orden frío y calculado, sin espacio para la intriga o la maquinación.

Aquel había sido el objetivo de Shiannas durante mucho tiempo, construir un mundo donde la guerra y el caos fueran cosa del pasado. Un mundo bien atado, si hacía falta, donde los hombres menores hubieran quedado excluidos del poder, y las decisiones pertenecieran a alguien más fuerte y más apto.

Pero ahora, la Dama Umbría pensaba de distinta forma.

Recordad qué es lo que nos hace superiores al resto. Os he enseñado a no temerle a las emociones, ya sea odio visceral o exaltación vigorizante. No puedo permitir que vuestro carácter se macere por sentimientos de empatía o pena; vuestro destino es liderar, y como tal debéis ver a toda otra forma de vida como un peldaño más en vuestro inexorable ascenso.


Le gustaba gobernar y ser venerada, pero aún más placentero le resultaba la conspiración, entretejer la telaraña imposible de sus ambiciones, enredar a los que caían cerca y enhebrar con sus vidas el tapiz del destino. Le gustaba sentir el miedo en la dicción de su nombre, notar el tono medroso cuando se referían a ella. Y no tenía pensado compartir ese placer ni con Partemontañas ni con la Dama Oscura en persona.

Su gente, Sangre Umbría, eran solo suyos. Suyos para liderar, suyos para proteger, suyos para lanzarlos como flechas contra aquellos que osaban desafiarla. No era un carcaj portentoso ni ilimitado, pero su precisión había mejorado con el paso del tiempo.

Este es nuestro momento, nuestra realidad. Pues Sangre Umbría es para aquellos que valoran el autodeterminismo por encima de todas las cosas, enfocados en la acumulación de poder y conocimiento.


No había trabas para ella ahora. Partemontañas la necesitaría tanto como los rebeldes si querían obrar algo en su contra. No era tan solo un arma en su ajedrez, si no un comodín que lanzar contra el enemigo, y Shiannas estaba demasiado cómoda en aquella situación.

La Paz es una falacia, tan solo existe la Pasión. A través de la Pasión ganaréis Fuerza. A través de la Fuerza, Poder. A través del Poder, Victoria. Y con la Victoria en vuestras manos, las cadenas que os atan se habrán roto.


Ninguno en Sangre Umbría terminaba de entender por qué Shiannas seguía colaborando con la Horda. Había dos razones fundamentales.

La Alianza debe ser exterminada.


Hay que engordar al cerdo antes de matarlo.
Inexorable

La oscuridad caía sobre Tierras Altas Crepusculares como una sábana sudada en exceso. A las puertas de Garganta de Sangre, dos sombras acechaban entre los arbustos, lanzando miradas afiladas, malintencionadas, hacia la atalaya en la que se había apostado Sangre Umbría.

—Debemos matarla ahora. La Horda está demasiado dividida, demasiado ciega, como para hacer el trabajo por nosotros.

El murmullo no obtuvo réplica de inmediato; tan solo el viento, que suspiró entre los dos arrastrando las hojas de otoño.

—Sería un suicidio arriesgarnos ahora. No, esperaremos.

—Sería un suicidio regresar junto al Pintor con las manos vacías —lo corrigió el otro —. Usaría nuestra sangre como pigmento, bien lo sabe la Sombra.

Algo se movió allá arriba, en la atalaya. Shiannas había encargado la vigilancia a su predilecto Heis. Aunque era imposible que el no-muerto los advirtiese en su escondrijo, se inquietaron.

—No nos envió para matarla, si no para tenerla vigilada y sabotear sus planes.

—Y hasta ahora no hemos hecho nada.

—Porque ella no se ha arriesgado a hacer nada.

Otro silencio, reflexivo, esclarecedor.

—¿Crees que fue ella la responsable del incendio?

Ambos sabían que no había pruebas que señalasen a nadie en concreto. Podría haber sido cualquiera, incluso un infiltrado de la Alianza, y sin embargo no podían evitar pensar que Shiannas había tenido algo que ver en ello.

—Es posible.

Un cuervo graznó por encima de sus cabezas.

—Parece mentira, ¿verdad? —continuó el mismo —. Lo cerca que estuvimos de manejarla cuando al fin se hizo con el Zafiro de Shott. Han pasado casi dos años desde entonces, su destino era la Sombra y la Sombra era una con ella. Pero ahora se ha convertido en algo nuevo. Ya no es de los nuestros.

—Nunca lo ha sido —dijo el otro —. Nunca estuvo destinada a serlo. Shiannas ha estado toda su vida en el mismo bando; el suyo propio. El Pintor creyó que podríamos utilizarla del mismo modo que lo creyó el Anciano. Solo hay una opción: acabar con ella. Aprovechemos esta oportunidad, Orlando: atentemos contra su vida.

—El viento tampoco tiene amo o dueño y aún así puede soplar en nuestro favor. Atacar ahora es arriesgado, y el Pintor tiene planes futuros para ella, para cuando nazca el que fue prometido.

Escucharon pasos cerca y un fuego que alargaba las sombras de los árboles y arbustos. La patrulla de faucedraco debía estar de regreso, y ya no era seguro merodear tan cerca de Garganta de Sangre. Ambas figuras se disolvieron en la oscuridad de la noche, las dos con Shiannas dando tumbos todavía en sus pensamientos, las dos enfrentadas en el temor que les inspiraba la Dama Umbría, y en cómo habría que combatirla si querían truncar su inexorable ascenso.

Únete a la conversación

Regresar al foro